La ideología del racismo

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El realismo es la ideología de la esclavitud asalariada. Es la emancipación del trabajo explica, en la Dialéctica del amo y del esclavo en Hegel Alexandre Kojëve,  la que redimirá por la vía de la lucha y de la negación del amo al esclavo. 

Contrario al discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres de Rousseau o de Marx, el racismo – como escribió el jurista e investigador Golberg, D.T. (1993) – “racionaliza el orden de la diferencia como una ley de la naturaleza”. El racismo es una ideología que se basa en una explicación no histórica del desarrollo desigual de la humanidad. Mezcla la teoría de la selección natural de las especies de Darwin con el mito de la supremacía de la raza blanca.  

El racismo es una utopía social reaccionaria, que proclama la jerarquía, la superioridad, no de una raza, una nación o un pueblo, como suele anunciar, sino de una casta. Aboga por la pureza de la sangre y por un orden social dividido en razas. Algunos creen en la eugenesia, en la eliminación de individuos genéticamente defectuosos. Aunque su referente es la esclavitud, el racismo no es una ideología antigua o medieval; es una ideología moderna. Es la ideología de la esclavitud asalariada.

Se demarca del diccionario que define ideologías como aquellos grupo de ideas que caracterizan a una persona o a una comunidad laica o religiosa o de la clásica y polémica concepción marxista que las concibe como una falsa conciencia de la realidad. El sociólogo y filósofo francés Nicos Poulantzas (1974) pensaba, con razón, que las ideologías, más que un grupo de ideas, eran un conjunto de prácticas.

El racismo surge en un maridaje de capitalismo y religión.  Ese maridaje constituye un pecado capital de la Iglesia. Pero los racistas que siguen la tradición judeo-cristiana parecen divididos. Unos se creen el pueblo elegido por Dios para gobernar el mundo y otros quieren crucificar a los que, según ellos, mataron a Cristo. 

No hay que perderse; el racismo es esencialmente un instrumento de explotación capitalista y una forma de  dominación imperialista. El racismo combina el odio, el estigma, la discriminación, el fanatismo y la violencia con la tolerancia y la pasión religiosas.  

El racismo se nos presenta envuelto en la nostalgia de un pasado imaginado. De esa manera, la grandeza de los imperios antiguos y medievales es fácilmente asociada con la supremacía de la raza. Esa era la misión de Cristóbal Colón, la utopía española, la de restablecer la grandeza del imperio y la nobleza de la raza, a través de la soberanía de la corona, de la espada y de la cruz.

El escritor Jorge Luis Borges, en La historia universal de la infamia (1935) evocaba con sarcasmo la situación : « En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros ». No se sabe si el emperador escuchó las súplicas racistas del fraile domínico, pero lo que sí se sabe es que la trata de esclavos en América se desbordó y el genocidio de los indios y de los negros no paró y no ha parado. Los antropólogos y los historiadores pusieron, aunque mucho tiempo después, el grito, ahí sí, en el cielo. 

Los fundamentos teóricos del racismo no nacieron solo con Mi lucha de Hitler (1925), ni con La doctrina del fascismo de Gentile y Mussolini (1934). Los libros que sostenían el determinismo histórico de las razas desde mucho antes se escribían y se leían en Inglaterra. La ferocidad histórica y la perennidad contemporánea del racismo en Norteamérica pueden a lo mejor hallar respuestas en esa herencia oculta intelectual. Las ideas de Malthus  de combatir el hambre y la pobreza, reduciendo la población a través de la guerra o las enfermedades, no surgieron en Alemania, ni en Francia, sino en Inglaterra, país donde también vieron la luz las ideas del liberalismo, del comunismo, y del Estado social. Gobineau y Maurras en Francia, Nietzche y el romanticismo en Alemania, y en general en Europa, Mazzini y D’Annunzio en Italia, y Ortega y Gasset en España, todos jugaron, entre muchos otros – así hubieran sido malinterpretados como Nietzche – un papel en el desarrollo ideológico del racismo contemporáneo.

