Los jóvenes mexicanos del 68 nos hablan

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Del 26 de julio al 2 de octubre del 68, comenzaron los “desplantes del poder”, no solo porque el gobierno del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz menospreció el movimiento estudiantil que se había levantado, sino porque la violencia de la fuerza pública comenzó a tomar dimensiones cada vez más desproporcionadas frente a la resistencia de los estudiantes. 

Gerardo Estrada y el movimiento estudiantil mexicano en 1968

Mi amigo Juan Sebastián escribió por WhatsApp. Era un mensaje que parecía un grito. Pidió que nos reuniéramos, virtualmente, para hablar de todos los sentimientos que se han despertado en Colombia desde hace unas semanas y nos han rebasado, muchas veces, como individuos. Horas después nos reunimos Luis, Alejandra, Daniel, María Andrea, Érika, Maribel, Juan Sebastián y yo para escucharnos y manifestar nuestra rabia, impotencia, tristeza, angustia y, en parte, frustración. 

Esta serie de tres escritos va dedicada a ellos y a los demás amigos que ese día no pudieron reunirse con nosotros. También a los que están luchando en las calles y en otros escenarios, buscando transformaciones. Ojalá las historias de otros personajes, de latitudes diferentes a las nuestras, nos ayuden a encontrar algunas respuestas que estamos buscando.  

Gerardo Estrada se topó con una montaña de zapatos en la calle que conducía a la entrada de la plaza principal del Zócalo, en Ciudad de México. Pertenecían a unos estudiantes que, como él, habían salido a marchar ese 26 de julio de 1968, pero terminaron huyendo de los ataques de la policía. En plena carrera, a muchos se les cayeron sus zapatos. Los barrenderos municipales los arrumaron para dejar montones de ellos en las calles.  

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Ese día, miembros de la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos – CNED –  marcharon para celebrar el asalto al Cuartel Moncada en 1953, origen de la Revolución Cubana. De manera alterna, estudiantes del Instituto Politécnico Nacional y de algunas facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México – UNAM – se manifestaron en contra de las agresiones policiales que se habían efectuado el 22 y 23 de julio en la Plaza de la Ciudadela, cuando algunos estudiantes y las pandillas de Los Arañas y Los Ciudadelos habían protagonizado un pleito en las calles. Los cuerpos de granaderos intervinieron en la riña para disiparla, pero el abuso de la fuerza pública fue tan grande que terminaron golpeando a algunos docentes, ajenos a la pelea. 

La violencia de esos dos días hizo que los jóvenes compartieran, según afirma el escritor Carlos Monsiváis en su libro El 68. La tradición de la resistencia, “la rabia ante las arbitrariedades de la policía, el rencor social y el impulso de la marginalidad ciudadana que quiere dejar de serlo”. Y con esos sentimientos en común, marcharon el 26 de julio. Pero unos conjuntos de agentes judiciales comenzaron a maltratar a los transeúntes, perseguir a los jóvenes, organizar retenes y apedrear los bienes públicos. “Comercios y joyerías asaltados, vitrinas rotas, golpizas, y agentes que se ríen como festejando una proeza, la de probar con sus instrumentos de trabajo la fragilidad de los cuerpos ajenos”, escribió Monsiváis. 

Las marchantes de la CNED, que por casualidad se toparon con los del Politécnico y la UNAM, fueron disipados con violencia. Gerardo Estrada, a sus 22 años, estuvo ahí y vivió la represión. Por eso, lo invadió la rabia al ver la montaña de zapatos de sus compañeros y no encontró otra forma de liberarla, sino tomando una piedra y arrojándosela a un camión de la policía. No se había percatado de la presencia de unos uniformados que estaban detrás de él, quienes, después de ver el ataque, se le abalanzaron para darle un macanazo. Un amigo de Gerardo detuvo el golpe y ambos huyeron.  

