La biblioteca de El Ojo Nuclear

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Benedetti – Revoluciones – A prueba de fuego
Reseña 16 de diciembre de 2020

Hace tiempo no incluíamos poesía en la Biblioteca de El Ojo Nuclear para La Línea del Medio; el ayuno se rompe con una magnífica antología de versos de Mario Benedetti elaborados por ese otro gran poeta que es Joan Manuel Serrat. También subimos a las estanterías de nuestra biblioteca una biografía novelada de uno de los revolucionarios de la arquitectura en los Estados Unidos. Por último, y hablando de revoluciones, el más reciente libro de Diana Uribe que es todo un recorrido por ellas. Poesía revolucionaria, arquitectura revolucionaria y grandes revoluciones de la humanidad para este portal defensor de la paz, la más importante y necesaria de las revoluciones en Colombia.

Mario Benedetti, Antología poética.
Selección y prólogo de Joan Manuel Serrat
Alfaguara
275 páginas

La gran mayoría de las cosas que quiero decir sobre este libro queda despachada con cinco palabras: Mario Benedetti y Joan Manuel Serrat. Para mi generación, más que dos nombres propios, son conceptos, mundos enteros que hicieron parte de la educación sentimental de muchos de nosotros y que representaba todo lo que estaba bien. A mí se me aceleró el corazón cuando cogí el libro con mis manos. Es que, además, todo es bonito en él, empezando por la portada, inspirada en un diseño original de Enric Santué.

Es una antología fraguada al gusto de Serrat, agrupada en tres grandes líneas fundamentales en la obra del uruguayo: La nostalgia que provoca el exilio, El exilio provoca la nostalgia y El desexilio. Aquí están, explica Serrat, “todos los Benedettis que Mario cargaba en su mochila —el oficinista de clase media, el periodista comprometido, el viajero curioso, el militante de la patria doméstica, el exiliado y el desexiliado, y también el intelectual parcial, el luchador político y, por supuesto, el poeta minucioso y trabajador que nunca dejó de ser—”.

No es la primera vez que Serrat hace un homenaje al poeta, cuentista y novelista: en 1985 musicalizó diez de sus poemas en un álbum memorable: El sur también existe. Tampoco es el único que lo ha hecho y hay centenares de canciones registradas con letras de Benedetti; yo recuerdo, así a vuelo de pájaro, versiones de Pablo Milanés, Nacha Guevara, Adriana Varela y Daniel Viglietti.

Ahora que menciono El Sur también existe, me llamó la atención el que por lo menos cuatro poemas musicalizados en ese álbum histórico no hayan sido seleccionados para esta ocasión: De árbol a árbol, Testamento de miércoles, Una mujer desnuda y en lo oscuro, Habanera y Vas a parir felicidad. Es entendible, pensé después, porque no debe ser fácil hacer caber todos los poemas que a uno le gustan en una antología. El propio Serrat confiesa que sabe que los lectores echaremos de menos algunos de ellos —yo, por lo menos, hubiera incluido uno de mis favoritos: Última noción de Laura— y encontrará en su selección “otros que a su modo de ver son perfectamente prescindibles”.


Revoluciones
Diana Uribe y Alejandra Espinosa Uribe
Aguilar
428 páginas

Revolución: volver a evolucionar, dar un paso más. La Real Academia de la Lengua habla de ‘revolver’, de ‘alboroto’, de ‘un cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación’ o de ‘un cambio rápido y profundo de cualquier cosa’. Por eso las revoluciones han tenido tantas connotaciones negativas a través de la historia: el diccionario de Samuel Johnson, Usos, costumbres y definiciones de las palabras que conforman la lengua inglesa, elaborado entre 1745 y 1755, dice que un revolucionario es ‘alguien que cambia de bando, desertor, renegado’.

Los cierto es que hay revoluciones grandes y otras pequeñas, dependiendo de su alcance geográfico, poblacional o temporal; las hay, también, interiores. Pero hoy en día la palabra revolución —tan bonita, tan poderosa— ha sufrido desgaste. Llamamos revolución a cualquier cosa: al nuevo color de moda para los zapatos, por ejemplo. Cada político promete un programa de gobierno revolucionario, los jabones para la cara contienen minerales revolucionarios —como el ‘novedosísimo’ carbón— y cada quince días aparece una dieta revolucionaria, con la promesa de ser la definitiva para ganar la sempiterna lucha de los músculos contra la grasa.

Pero una revolución de alcance masivo y profundo es una cosa seria y de esas habla este libro. Empieza con la Revolución Neolítica y Agrícola de hace diez mil años —incluyendo la Revolución de las letras de hace cuatro mil quinientos—, sigue con la que produjeron los exploradores entre los siglos XV y XVIII, luego con la Científica, las de la Ilustración — la que forjó la Independencia de los Estados Unidos y la que hicieron los franceses en 1789—, las revoluciones de independencia de América Latina, la Industrial —la rusa, la china y la cubana—, la mexicana, las descolonizaciones y, finalmente, la Revolución Digital. También agrega un breve epílogo con las revoluciones por hacer, como la Ecológica, para cambiar nuestros paradigmas de interacción con la naturaleza (eché de menos, en el libro, la Revolución Cognitiva de hace setenta mil años y otra que me parece tan importante, profunda y actual como la Digital: la feminista).

