Por cuenta de su tamaño y la producción de oxígeno, la selva amazónica es conocida como el “pulmón del mundo”.  Lo cierto es que ningún pulmón genera oxígeno y ni en producción de oxígeno la Amazonía va a la cabeza a nivel mundial. El tema del oxígeno es irrelevante y desvía la atención de la degradación ecológica planetaria. 

En agosto pasado la opinión pública mundial observaba cómo múltiples incendios volvían humo y cenizas la selva amazónica de Bolivia y Brasil. El hashtag #PrayForAmazonas fue un eslogan popular en redes sociales a raíz de la problemática.

La situación se convirtió en debate global gracias, en parte, a la actitud del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Desde su posesión, en enero pasado, su administración ha fomentado el desarrollo agrícola sobre la protección de la selva, ha reducido el presupuesto destinado a la conservación y, además, durante la crisis, llegó a sugerir que las ONG ambientalistas estarían detrás de los incendios en respuesta a la disminución económica que reciben por parte del gobierno. 

La realidad es que las quemas forestales en Brasil ocurren todos los años. Sin embargo, el número de incendios en todo el país hasta octubre de este año iba en 150.505, un aumento del 34% en comparación con el mismo periodo de 2018, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional para las Investigaciones Espaciales (INPE). 

Esta crisis ecológica y la indiferencia de Bolsonaro propiciaron que los medios del mundo y la opinión pública pusieran el foco sobre el Amazonas. Dentro de la información circulante, no fue extraño leer o escuchar que el “pulmón del mundo” se encontraba en peligro. Incluso líderes de naciones lo reiteraron: “la pérdida del primer pulmón del planeta es un problema global”, trinó Emmanuel Macron, presidente de Francia, el pasado 26 de agosto, mientras que Iván Duque, el mandatario colombiano, también desde su cuenta oficial unos días antes, urgió a “proteger el pulmón del mundo”.

Trino de Macron afirmando que la Amazonía es el primer pulmón del planeta

Esta analogía viene de tiempo atrás por cuenta de la producción de oxígeno de la selva. Pero… ¿cómo es la selva amazónica el “pulmón del mundo”? Si desaparece, ¿el mundo se asfixia? ¿En qué reside esta comparación? 

Esta analogía es engañosa y puede crear ideas erradas alrededor de la selva en el ciudadano de a pie. Para desmontarla, es necesario responder las siguientes preguntas iniciales: ¿qué función cumplen los pulmones y qué es la respiración?

Los pulmones y la respiración

En nuestras clases escolares, nos enseñaron que, gracias a los pulmones, podemos respirar: inhalamos oxígeno y exhalamos dióxido de carbono y es en estos órganos en donde ocurre el intercambio gaseoso, más exactamente en los alvéolos pulmonares. Las plantas, por medio de la fotosíntesis, realizan el proceso inverso: toman el dióxido de carbono del aire, con el que crean sus estructuras biológicas y liberan oxígeno. En este sentido la analogía empieza a flaquear: ningún pulmón exhala oxígeno; tal vez se podría decir que la selva amazónica es un “pulmón a la inversa”.

Sin embargo, la idea de que los pulmones respiran también es engañosa. Como se mencionó, en los pulmones se da el intercambio gaseoso, pero lo cierto es que la respiración tiene lugar al interior de las células cuando reacciona el oxígeno (inhalado en los pulmones) con la glucosa (proveniente de los alimentos ingeridos) y se obtiene dióxido de carbono (exhalado en los pulmones), agua y energía, necesarias para nuestras funciones biológicas. En pocas palabras, respirar es obtener energía, no inhalar y exhalar aire.

Si quisiéramos continuar con la idea de “pulmón del mundo a la inversa”, al producir oxígeno, nos toparíamos con otro hecho biológico que la frena en seco: el fitoplancton, un conjunto diverso de microorganismos flotantes y a la deriva similares a las plantas – al ser fotosintéticos – que reside en los océanos del planeta, “contribuye entre el 50% y el 85% del oxígeno atmosférico”, según el portal de periodismo científico EarthSky. A manera de ejemplo, la bióloga marina Sylvia Earle calculó que el oxígeno de una de cada cinco inhalaciones de una persona es originado por el Prochlorococcus, una forma de fitoplancton. En contraste, según Reality Check de la BBC, “la Amazonía produce menos del 10% del oxígeno” atmosférico de origen fotosintético

Alga Dunaliella viridis, una forma de fitoplancton.  Fuente: Paul Zahl 

El verdadero “pulmón del mundo a la inversa” sería el fitoplancton. Es necesario aclarar el auténtico rol del fitoplancton: produce la mayor parte del oxígeno atmosférico de origen fotosintético; sin embargo, no proporciona la concentración de oxígeno que requiere la vida aeróbica existente (para los animales, que consumen oxígeno) y no es el gran salvador que remueve el exceso de dióxido de carbono proveniente de las actividades humanas.

