Hay muchas propuestas de intervención para salvar la cultura. Sin duda, después de la crisis, va a haber mucha cultura y muchas historias que contar: la cultura es la vida.

Lo prioritario es lo humanitario.  La reacción del Gobierno al vitalizar los BEPS (beneficios económicos periódicos), que se estaban desarrollando a paso de tortuga con la estampilla pro cultura y al permitir que el recurso parafiscal de la ley de espectáculos diversifique el gasto, fue ágil y oportuna. Hay con qué atender al sector. A pesar de la crítica de los partidos, comparado con otros países de América Latina, Colombia aparece con el monto más alto de recursos de emergencia destinados a atender los efectos de la pandemia en el sector cultural. No son recursos nuevos o suficientes, pero están más disponibles y eso tiene su mérito.

La atención humanitaria se estrella con la informalidad de todas las relaciones laborales en el sector: la contratación era intermitente, los grupos de teatro no contrataban —se asociaban—, las grandes empresas de eventos vinculaban a la gran mayoría de contratistas a través de cooperativas que nadie vigilaba. En el sector audiovisual, los proveedores de mano de obra eran subcontratados por subcontratistas de los contratistas. No sabemos quiénes somos.  Ahora pagamos caro todo eso: no se puede demostrar que empleábamos a un gran número de personas y eso dificulta el acceso a las ayudas que el Estado diseña para proteger el empleo.

La ayuda estatal y privada (¡Bravo Netflix!) de emergencia para el sector cultural debe llegar a los individuos que trabajaban por prestación de servicios. Se trata de un esfuerzo humanitario que empieza por identificarlos y reconocerlos como parte del sector, aunque no sean ni los creativos, ni los artistas, ni los visibles, ni los formales. ¿Cómo atenderlos si no se sabe quiénes son?

En un segundo plano, están las organizaciones y las empresas. En el sector cultural tradicional, aquel que no hace ninguna concesión a lo comercial y ha buscado siempre el apoyo estatal para su funcionamiento, la situación no es mejor. Aunque no conocemos los posibles escenarios por los que va a pasar esta crisis económica, hay que pensar en el futuro de todos los proyectos culturales, emprendimientos, microempresas, casas de cultura, empresas sin ánimo de lucro, grupos y artistas individuales. En este momento, hay sedes en alquiler, negociaciones de compra, en algunos casos hay créditos y grupos que reparten entre amigos lo poco que tienen. La informalidad del pasado también los amenaza: no registran nómina, evaden los parafiscales, no hay ahorro, no hay relaciones con los bancos y no están preparadas para recibir rescates que requieren de esos precedentes para hacerse efectivos.

Para toda la cultura, el panorama es terrible: los espectáculos están prohibidos, las librerías estarán cerradas por un tiempo, el consumo cultural disminuye, los aportes privados a cine se van a disminuir sustancialmente, la cuota del fondo cinematográfico depende de las salas de cine cerradas, no hay festivales y la formación artística todavía debe completar el proceso de digitalización de sus servicios. La conclusión de Fedesarrollo que dice que la actividad cultural decrece en un horripilante 14% es evidente.  Para resolver esta crisis la mayoría de propuestas se expresa en clave de generar subsidios y políticas de rescate para organizaciones que tienen ante sí un problema de supervivencia. Las cinco propuestas de un grupo de académicos se resumen en conseguir más recursos estatales, agregar fuentes y subsidiar al sector cultural. No hay duda de que se preparan nuevos recursos para la cultura. Sin embargo, no van a ser tan grandes como necesita el sector y, con suerte, van a servir para rescatar a las organizaciones de siempre. Por más que se aumenten los presupuestos, los criterios de selección van a ser, como lo han sido siempre, limitados: se define la cultura con parámetros estrechos, los jurados pertenecen al mismo sector por lo que los que ganan becas y apoyos están siempre dentro de unas tipologías predecibles.

