La fábrica del diablo

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Someter la sociedad a la avaricia, a la codicia y a la sevicia sin límite del mercado, es decir, a los intereses particulares, nacionales y extranjeros, no solo es una aberración histórica, es como permitir otra conquista de América, otro crimen de lesa humanidad.

El filósofo griego Aristóteles definió a su modo la economía, distinguiéndola de una noción  que él también elaboró y denominó ‘crematística’. La primera, la economía, fue el punto de partida: “En cuanto ella es el arte de adquirir, ella se dedica a procurar los bienes necesarios a la vida y útiles, sea al menaje doméstico o sea al Estado”. “La verdadera riqueza consiste en valores de uso de ese género, porque la cantidad de cosas que pueden suplir para hacer la vida feliz no es ilimitada. Pero hay otro arte de adquirir, al cual uno le puede dar el nombre de ‘crematística’, que hace que parezca que no existe ningún límite a la riqueza y a la posesión”. Citado por Marx, Karl. (1968: 246).  

Cuentan que Salomón Kalmanovitz, por allá en los años 1980, cuando era profesor de economía en la Universidad Nacional, puso a sus alumnos a leer un libro, que incluso en fotocopias era costoso: El capital de Karl Marx. Muy pocos lo leyeron – dice la anécdota – y él disque se enojó. Profesor – le increpó un estudiante -, no leímos porque no tenemos el capital. Eso que el profesor llamaba economía, sin darse cuenta, le acababa de patear el tablero.

La fuente originaria del capital no se hallaba, como decían Adam Smith y David Ricardo en la circulación de las mercancías, sino – como afirmaba Marx – en la esfera de la producción. “La victoria del capital – insistía el filósofo alemán – victoria digna de la civilización, no estaba solamente en haber descubierto en la fuerza de trabajo la fuente de la riqueza, sino en haberla transformado en mercancía”.

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La violencia jugó un papel importante en la acumulación de capital y se ignoraba que no toda acumulación de riqueza era necesariamente capitalista. El cuento no había comenzado con el ahorro de monedas en un marranito de greda, ni escondiendo pepitas de oro entre pergaminos y libros. Tampoco se inició madrugando, ni adoptando férreas disciplinas, mucho menos con el ahorro colchonero de alguna secta protestante. El punto de partida del capitalismo – insistía Marx – era la conversión de la fuerza de trabajo en mercancía. A ese proceso le llamó alienación, al ver que el trabajo y las condiciones laborales de los obreros, sumado a las tareas monótonas, repetitivas y onerosas en los talleres de las manufacturas y de las fábricas, deshumanizaban al hombre, a la mujer, al niño. Históricamente, el proceso de conversión de la fuerza de trabajo en mercancía fue brutal, fue violento y, en algunos lugares, fue más rápido, como en Inglaterra y los Estados Unidos. En otros, como en Rusia, Asia, África o América latina, el proceso no solo fue lento, brutal y violento, sino inconcluso. Allí la historia parecía haberse estancado en la constante repetición de sus inicios.

“El capitalismo […] aparece solo allí donde la producción mercantil y el comercio han alcanzado un cierto grado de desarrollo”. Eso lo dijo Marx y eso fue lo que el historiador Fernand Braudel demostró que había ocurrido en el mundo mediterráneo en el siglo XVI, en la época de Felipe II. Fue algo parecido a lo que a finales del siglo XV inauguró Cristóbal Colón en América.

La crítica del liberalismo económico no provino solo de Marx. Adam Smith afirmaba que la división del trabajo en la sociedad dependía de la existencia de los mercados, o como él decía:

                  “ […] la propensión [del hombre] a intercambiar bien contra bien, bien contra servicio, cosa contra cosa – escribe el historiador y economista austro-húngaro Karl Polanyi – es equivocada. Ninguna interpretación errónea del pasado se había revelado nunca tan anunciadora del porvenir”.

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La división del trabajo, fenómeno tan viejo como la sociedad, proviene de las diferencias inherentes a los sexos, a la geografía y a las dádivas individuales. Y la pretendida tendencia del hombre al trueque y al intercambio es casi enteramente apócrifa, concluye Polanyi. Además, continúa, las ganancias y las utilidades que salían de los intercambios nunca antes habían jugado un rol importante en la vida humana. A pesar de que la economía de mercado hubiera sido a todas luces corriente desde el fin de la edad de piedra, su papel nunca fue más que secundario en la vida económica de la humanidad.

No es cierto entonces que las sociedades dependieran de los mercados, ni que éstos fueran libres y tendieran por naturaleza a la expansión. Los mercados casi siempre estaban regulados por el Estado o por la sociedad, e históricamente nunca fueron ni son libres. Lo que regía y daba nombre a la economía no era el trueque y el intercambio, que en la vida de las sociedades precapitalistas era marginal. Lo que imperaba era la administración doméstica, la reciprocidad y la redistribución. Allí donde prevalecía este tipo de relaciones sociales, los trueques y los intercambios individuales no condujeron a la creación de mercados. Ese fenómeno es corroborable por la historia, en múltiples tribus, sociedades y culturas del mundo, y se nota todavía en las comunidades marginales, indígenas y campesinas, y aún en las comunidades barriales de lo que un día denominaron tercer mundo. En fin, concluye Polanyi, sin la intervención del Estado, el mercado nunca se habría disociado y nunca se habría sometido a la sociedad a sus codicias y a sus brutalidades, como ocurre ahora.  