Hoy, a sus 75 años, Gerardo Estrada sostiene que el 26 de julio significó su entrada como testigo de los movimientos estudiantiles de 1968 en México. Desde ese día hasta el 2 de octubre, comenzaron los que él llama “desplantes del poder”, no solo porque el gobierno del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz menospreció el movimiento estudiantil que se había levantado, sino porque la violencia de la fuerza pública comenzó a tomar dimensiones cada vez más desproporcionadas frente a la resistencia de los estudiantes. 

El 30 de julio, soldados de la Primera Zona Militar, liderados por el general José Hernández Toledo, usaron una bazuca para abrir la puerta de la preparatoria de San Ildefonso de la UNAM, donde se encontraban varios de los estudiantes que habían marchado días antes. El convoy lo integraron tanques ligeros y jeeps con más bazucas y cañones de 101 milímetros. Los estudiantes, desarmados, solo vieron cómo las tropas se tomaron las instalaciones de su centro educativo y catearon las casas y apartamentos vecinos. Según afirmaron las autoridades, “la acción militar: 1. fue razonable; 2. sirvió a los intereses de la colectividad; y 3. estuvo apegada a la ley”, como citó Monsiváis en su libro. 

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La represión, muy al contrario de lo que pensaba el gobierno de turno, no apaciguó la protesta: según Estrada, calentó los ánimos de los estudiantes y convirtió las manifestaciones en una causa común. Durante agosto se organizaron diferentes marchas. Una de ellas, liderada por Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, conformó el Consejo Nacional de Huelga y se creó un pliego petitorio de seis puntos en el que se solicitaba, entre otras cosas, la libertad de los presos políticos, la extinción del cuerpo de granaderos y la indemnización a las familias de muertos y heridos por la fuerza pública desde el 26 de julio. La “Generación del 68” comenzó a reclamar sus derechos humanos y civiles y a exponer la respuesta violenta del Estado mexicano. 

Según Carlos Monsiváis, esta generación comenzó a “desfilar, llevar mantas y pancartas, vocear consignas y hacer partícipe al pueblo (todavía no la sociedad) del compromiso que legitima la disidencia”. El movimiento ya no estaba conformado solo por estudiantes, sino por docentes, indígenas, padres de familia y otros miembros de la sociedad civil.   

Gerardo Estrada recuerda un gobierno desconcertado: “Lo que no toleraron – ni toleran ahora – son los movimientos espontáneos. No creen posible que la gente pueda protestar espontáneamente y que no esté azuzada por algún diablo”. El gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, apoyado por la prensa mexicana, ya había invocado al diablo del comunismo como responsable de las protestas estudiantiles y advirtió que no solo significaban una amenaza para el statu quo, sino para los Juegos Olímpicos que se celebrarían a partir del 12 de octubre de 1968. Pero jóvenes como Gerardo no querían Juegos Olímpicos, sino justicia y el cese de la tiranía.  

Para septiembre no había voluntad de diálogo por parte del gobierno de Díaz Ordaz. Además, Estrada cuenta que había muchos líderes en el movimiento estudiantil y eso hizo que las conversaciones no fueran tan viables. Para entonces, la respuesta fue la violencia mediante la fuerza pública, con la cual se desalojó a los estudiantes de la Ciudad Universitaria de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional. 

Luego de las tomas de las instalaciones, y presionado por el gobierno, Javier Barros Sierra renunció a su cargo como rector de la UNAM. En el comunicado que anunciaba su retiro, dijo que “los problemas de los jóvenes solo pueden resolverse por la vía de la educación, jamás por la fuerza, la violencia o la corrupción”. Para Gerardo Estrada, “los gobiernos acuden a la represión mediante la fuerza pública porque saben que no tienen argumentos para negar lo que se está reclamando, saben que la sociedad tiene razón. Es un último reducto de defensa ante la impotencia de saberse responsables, sentirse atrapados y no saber cómo solucionarlo”. Y agrega: “Las represiones generan más indignación y causan un espiral de violencia que va creciendo y todo va a estar mal”.