Entonces, ¿qué va a pasar con las entidades que no son sin ánimo de lucro, con las organizaciones que trabajan por proyecto y con los artistas y proveedores independientes que no caben en el canon de la inteligencia cultural de nuestro país? Hay un grupo muy grande de empresarios y de productores que antes de la crisis no se acercaban al Ministerio de Cultura pero que son parte del sector y ahora necesitan también su apoyo. Todavía quedan muchas organizaciones creativas que no se identifican con las líneas partidistas que más ruido hacen ante el ministerio y, por eso, no tienen una interlocución formal previa. Al Estado le cuesta innovar y la atención al sector cultura se limita a reproducir lo que ya se está haciendo con convocatorias, becas, concertación y apoyos directos. Es muy probable que queden muchas empresas, individuos y organizaciones por fuera de esos apoyos.  

De ahí que el tercer impulso de recuperación o de salvación del sector está en otra esfera del conocimiento, lejos del apoyo directo del Estado, lejos de la subvención o de las becas. ¿Cómo ayudar a las organizaciones y las empresas que tienen enfrente el precipicio y no van a acceder a los dineros de rescate estatal? En la mayoría de los casos el problema es de supervivencia inmediata, pero a largo plazo, a sabiendas de que se viene un temporal impredecible la pregunta que hay que hacerse es dónde se quiere estar el día después de que se acabe la pandemia y la crisis económica empiece a disiparse.

Con un poco de serenidad, se puede ver que las dudas de todo el sector se parecen a las de todos los sectores. ¿Cuánto resistir pagando la nómina o el alquiler? ¿Qué inventar para salir de la crisis, para tener liquidez, para llegar al final del próximo mes? ¿Qué instrumentos de crédito, de apoyo, de rescate hay y bajo qué condiciones pueden servir para salvar, pensar y avanzar?

Todas las empresas poderosas mantienen conversaciones con expertos buscando tomar las mejores decisiones y responder a esas preguntas.  Las empresas culturales también tienen esa necesidad. Ahí está la clave:  hay que darles a las organizaciones artísticas y todos los que contribuyen a la cadena de valor del sector de espectáculos y cultura herramientas de información y decisión para mejorar las probabilidades de que, pasada la pandemia, estén de pie. Se necesita el conocimiento para entender el problema desde lo económico y desde la gestión, para poder acercarse a una realidad aún por definir con algunas herramientas que garanticen la supervivencia de los proyectos culturales.

Lo que le debe importar a los gestores es saber qué hay que hacer, cómo reaccionar, para que la crisis no los mande a la lona definitivamente. Se necesitan ideas para mejorar las estrategias individuales, saltar a las oportunidades y para aprovechar las gabelas y los apoyos reales. Una política de formación y distribución de información sería más justa, repartiría mejor los recursos estatales y, además, sería barata. Se trata de que las organizaciones culturales, en clave de crisis, tengan acceso a talleres, a conversaciones, a asesorías y a investigaciones.  

Para mí, esa política es más eficiente que la de buscar garantizar un dinero estatal que nunca ha llegado. En lo humanitario no hay prioridad, pero es evidente que ante ocho o nueve millones de trabajadores y desempleados de otros sectores, los quinientos mil de las industrias culturales no tendrán una política de protección con preferencias. Entonces, para la mayoría de individuos, organizaciones y empresas del sector cultural la realidad es la más dura: en crisis humanitaria, sin recursos y pocas probabilidades de que lleguen subsidios. Es el momento de buscar solidaridades y alianzas estratégicas, pero lo que vale es la información.

Cuando todo pase, será la comunidad la que tendrá que valorar, consumir y promover la cultura.  Los creadores no son anacoretas aislados del contexto en que trabajan y la vida cultural encontrará su lugar en el nuevo panorama como lo ha hecho siempre. Además, la contribución de la cultura a la salud es reconocida por la Organización Mundial de la Salud. El tejido social y el capital social se definen en los diferentes ejercicios de la cultura y desde ahí contribuyen con el desarrollo productivo. De eso es de lo que se trata la Economía Naranja, de respaldar el aporte de la creatividad a la prosperidad colectiva. Los gestores culturales tienen ahora la tarea de llevar sus proyectos al otro lado de esta tempestad, de salvarlos. Ante la incertidumbre, lo que se haga ahora nos permitirá sobreaguar, no hundirnos y retomar nuestro trabajo cuando la crisis se disipe.

* Juan Ángel, actor, director y dramaturgo colombiano. 

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