La mujer que escribía pensamientos

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Hand of young businesswoman writing on paper or signing contract at table in office

– Hola –

– Hola – respondió sin mirar. Encorvada sobre una rústica mesa garabateaba palabras sobre un cuaderno doble línea de esos que donaban los gobiernos para las escuelas pobres y muchos terminaban condenados a la basura o peor aún al olvido.

– ¿Qué haces? – volví a preguntar.

Volvió la mirada y respondió enfadada: -“escribo pensamientos” – . Por primera vez vi sus enormes y misteriosos ojos negros. Hoy tuve la valentía de mirarlos de frente. Desde pequeños nos había separado una pared confeccionada en ladrillos que mis abuelos levantaron a punto de esfuerzo porque decían que el “mejor vecino” era una pared para no escuchar y meterse en la vida de los demás. Hoy no sabría que pensar de ellos por ese acto; siempre he odiado a aquellos que levantan muros para separar a los hombres; disparate que leí hace algunos años a un febril neonazi cuando se embarcó en la quijotesca idea de construir un muro fronterizo con más de tres mil kilómetros para separarse de su vecino de siempre. Yo me las había ingeniado para abrir una ranura sobre la pared y poder contemplarla casi todas las mañanas cuando se sentaba sobre un viejo tronco de árbol y desde allí contemplar una infinita ciénaga con algunos pescadores remando sus barcas a aguas profundas, espantando una parvada de garzas de un blanco inmaculado que levantaban vuelo. Vivía con su abuela que casi siempre la “cantaleteaba” desde la distancia mientras pelaba algo y lo vertía en una olla humeante. Esos ojos seguían mirándome con enojo porque interrumpí su acto sagrado de escribir; rápida y furtivamente leí algunas líneas que había plasmado para la posteridad. Sin mediar palabra y de un solo tirón cerró el magullado cuaderno protegiéndolo contra su pecho: “cuando llegan esos días grises y mandarinas embriagándome y preguntándome por ti/ no sé qué decirles, ni que escribirles/ solo sé que esto es un imposible/.  – ¡Carajo! – me dije: esto es pura poesía. Casi en estado de pánico reflexioné para quién sería esa hermosa inspiración; obviamente no era para mí, al menos por ahora. Me alejé confundido ya que era imposible entender cómo podía ser poseída por la musa sin tener que leer y transpirar. Por lo que sé, en su casa nunca hubo libros, excepto una arrugada cartilla llamada Nacho lee, donde aparecía un pintoresco niño con su mano sobre una de sus mejillas tumbado sobre una heredad al lado de un perro que lo olisqueaba. Gracias a esa cartilla, muchos balbuceamos y conocimos el hermoso castellano de Cervantes. Ahí veíamos frases inolvidables como: “mi mamá me ama”, “mi papá quiere su pipa”, triste final que tuvo esa cartilla cuando su abuela la utilizaba de cuando en vez para soplar y revivir un fogón de leña que levantaba eternas llamaradas sobre una olla humeante que despedía pequeñas burbujas de vapor que apagaban las incandescentes ascuas. Cuando no le funcionaba como abanico, la descuartizaba página por página dándole vida al fogón; me consolaba pensar que desde que el homo sapiens ha deambulado por la faz del planeta azul, el fuego, ese fuego primigenio fue anterior a la escritura. El profesor de español,  un frustrado poeta nos había expresado en la última clase que para escribir se necesitaban muchas horas de lectura, disciplina y transpiración. Siguiendo su consejo inicié la ardua travesía de leer “à la recherche du temps perdu” de Proust, – con la firme convicción que iba a morir en el intento -que un tío al que el matriarcado de mis hermanas le llamaban “el judío errante” furtivamente había puesto en mis manos. Esas lecturas aún no estaban permitidas en el canon  aprobados por mi madre. Sobre la mesa de la sala solo se podía leer para nuestra edad e instrucción religiosa algunos libritos de historia sagrada,  – como si la historia se dividiera en sagrada y profana – David y Goliat, Dalila y Sansón, este último un Hércules de la saga hebrea que había liquidado a todos sus enemigos con la quijada de un burro y al final había sucumbido a los encantos femeninos alcahueteados por Baco y Dionisio. Grande fue la tragedia de nuestro héroe que quedó reducido a la marca de un vino barato que algunos hombres hoy utilizan en pócimas para supuestamente recobrar la virilidad. Esas lecturas se hacían bajo la tutela y mirada atenta de una profesora contratada por mi madre, una maestra enjuta de modales ascéticos egresada de la escuela de los epicúreos, que un buen día sin dar explicaciones – en mi casa jamás se la pidieron, porque uno de los lemas de mi padre era “viva como le dé la gana, no viva la vida de los otros y respete a los demás” – había colgado los hábitos religiosos, sucumbiendo a los brazos de un hombre que la amaba en secreto y que eternamente estaba de viaje como Ulises de Ítaca. La profesora lo había descubierto, o mejor al final de su vida mandó al carajo a Zenón de Citio cuando desbordó su vida en las pasiones. Algunos fines de semana se le veía reunida con el matriarcado bajo los efectos del dios Baco cantar  desinhibidas boleritos de moda y vociferar en corro: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Mi madre, en la distancia, mientras tejía se hacia la que no escuchaba. Por mi parte, había muerto en el intento de leer a Proust y ahora navegaba plácidamente con el capitán Joseph Conrad y su vagabundo de las islas. 