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Para el 2 de octubre de 1968, en efecto, el ciclo de violencia había crecido tanto que se consumó en el peor escenario posible. Ese día se había convocado a una marcha en la Plaza de las Tres Culturas, contigua a la unidad residencial Nonoalco-Tlatelolco (Ciudad de México). En ese complejo de ruinas prehispánicas, íconos del virreinato y edificaciones modernas, se encontraba Gerardo Estrada, apoyando la causa. En algún momento de la manifestación, en la que también participaron los vecinos del lugar, vio a un helicóptero disparar tres luces de bengala. Ese fue el aviso para que el ejército entrara a ocupar la plaza para desalojar a los manifestantes. Entre tanto, miembros del grupo paramilitar Batallón Olimpia comenzaron a disparar a los ocupantes de la plaza desde los apartamentos del edificio Chihuaha, incluyendo a los militares. 

Gerardo Estrada dice que tiene la hipótesis de que “se armó una balacera entre el Batallón Olimpia y los militares que tomaron la plaza, porque no tenían contacto los unos con los otros”. El gobierno afirmó que la matanza de Tlatelolco fue provocada por los manifestantes. La prensa les hizo eco a esas afirmaciones. “Hubo dos o tres vecinos que respondieron a las balas, pero no fue nada organizado”, sostiene Estrada, quien, al presenciar el caos, huyó de la Plaza de las Tres Culturas y buscó refugio donde pudo. 

No corrieron la misma suerte algunas mujeres indígenas, niños, jóvenes estudiantes, residentes del sector y docentes. Existen versiones en las que se afirma que murieron 80 personas y otras sostienen que fueron cerca de 350. El número de víctimas aún es desconocido. 

Carlos Monsiváis escribió que el propósito de la incursión en la Plaza de las Tres Culturas fue “detener a los integrantes del Comité Nacional de Huelga y extinguir un ‘foco subversivo’ diez días antes de los Juegos Olímpicos”. En medio de chiflidos durante su intervención, el presidente Gustavo Díaz Ordaz dio apertura a los juegos en México en la fecha estimada: 12 de octubre de 1968. 

Y aunque un año después el presidente asumió su responsabilidad en la masacre, la nación entera quedó con una gran herida. 

“El mundo de las ideas fue mi opción vital” 

Gerardo Estrada se toma todo el tiempo que necesita para contar sus historias. Lo hace desde un estudio en el que tiene una biblioteca repleta de libros y en ella reposa una fotografía de Mick Jagger en concierto, debidamente enmarcada. De vez en cuando se recuesta en el espaldar de su silla, habla un rato desde allí y luego se incorpora lentamente para acercarse a la cámara. Con sus manos se ayuda para narrar. A veces se elevan despacio y dibujan círculos en el aire, se frotan y sus dedos se entrelazan. No se atropella para hablar, lo hace despacio y con calma. 

Es difícil imaginar al joven de 22 años que se sumó al movimiento estudiantil del 68 en el cuerpo de un hombre que refleja la tranquilidad de quien ha transformado la rabia en algo más certero que arrojarle una piedra a un camión de la policía. Luego de los hechos del 2 de octubre, Gerardo Estrada dice que no solo sintió rabia con la respuesta autoritaria del gobierno frente a las manifestaciones, sino frustración, pero dedicarse a la academia y a la divulgación cultural le ofreció volcar sus sentimientos en otras formas de lucha. “Fui tomando consciencia de que había otras trincheras. En mi caso, la vida me mostró no solo la universidad, sino la cultura. Me convertí en un difusor de la cultura. Hice parte de la primera generación de difusores culturales en México y a eso me dediqué toda mi vida. Descubrí que era bueno para seguir abriendo espacios para la libertad de expresión y la exigencia de derechos democráticos”, explica. 

Y tuvo que dar muchas luchas que hoy recuerda entre risas. Por ejemplo, cuando fue director de Radio Educación ayudó a crear una programación musical alternativa con canciones de protesta y de la Revolución Mexicana y, en los programas informativos ,buscó ser lo más democrático posible al darles voz a personas simpatizantes al gobierno y a sus opositores por igual. Al aire, el ingeniero Heberto Castillo hizo una fuerte crítica al sistema educativo mexicano en uno de los programas de la emisora. “Después de esa entrevista le pidieron la renuncia al entonces ministro de Educación, Porfirio Muñoz Ledo. Y con él, salí yo”, cuenta. 

