La diplomacia del espectáculo

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Sacado de Notimundo

Representantes del Estado colombiano han caído en la diatriba propia del chavismo: acusaciones y amenazas que alimentan un discurso confrontacional cada vez más peligroso – el descalificativo como política exterior, la diplomacia del espectáculo -.

Sacado de Notimundo

A finales de los años ochenta, bajo la administración de Virgilio Barco en Colombia y Carlos Andrés Pérez en Venezuela, se construyeron las bases de una fructífera relación bilateral entre ambos Estados. El 6 de marzo de 1989, en la quinta de San Pedro Alejandrino, el presidente Barco, oriundo de Cúcuta Norte de Santander, y el presidente Pérez, de Rubio, estado Táchira, se pusieron de acuerdo para pasar la página del diferendo limítrofe de las áreas marinas y submarinas y construir una nueva relación centrada en lo comercial. Estos hombres de frontera comprendían que era necesario buscar lo que unía los dos países y fortalecer la institucionalidad bilateral para tratar los temas complejos.

Los noventa fueron la década de la relación comercial y el liderazgo regional de Colombia y Venezuela en el marco de la Comunidad Andina. Hoy es recordada como la época dorada de la integración. Si bien el centro era la relación comercial, paralelamente también se desarrollaron temas políticos, de seguridad, culturales y académicos. La institucionalidad bilateral fue importante para diseñar la ruta de la relación, priorizar temas y administrar crisis. Tal fue el impulso que sus logros se extendieron hasta mediados de la primera década de este siglo y a pesar de los cambios impulsados por el chavismo en la relación.

Hoy, la relación bilateral se encuentra en su peor momento: sin relaciones diplomáticas, sin relaciones consulares y el período más largo de la historia con la frontera cerrada. Las autoridades colombianas y venezolanas han reducido la relación a las mutuas acusaciones y amenazas ante las cámaras y micrófonos en medio del mayor fenómeno de movilidad humana y el accionar de grupos al margen de la ley en ambos lados de la frontera. Toda la institucionalidad fue derruida, ni comisiones, ni embajadores, ni cónsules, nada.

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El ascenso del chavismo en Venezuela socavó la relación bilateral. Se desinstitucionalizaron las comisiones que existían entre los dos países, tan importantes para el manejo de los temas prioritarios, perdieron su relevancia y poco a poco quedaron famélicas. La política exterior venezolana era administrada por los aliados políticos del chavismo y los funcionarios diplomáticos de carrera que no se pusieron al servicio de la “revolución” fueron despedidos.

La desconfianza se apoderó de la relación. El fax que encontró Hugo Chávez en su oficina, después de regresar al poder tras el golpe de Estado de 2002, en el que el gobierno colombiano felicitaba a Carmona por hacerse con el poder, marcó el tono con lo que el chavismo en adelante llamaría la “Oligarquía Colombiana”. Incluso Chávez nombró a reconocidos anti-colombianos, como se denomina a aquellos políticos y funcionarios que resentían o eran adversos a la relación con Colombia, como cancilleres o embajadores.

El entonces candidato presidencial Álvaro Uribe fue uno de los que se pronunció a favor del golpe y en contra del denominado proceso bolivariano. Pero pronto recogió sus palabras y los primeros años de la relación Uribe-Chávez se fundamentaron en el pragmatismo al punto que casi se logra materializar la Zona de Integración Fronteriza Norte de Santander-Táchira, la ZIF. Era paradójico que dos gobiernos opuestos ideológicamente lograran avances tan importantes en la zona de frontera. Al final, todo fracasó. Venezuela se retiró de la Comunidad Andina que era la institución que le daba el piso jurídico a la integración fronteriza. Chávez alegaba, no sin razón, que el tratado de libre comercio de Colombia con los Estados Unidos afectaba los intereses de Venezuela. Aun así, a pesar de las diferencias la gestión del embajador venezolano en Bogotá Pavel Rondón, un reconocido amigo de Colombia en Venezuela, logró armonizar la relación y acercar a los presidentes por un par de años más.

Después vinieron años de crisis, desde finales del 2007 y hasta la salida de Uribe en 2010, ocurrió una espiral de incidentes, llamado a consultas y retiro de embajadores, confrontaciones en espacios multilaterales, mutuas acusaciones, movimientos de tropas a las fronteras y constantes pronunciamientos a través de los medios de comunicación. Fueron los años de la llamada diplomacia del micrófono.

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Fue sólo hasta la llegada de Juan Manuel Santos que la relación bilateral se encauzó. Consciente de que su “nuevo mejor amigo” como llamó a Chávez era fundamental para la negociación con las Farc, el presidente Santos subordinó la relación con Venezuela al proceso de paz. No se puede olvidar que la Venezuela chavista fue un actor fundamental para la consecución de la paz con las Farc.

No obstante, no se puede pasar por alto que, paralelamente a la negociación y firma de la paz, la situación en Venezuela se deterioró y el régimen encabezado por Nicolás Maduro no tardó en usar la carta anticolombiana. Desde 2014, su discurso y acciones contra los nacionales colombianos en territorio venezolano lo convirtió quizás en el presidente más hostil contra nuestros nacionales, siendo irónicamente hijo de colombiana.

En las dos últimas décadas, nos acostumbramos a una relación bilateral tensionante, pero, en los dos últimos años, la situación empeoró. Representantes del Estado colombiano han caído en la diatriba propia del chavismo: acusaciones y amenazas que alimentan un discurso confrontacional cada vez más peligroso – el descalificativo como política exterior, la diplomacia del espectáculo -.

Así como la crisis de la Corbeta Caldas desencadenó en el mejor momento de la relación bilateral mutuamente beneficioso para los dos Estados, quizás ha llegado el momento de pensar cómo recomponer la relación, sin olvidar que el Estado venezolano ya no tiene un régimen democrático y, lamentablemente, no hay nada que indique que esa situación pueda cambiar en el futuro próximo. Es momento de solicitar la reactivación de la Comisión Permanente de Conciliación que hace parte del Tratado de no agresión, conciliación, arbitraje y arreglo judicial entre Colombia y Venezuela de 1939, en dirección a reconstruir la institucionalidad de la relación bilateral, bajo la premisa que el Estado colombiano tiene la obligación de proteger a sus nacionales en territorio venezolano y es urgente recuperar las relaciones consulares.La Venezuela Chavista no es la mejor amiga del Estado colombiano, pero es nuestra vecina. Aún muchos de nuestros nacionales habitan en ella y ahora muchos de los suyos están en nuestro territorio.

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Escucha”La diplomacia del espectáculo” en Spreaker.

Si quiere saber más, escuche el podcast Esto no es una frontera, es un río

*Ronal F. Rodríguez, @ronalfrodriguez, profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

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