Hay oxígeno de sobra y dióxido de carbono en exceso

Los bosques y el fitoplancton no absorben más dióxido de carbono ni emiten más oxígeno. Tal como explica Yadvinder Malhi, investigador del Enviromnental Change Institute  de la Universidad de Oxford, “el efecto neto [de producción de oxígeno] de la Amazonía, o realmente cualquier otro bioma, es alrededor de cero”. “La mayor parte de la fotosíntesis está contrarrestada por una cantidad igual y opuesta de respiración”, agrega Jorge Sarmiento, profesor emérito de ciencias atmosféricas y oceánicas de la Universidad de Princeton. En otras palabras, el oxígeno y dióxido de carbono son emitidos y consumidos casi en igual proporción por todos los ecosistemas a nivel planetario. Entonces, ¿por qué la atmosfera está compuesta de casi una quinta parte de oxígeno?

Para que el oxígeno se acumule en el aire, es necesario que una proporción de material vegetal no se descomponga biológicamente al morir, debido a que los microorganismos encargados de dicho proceso consumen oxígeno.

¿Y cómo es esto posible? Por ejemplo, cuando “un árbol o una estera de cianobacterias o una masa de fitoplancton muere, y es rápidamente enterrado por sedimentos, o cae en el fondo de un mar pútrido y anóxico”, escapa de la descomposición biológica; por lo tanto, el oxígeno que emitió mientras crecía queda como un pequeño excedente en la atmósfera, expone un detallado artículo de la revista estadounidense The Atlantic. Solo alrededor del 0,01% del material vegetal no se degrada biológicamente; al conservar su contenido de carbono, se transforma en lo que conocemos como combustibles fósiles: gas natural, petróleo y carbón.

En términos humanos, este proceso es muy lento. Pero en el plazo de millones de años fue suficiente para atiborrar la atmósfera con el saludable 21% de oxígeno (la proporción restante es de alrededor de 78% de nitrógeno y cerca de un 1% de gases nobles). Como muy bien apunta The Atlantic, en realidad “respiramos (…) el antiguo oxígeno que nos regalaron estas decenas de millones de años de bosques y fitoplancton preservados que ahora descansan bajo nuestros pies”. Si la selva amazónica y el fitoplancton actuales desaparecen mañana, podemos seguir respirando tranquilos; hay oxígeno de sobra.   

El oxígeno se deposita en la biosfera terrestre (verde), la biosfera marina (azul), la litosfera (marrón) y la atmósfera (gris). Las flechas de colores indican los flujos entre estos depósitos. Las biosferas terrestre y marina mantienen un equilibrio de consumo y emisión de oxígeno, mientras que el entierro de material orgánico causa un aumento neto en el oxígeno atmosférico y las reacciones con minerales en las rocas ocasionan una disminución neta. La ganancia de oxígeno atmosférico neto es ligeramente superior (18±7 x 1012 moles/año) que la pérdida neta (17.5 ± 7×1012 moles/año). Fuente: Pengxiao Xu / Wikimedia, CC BY-SA

Ahora bien, al quemar este fitoplancton y arboles antiguos a raudales, para satisfacer nuestra glotonería económica, bombeamos de vuelta a la atmósfera el dióxido de carbono atrapado durante millones de años en unos pocos siglos. ¿El resultado? La intensificación no natural del efecto invernadero que sobrecalienta el planeta y, como consecuencia, ocasiona cambios bruscos en los patrones climáticos, en lo que conocemos como cambio climático. Ninguna selva, bosque o masa de fitoplancton nos va a ayudar a remover la abundancia de dióxido de carbono atmosférico en el corto plazo humano; en el mejor de los casos son atenuantes, nada más.

Plataformas petroleras. Fuente: Forbes

En la cuestión de las quemas de los bosques, el problema reside en que cuando son deforestados, una enorme cantidad de material vegetal se transforma en dióxido de carbono de manera abrupta que, en condiciones naturales, se daría en un ritmo paulatino y se compensaría con el crecimiento de nuevo material vegetal. Por consiguiente, las emisiones de la deforestación no hacen sino acrecentar la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera.

Si la deforestación tropical fuera un país, en 2012 se hubiera ubicado en tercer lugar en producción de dióxido de carbono con cerca de seis billones de toneladas al año, por detrás de China y Estados Unidos, como mayores emisores, y superando a la Unión Europea, en cuarto puesto, de acuerdo a un informe del Center for Global Development publicado en  2016.  

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En resumen, la analogía de “pulmón del mundo” o el “pulmón del mundo a la inversa” queda desvirtuada.  Además, no es importante el tema de la generación de oxígeno cuando la degradación ecológica ocasiona estragos por todo el planeta.

El “pulmón del mundo” parece ser más bien un imaginario de la opinión pública mundial con un fin pedagógico simplista que, para algunos expertos, como Manuel Rodríguez, primer ministro de medio ambiente de Colombia en 1994, “es una pésima metáfora” que no le dice nada a la ciudadanía. 

Tal vez la principal crítica en contra de la analogía es que evade por completo las características relevantes que posee la selva amazónica para el planeta y la humanidad: biodiversidad, regulador del clima continental y hogar de comunidades indígenas, aspectos posiblemente ignorados por el ciudadano de a pie, que se inquieta más al ver como la selva se asfixia mientras arde. 

Leonardo Chacón, periodista ambiental

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