La entrañable Diana Uribe y Alejandra Espinosa Uribe definen las revoluciones como “cambios de paradigma: transformaciones abruptas, pero también graduales, a partir de las cuales se instauran discursos hegemónicos que abarcan todos los aspectos de saber y del ser, desde la política hasta la economía, desde la filosofía hasta la cultura”. Las revoluciones son paradójicas: integran y dan un nuevo sentido a las sociedades, pero por otro lado terminan convirtiéndose en una nueva ortodoxia que será, seguramente, rectificada por una nueva revolución; no siempre resuelven problemas fundamentales, aunque lo prometan, y, en el caso de las políticas o por la soberanía, pueden llegar a ser sólo una mera disputa por el poder. La historia muestra cómo muchas revoluciones terminan convertidas en verdaderas distopías.

Este libro es un hijo típico de Diana Uribe: divertido y, sobre todo, con un texto integrado a esa narración oral que tanto conocemos en Colombia. El ejemplar viene con quince horas de grabación a las que uno puede acceder a través de dos cidís o de la nube, pues se puede llegar a ellas con un código QR y escucharlas en cualquier dispositivo. De hecho, las autoras recomiendan buscar el audio antes de cada nuevo capítulo —escrito por su hija Alejandra, literata y artista de profesión— para luego sumergirse en el texto. Como ven, es una experiencia muy 360 grados, como dicen ahora.

El libro está muy bellamente presentado: una colorida portada en pasta dura y unos comienzos de capítulos al estilo cartel callejero. Así se anuncian muchas revoluciones. Además, contiene mapas, subrayados y viñetas que llaman la atención sobre lugares geográficos, personajes y recomendaciones de textos complementarios. Además, y como siempre es costumbre en los trabajos de Diana Uribe, con un playlist a la que ella misma hace curaduría.


A prueba de fuego
Javier Moro
Espasa
406 páginas.

He pasado momentos deliciosos con novelas de Javier Moro. Es un escritor creíble y ameno. Es un buen investigador y sabe construir buenas historias. Esta es su novela más reciente: A prueba de fuego.

Cuenta la vida de Rafael Guastavino, uno de los más importantes arquitectos españoles del siglo XIX (1842 – 1908). No tenía ni idea de él, lo confieso, pero una somera investigación me dejó saber que este valenciano de nacimiento emigró a Nueva York en 1881, cuando tenía 39 años, que cuando llegó ni siquiera sabía inglés y que cuando murió, a sus 66 años, había construido junto con su hijo, Rafael Guastavino Jr., unos 250 edificios. El periódico The New York Times lo llamó ‘El arquitecto de Nueva York’.

No es poca cosa que a uno le den ese título, pero se lo mereció: Rafael Guastavino levantó hitos en La Gran Manzana como la estación Gran Central, como El Museo de Historia Natural, la oficina de registros de migrantes de Ellis Island, las bóvedas del puente de Queensboro o la sala de conciertos de ese templo de la música que es el Carnegie Hall. Patentó en Estados Unidos una técnica propia, que no era otra que una evolución de la arquitectura morisca, y propuso construcciones a la manera tradicional de su país que se vendían como resistentes al fuego, con azulejos policromados y ladrillos. Fundó sus propias fábricas y se volvió millonario. Hoy por hoy, cuando los obreros descubren algunas de sus obras escondidas por renovaciones posteriores, los arquitectos y los urbanistas se apresuran a protegerla como se protege un tesoro. Hasta la propia Jacqueline Kennedy Onassis lideró una campaña que llegó hasta el Tribunal Supremo, para evitar la demolición de la estación Gran Central.

Era un genio, sin duda, y como todos los genios tuvo una vida nada convencional; en el caso suyo, de novela. Vivió una niñez difícil en Valencia, España; a sus 19 años fue a Barcelona, en donde alcanzó prestigio y construyó varios edificios, también emblemáticos, pero tuvo que huir, con su hijo de nueve años, su amante —que había sido la criada de su mujer— y las dos hijas de ésta, porque montó una pirámide con la que estafó a gente a la que no era bueno tener de enemiga. Era un excéntrico que creía en sí mismo y era capaz de citar a la prensa para que fuera testigo de cómo intentaba prender fuego a uno de sus edificios y demostrar que era indestructible.

A prueba de fuego está narrada desde el punto de vista de Rafael hijo y es un “poderoso relato sobre las complejas relaciones entre un hombre y las mujeres de su vida, entre un padre y un hijo, entre la pulsión creativa y la necesidad de supervivencia, entre la lealtad y la fidelidad, entre la ambición y la belleza”. Esta novela es producto de una minuciosa investigación de Javier Moro, quien sin duda le dedicó un buen rato a conocer todos los intersticios de este personaje fascinante.

*Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave. Canal de Youtube El Ojo Nuclear.

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