                  “La importancia de los mercados – escribió Polanyi – se exageró para responder a un fenómeno no menos artificial como la máquina. “La cuestión condujo a falsear inconscientemente el balance a favor de una psicología del mercado, porque era posible creer que, en el espacio relativamente breve de algunos siglos precedentes, todo había tendido hacia la creación de lo que finalmente terminó por ser creado”. 

El mito del mercado es una anomalía histórica, como lo es el racismo. La tesis central de las reflexiones de Polanyi es, en ese sentido, elocuente:

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“El descubrimiento más importante de la historia y la antropología reciente, […] consiste en haber corroborado que la economía estaba encastrada en la relaciones sociales de las sociedades, y que ni el proceso de la producción ni el de la distribución no estaban ligados a intereses económicos específicos atados a la posesión de bienes o de ganancias”.

Polanyi nos habla, desde luego, de sociedades precapitalistas, de comunidades tribales u obreras que mantenían o mantienen todavía sus tradiciones ancestrales. No obstante, el análisis histórico de Polanyi está en realidad centrado en la actualidad, no solo de su época. Está centrado en los orígenes y desarrollo de la globalización de la economía, de las luchas obreras, indígenas, barriales, estudiantiles, y de toda la gama de las contemporáneas luchas sociales.

                  “Las relaciones sociales de los seres humanos engloban, en regla general, su economía – dice Polanyi -. Ellos actúan de manera, no a proteger su interés individual de poseer bienes materiales, sino de manera a garantizar su posición social, sus derechos sociales, su conquistas sociales. Ellos no le otorgan valor material a los bienes que por lo tanto no sirvan ese fin”.  

El capitalismo, decía Marx, es la búsqueda de la ganancia ilimitada. A ese fenómeno Aristóteles le llamo ‘crematística’. Max Weber, como ya lo había hecho Marx, lo cuestionó:

                  “La avaricia de una ganancia sin límites no implica en nada el capitalismo, mucho menos su espíritu […] pero sí es cierto que el capitalismo es idéntico a la búsqueda de la ganancia siempre renovada, en una empresa continua, racional y capitalista […] El capitalismo se identificará con la dominación (Bandgun) y a lo menos con la moderación racional de esa impulsión irracional”.  

En Colombia todo parece darse de manera tardía, demorada y anacrónica. Es más, todo parece cíclico, todo parece repetirse. El Macondo de Gabriel García Márquez semejaba anclado en el “eterno retorno de lo mismo” de Friedrich Nietzche, pero también en la “larga duración” histórica de Fernand Braudel. En Colombia parece estarse acelerando en los últimos años, no un modelo prusiano, sino un modelo de capitalismo a la inglesa. Un capitalismo primitivo de inclosures, caracterizado por el encercamiento de tierras, el desplazamiento forzado de los campesinos, la apropiación de los baldíos, la expansión de la propiedad privada en parques nacionales, todo como formas de apropiación y de expropiación de tierras de colonos, de empresas y de propiedades de la nación y del Estado. Es un proceso violento y cruel de acumulación de capital, de saqueo, guiado por la avaricia y la codicia sin límites de la casta delincuencial que gobierna, y que no conlleva, como en la Inglaterra de los siglos XV y XVII, a la creación de una clase obrera moderna o, en palabras de Robert Castel, a la formación de una “sociedad salarial”. Sociedad que no tiene nada que ver con el mundo de la mendicidad, de la limosna estatal, de la prostitución y del rebusque, sino con una sociedad que basa la identidad y el futuro económico y político de los  ciudadanos, no en la propiedad privada sino en el trabajo asalariado, devenido un derecho social, base y soporte de un sistema social, democrático,  capitalista y moderno.

No en vano, exclamaba Castel:

                  “ […] el derecho al trabajo es el homólogo al derecho de propiedad de los poseedores. El derecho al trabajo significa la posibilidad de vivir trabajando. El derecho al trabajo implica todo un conjunto jurídico de derechos de los trabajadores. Todo un pacto social entre el capital y el trabajo. Toda la base de la sociedad democrática”.

Someter la sociedad a la avaricia, a la codicia y a la sevicia sin límite del mercado, es decir, a los intereses particulares, nacionales y extranjeros, no solo es una aberración histórica, es como permitir otra conquista de América, otro crimen de lesa humanidad.

Es la reinvención de lo social la que ha domesticado el mercado y humanizado el capitalismo, agregó Castel. Debe ser por eso que Karl Polanyi no dudó en llamar al capitalismo de mercado libre, de mercado autorregulado ¡la fábrica del diablo!

*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

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