La biblioteca de El Ojo Nuclear

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Las malas
Camila Sosa Villada
Tusquets Editores
140 páginas

Las aborrecidas, las maricas. Las malas. Sucursales de la noche. ¿Cómo pueden ellas, las malas, convertirse en pajaritos o acumular ciento setenta y ocho años de vida? ¿Cómo pueden concebir dentro de su vientre yermo y amamantar con tetas rellenas de aceite de avión? ¿Cómo han logrado, las malas, florecer sobre el excremento que les arrojan? ¿Las has visto caminar? Son un corazón llagado con labios de carmín, un cascabel de crótalo en tacones.

Por las venas de Camila Sosa Villada, corre el fluido de las malas. Esta cordobesa — Argentina, 1982 — es una homo sapiens absolutamente consciente de su peligrosidad. En perpetuo acecho, puede propinarte un mordisco de dulzura y sabiduría que deja rendido. ¿De dónde vino ese golpe? — piensas cuando lees cada una de las frases descollantes de Las malas — y ¿por qué estoy temblando? ¿Por qué me duele esa prosa tan bella? ¿Por qué estoy compartiendo ese miedo infantil cuando me cuenta que, en La Falda, su pueblo natal, los cinco mil habitantes descargaban sobre ella todo su desprecio? ¿Por qué me siento vulnerable cuando exhibe su cuerpo joven a unos camioneros sucios? ¿Por qué tengo frío mientras ella, convertida en una mujer carnívora, espera clientes bajo el balcón de su pieza de alquiler? Quizás porque en esta novela Camila Sosa Villada hace uso de la técnica a la que aspiran los ventrílocuos: habla desde las entrañas.

Ya había dejado otro texto de ella en esta misma Biblioteca de El Ojo Nuclear para la Línea del Medio: La novia de Sandro (Tusquets, 2020), un poemario que me hizo buscar Las malas para conocer más la obra de esta mujer quimera — cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón — que ha dedicado su vida a la dramaturgia, la actuación y la literatura; Las malas la confirma como una voz poderosa y ya imprescindible en la literatura latinoamericana.

No es fácil entrar al sagrado mundo íntimo de la familia travesti, donde “la dulzura puede hacer todavía que la muerte se amedrente”. Sólo privilegiados son aceptados adentro. Pero esta autobiografía novelada de Camila Sosa Villada es una patente de corso, porque te deja asomar a esa “complicidad de huérfanas”, ese espacio donde son lo que los suyos les negaron: hermanas, madres, brujas y niñas de brazos — sobre todo esto último, porque como es bien sabido “la infancia y las travestis son incompatibles” —.

En Las malas, puedes pararte junto con las malas en el oscuro parque Sarmiento de la ciudad de Córdoba, territorio prohibido donde “lo que la naturaleza no te da, el infierno te lo presta”. Las acompañas a negociar con empresarios quienes desde sus carros de lujo regatean cada céntimo un servicio de placer; pasas frío a su lado en las noches eternas de hambre, alcohol y droga; te escondes con ellas en los matorrales para huir de la policía y, cuando las atrapan, recibes también los golpes y las humillaciones; las ayudas a rescatar a los bebés que otras mujeres abandonan en los matorrales y sientes el terror en la carrera hacia un lugar seguro, “porque, ¡ah!, hay que ser travesti y llevar un recién nacido ensangrentado adentro de una cartera para saber lo que es el miedo”.

Al día siguiente, cuando la pesadilla es obligada a encerrarse en la celda del no-me-acuerdo, ves a las malas florecer otra vez, tapar sus moretones y cicatrices con trapos y capas de maquillaje. Porque, a pesar de todo, las malas se empeñan en “mendigar amor, ese monstruo espantoso”. En esto último, creo yo, radica lo maravilloso de esta obra: no es un memorial de dolores, es la guerra misma por la vida.

Las malas, dice el escritor argentino Juan Forn en el prólogo de la novela, “es un relato de infancia y un rito de iniciación, un cuento de hadas y de terror, un retrato de grupo, un manifiesto político, una memoria explosiva, una visita guiada a la fulgurante imaginación de su autora y una crónica distinta a todas, que viene a polinizar la literatura”.

Cuando escucho los juicios de los dueños de la moral sobre las malas, cuando los oigo preguntar por qué ellas se rehúsan con violencia a aceptar el papel que la sociedad les adjudica, escucho a Camila Sosa Villada cuando grita en su novela: “Yo digo que fui convirtiéndome en esta mujer que soy ahora por pura necesidad. Aquella infancia de violencia, con un padre que con cualquier excusa tiraba lo que tuviera cerca, se sacaba el cinto y castigaba, se enfurecía y golpeaba toda la materia circundante: esposa, hijo, materia, perro. Aquel animal feroz, mi fantasma, mi pesadilla: era demasiado horrible todo para querer ser un hombre. Yo no podía ser un hombre en este mundo”.

Las malas recibió el premio Sor Juana Inés de la Cruz 2020.

*Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave. Canal de Youtube El Ojo Nuclear.

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