El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss fue uno de los más célebres en denunciar el fenómeno. En 1952, la UNESCO publicó uno de sus ensayos titulado Raza e historia. Allí Levi-Strauss demolió la tesis del considerado padre del racismo, Joseph Arthur Gobineau (1816-1882), que reconocía la existencia de tres razas (la negra, la blanca y la amarilla), pero afirmaba que, si bien tenían aptitudes particulares, no eran en valor absoluto iguales. El mestizaje – sentenciaba Gobineau – conduciría a la degeneración.  

Lévi-Strauss  demostró que la genética no explicaba la superioridad o inferioridad de las razas, mucho menos el desarrollo de la civilización, que en últimas, competía más a la historia. “La diversidad de las culturas humanas – escribió – es más grande y rica que todo lo que nosotros estamos destinados a conocer jamás […] La diversidad de las culturas humanas no puede ser concebida de una manera estática”, sentenció. 

No obstante, dos décadas después, en plena crisis del capitalismo mundial, invitado otra vez por la UNESCO, Claude Lévi-Strauss, en  un nuevo texto, Raza y Cultura (1971), pareció retractarse: ¿Si no existen actitudes raciales innatas, cómo explicar que la civilización desarrollada por el hombre blanco haya logrado el inmenso progreso que se conoce, mientras que los pueblos de color se quedaron atrás? Convencido que la diversidad cultural conducía a la mezcla de las razas, el veterano antropólogo se preguntaba, si la diversidad cultural constituía en realidad una ventaja o un inconveniente para la humanidad. “Un cierto encerramiento es necesario, dijo, para la preservación de la diversidad cultural”.  

Ahí fue Troya, Lévi-Strauss quedó graduado como inconsecuente y como racista. La cultura no es una función de la raza, como lo sugirió, sino a la inversa. La raza es una función de la cultura, pero no necesariamente la determina. La raza es inherente a la identidad biológica, pero no lo es obligatoriamente a la identidad cultural ni social.

El racismo tiene el carácter ofensivo y confuso de lo extraño y de lo foráneo que te agrede. El racismo reclama para sí la legitimidad de someter, de saquear, de explotar y de matar. El racismo reclama la guerra. La naturaleza sistemática de esas prácticas, que en nuestros países es omnipresente, no obedece a un prejuicio personal, ni aun chauvinismo regional; responde a una lógica geopolítica de estado cipayo y, como en la época de la conquista, a una lógica de sumisión imperialista.

Michel Foucault, el renombrado filósofo francés, analizó la relación entre el racismo y la guerra. Esa fiesta de la barbarie no se la explicaba sin una instrumentalización política de la biología y de la genética. En ese contexto, Foucault habló de biopolítica, como el trasfondo ideológico del poder y de la guerra. El racismo es claro; tenía que ver con su noción del panóptico, con vigilar y castigar.

El racismo estructural en Colombia, el que denuncian las comunidades afros, indígenas y mestizas, el que asocian con la violencia, con la discriminación, con la vulneración de sus derechos y con la exclusión – que es la versión extrapolada del apartheid y el abandono -, es la evidencia del genocidio y del saqueo sistemático de los territorios ancestrales y de la nación. El racismo contemporáneo se expresa en la noción de aporofobia, que es el miedo y el odio a todo el que sea pobre. La aporofobia no es otra cosa que racismo generalizado.

Un sistema que se basa en la desigualdad, la violencia, el racismo y la avaricia no puede generar cosa distinta que la lucha de clases y la rebelión. El río de la historia, como casi todos los ríos, cuando llueve, tarde o temprano recupera su cauce. Y es la emancipación del trabajo – explica en la Dialéctica del amo y del esclavo en Hegel Alexandre Kojëve (1982) – la que redimirá por la vía de la lucha y de la negación del amo al esclavo.

*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

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