Recuerda que en la UNAM tuvo la oportunidad de presentar la primera obra de teatro abiertamente gay en México, Y sin embargo se mueve (dirigida por José Antonio Alcaraz), la cual cuestionaba la moral prevaleciente en ese momento. “Así empecé a apoyar a los artistas con creaciones heterodoxas que se salían de la norma de los usos y costumbres. En el Instituto Nacional de Bellas Artes (entidad que dirigió), hicimos varias travesuras que nos permitieron traer cosas diferentes. Eso no nos libró de muchas presiones, pero aguantamos”. Y añade: “Siempre hay batallas que dar en el campo cultural, porque los artistas siempre quieren ir más allá. El arte en sí mismo es un proyecto político: siempre está rompiendo moldes, esquemas y arquetipos”.

Sus luchas le han dado satisfacciones y malos ratos, pero en su trayectoria profesional ve todo como una ganancia. “El mundo de las ideas fue mi opción vital. El mundo de la creación artística ha sido mi trinchera política”, afirma. Y en ese mundo se desempeñó como agregado cultural de México en Chicago, director de la Casa de México en París, director general del Instituto Mexicano de la Radio y director del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México. Actualmente es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. 

Dice, también entre risas, que la frustración después de 1968 lo afectó tanto que invadió sus terrenos intelectuales y sostuvo, casi como promesa de vida, que “escribir libros no servía para cambiar el mundo”. La paradoja le causa gracia, porque, en 2004, recogió sus memorias en el libro 1968, Estado y universidad: orígenes de la transición política en México. 

La libertad, ante todo 

Durante toda la conversación, Gerardo Estrada dice la palabra “libertad” de forma constante. Para definirla, guarda silencio y se toma el tiempo para pensar. Con sus dedos entrelazados, al cabo del rato, suelta su reflexión: “La libertad es el derecho a ser. No hacer lo que yo quiera, sino a existir, a ser humano, a reconocerme en los demás, de que somos parte de una comunidad y que en ella tengo derechos que son iguales a los de mis congéneres y, en esa medida, nos vemos y podemos convivir”. 

Ese valor, la libertad, no lo ha negociado por nada en la vida. Por eso, dice, nunca ha sido miembro de ningún partido político, ni siquiera en 1968.  “Si yo nunca milité con un partido, es porque creo fundamentalmente en la libertad y el reconocimiento de la pluralidad de la sociedad. Aunque todos pensemos diferente de acuerdo a nuestras experiencias, creo que tenemos que defender esos dos valores. En ese sentido, hay que seguir luchando, pero nunca poner por delante a líderes políticos o a ciertos códigos. Ante todo, hay que poner los valores para que las luchas sean congruentes y eso es muy difícil en el ejercicio político”. 

Su reflexión continúa y deja ver la gran satisfacción de no traicionarse a sí mismo: “Yo resumiría mi vida en la lucha por mi libertad y las libertades sociales. Si se casa uno con un sistema ideológico, se acaba empobrecido y por traicionar aquello en lo que se creía. Se condiciona la política al inmediatismo y va uno cediendo terrenos. Aunque colaboré con ciertos gobiernos priistas, nunca cedí, fui una oveja negra que hacía travesuras, siempre acompañado de gente que creía en lo que hacía. Y valió la pena, abrimos muchos campos desde la radio y la difusión cultural”.

*Felipe Lozano, comunicador social de la Pontificia Universidad Javeriana con posgrado de la FLACSO (Argentina). Salió de Bogotá, renegando de ella, y regresó con el rabo entre las piernas. Camina como terapia para purgar sus culpas y así descubre las maravillosas contradicciones del país que se sintetizan en su capital. Ha estado vinculado a entidades como el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, Museo de Bogotá, Museo Nacional de Colombia y la Casa Museo Alfonso López Pumarejo, de la cual fue director. No discute en redes sociales porque es mejor de forma presencial.

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