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Los fuegos pirotécnicos reventaban en el firmamento como grandes árboles anaranjados, se aproximaba la noche buena, algunos tíos llegaban de largos viajes a pasar navidad en familia. Con mi hermana menor, nos ofrecíamos de mandaderos para ir a la tienda y comprar cosas para los mayores. Desde muy temprano,mi madre se esmeraba en ataviarnos con ropa nueva para estar a las órdenes de los adultos e ir a la tienda más cercana. Parecíamos meseros estrato seis, solícitos a cualquier movimiento de su cliente. Algunos tíos en su ebriedad sacaban magullados billetes de sus bolsillos y mandaban a comprar algo; casi nunca reclamaban los vueltos y si lo hacían al final expresaban “guárdelos para usted”, los cuales íbamos atesorando en una pequeña talega. En uno de esos mandados a la tienda, de regreso traía dos cubetas con hielo que me quemaban las manos cuando escuché que alguien me silbaba tenuemente desde la penumbra. Me acerqué sigiloso, el hielo me entumecía los dedos; suavemente una voz femenina salió de la oscuridad como un oráculo  – “acércate, no tengas miedo” -. Yo balbuceé: “no, no tengo miedo”. El hielo seguía derritiéndose en las manos. Ahí estaba ella recostada sobre una especie de calesita que un vecino tiraba todos los días de un viejo caballo. Dos trenzas dividían su abundante cabellera. Clavó sobre mí sus ojos que ahora eran más luminosos. “Lleva eso y regresas” – me dijo -; fue como una orden porque mi caminar automatizado lo delataba. Desde donde me habló hasta el sitio que mis tíos habían elegido para la parranda escasamente nos separaban quinientos metros. Mi hermana  que me esperaba ansiosa preguntó “¿por qué te demoraste?” Realmente no recuerdo qué le respondí. Le hice la entrega de las cubetas que se derretían y salí disparado de regreso.  Casi no escuché cuando me dijo – ¡oye regresa, a donde vas! -. Yo le respondí “ya vuelvo, voy a arreglar un asunto”.

Ahí estaba, recostada de espaldas a la calesita. Llevaba un vestido de flores que olía a nuevo; sus pliegues tapaban las líneas de su juvenil cuerpo. La pólvora seguía iluminado el cielo. Uno de sus tacones rozaba una de las tablas. Se recogió una de las puntas de las trenzas y se las llevó a sus labios murmurando:

– Hola –

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– Hola – le respondí, su aliento exhalaba un pequeño vaho etílico mezclado con olor a goma de mascar. Las ventanas de su nariz brincaban precipitadamente. Baco o Dionisio estaban haciendo el milagro. No sé por qué esa noche amé tanto a uno de esos dioses, igual si caía en idolatría, el niño Dios estaba a punto de nacer.

– ¿Y tu novio? – le pregunté. No sé por qué preguntaba por ese imbécil, un tipo mayor que ella, que todos los días la recogía y la llevaba al colegio.

– No sé – fue su escueta respuesta. ¡Ven acércate, no tengas miedo! Ya no le expresé si tenía miedo. La sangre me subía violentamente a los oídos; el bullicio de la música a lo lejos llegaba por oleadas. Cumplí su orden, cerré los ojos y acercándome a lo desconocido, me abandoné a su cuerpo el cual me apretó con violencia y frenesí. Un caballo que pastaba cerca resopló súbitamente haciéndonos estremecer. Al cabo de un rato, recostados de espaldas sobre la calesita, mirábamos correr entre las nubes la luna diáfana de noche buena. El arcoiris de pólvora seguía estallando en el firmamento. Comenzó a recitar: “cuando llegan esos días grises y mandarinas…” No le escuchaba porque había entrado en una especie de encantamiento y vagamente me acordé de mi hermana a quien había dejado tirada y quien estaría afanosa llenando la talega de monedas y magullados billetes para mañana muy temprano repartirnos los dividendos.

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*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

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