En este país, hay cifras curiosas. Por ejemplo, todo supuestamente queda a dos horas y media de camino. Si usted pregunta en Bogotá a cuánto está Girardot,  o  Ibagué, o Villa de Leyva, o  Tunja, o Villavicencio, todos contestan firmes y seguros: “a dos horas y media”. Cifra mágica que, por supuesto, no es cierta. No aprendimos que los “cercados” de los muiscas estaban distanciados a una jornada de camino y eso era cierto porque era la distancia y el tiempo que un indígena podía caminar en esa jornada, aproximadamente de ocho horas, sin trancones, ni retenes, ni tiendas para bajarse una pola o echarse un chicharrón.

Bogotá tiene un trauma con otra cifra: la de los ocho años.

Por ejemplo,  cuando yo nací en 1952, se comenzó a construir la calle 26  o Avenida El Dorado y, hasta cuando tuve la edad de ocho años, se dejó de hablar en mi casa de los “huecos de la 26”. Eso ocurrió al final de la década de los cincuenta cuando por fin estuvo terminada.  Es decir se demoró ocho años.  Lo recuerdo bien por algunos antecedentes. Una vez, mi mamá me llevó de compras al centro, cuando yo tenía apenas seis años, en un diciembre y, al pasar por la carrera 10ª con 26, la oí decir: “hummm, esto va pa´ largo”. Recuerdo  ese 16 de diciembre de 1958, porque mi corta vida casi termina esa tarde. Sobre las cinco de la tarde, mi mamá me dijo ‘mijito, entremos al Vida’. Un almacén de esos grandes en la séptima con calle 12. En ese preciso momento, cerraron las puertas del almacén ¡porque se había incendiado! Los administradores hicieron cerrar puertas para que la gente no saliera sin pagar.  No alcanzamos a entrar, afortunadamente. La gente se aglomeró en esa tarde de diciembre sobre la séptima y dificultó terriblemente la llegada de bomberos, policía y rescatistas.  Chismoseamos como hasta las seis y media cuando mi mamá me vio muy asustado. Yo no me desprendía de su mano. Una campesina, también chismosa, que estaba al lado nuestro tenía una gallina bajo el brazo. El ave debía estar tan hambrienta como yo. Mientras el par de damas estiraban sus pescuezos para fisgonear, sus crías nos mirábamos fijamente a los ojos. De pronto, la gallina me mandó un picotazo al mío, quizá para ella un grano de maíz. Alcancé a echar mi cabeza hacia atrás, apretar la mano de mi mamá y lagrimear.  Todo esto para decir que la cifras de ese incendio fueron ¡88 muertos!  

El drama de Bogotá con el número ocho y sus múltiplos no para ahí. En la carrera décima, la ciudad se “dobletió”: 16 años duró  la construcción de esa vía moderna, ¡desde 1945 hasta 1960!  Pero, si usted leyó El Tiempo del 22 de marzo de 2017, se encontrará con esto: “Deprimido de la calle 94 ya está operando. Terminó pesadilla de ocho años. Costó 3,6 veces lo planeado. Su valor inicial era de $ 46.000 millones, hoy es de $ 170.000 millones.” Y, si usted tiene memoria reciente, recordará que la construcción de 14 cuadras de andenes de la carrera 7ª, de la calle 10 a la 24, fue otra pesadilla que duró ocho años. Cuatro años de la administración Petro más cuatro de la de Peñalosa. Y ahora se anuncia que en la letra menuda del contrato que suscribió esa misma administración antes de entregar la posta, se pactó que la construcción de la primera línea del Metro se tomará en realidad … ¡ocho años!

Por eso, se puede hablar de esa fuerte pesadilla de Bogotá con los ocho años. Uno se pregunta,  ¿porque los 16 km (8×2) de la calle 26, el 1.6 kilómetros (0.8×2) de andenes de la 7ª y los 24 km (8×3) del Metro, obras de tan diversa complejidad, están bajo la fatídica cifra de los ocho años? Vaya usted a saber. Por supuesto, lo más exasperante y absurdo ha sido el 1.6 Km de andenes de la 7ª.  Me sube un escalofrío  cuando leo una noticia hace unos días en el diario El Espectador según la cual el gerente del Metro, Andrés Escobar, anuncia que se abren ¡ocho alternativas para llevar la primera línea a Suba y Engativa!

Y uno se pregunta: ¿pero qué es lo que tiene esa fatídica cifra? O, como se diría coloquialmente: ¿pero cuál es la güevonada  con el maldito número?  ¿Por qué no cuatro o tres alternativas para la Fase 2 ? En mi opinión, para la realidad de este país y de esta ciudad, las alternativas no debían ser más de dos. Durante mi docencia en la maestría de urbanismo en la Universidad Nacional, combatí férreamente con mis estudiantes por controlar esa manía u obsesión que los docentes llamamos: la multiplicación inútil de las hipótesis.

Ocho años, entonces, se requerirán para la construcción de la primera línea y ocho alternativas hay que considerar para llevarlo al occidente. Pero a eso hay que sumarle otros cuatro años de estudios invertidos por la administración Peñalosa en el replanteo del metro elevado. Entonces, uno se pregunta:  ¿no deberíamos tratar de cambiar la fatídica cifra, aunque sólo sea por salir de la maldición? Pensemos, por ejemplo, en la construcción de la primera línea de dos metros en otras ciudades latinoamericanas, el de Ciudad de México y el de Quito.   

Veamos el de Ciudad de México. Por supuesto, la decisión de metérsele de frente y de lleno al metro se tomó su tiempo hasta que el ingeniero Bernardo Quintana Arrioja convenció al presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, al Regente de la ciudad, al empresario francés Alex Berguer, marido en ese momento de María Felix, y, por su intermedio, al presidente francés Charles De Gaulle para suscribir un acuerdo entre el gobierno mexicano y el gobierno francés para financiar y construir la primera línea del metro. Así,  el 29 de abril de 1967, se creó el Sistema de Transporte Colectivo Públicó de Ciudad de México mediante decreto presidencial, publicado en el Diario Oficial de la Federación; el 19 de junio de 1967, se realizó la ceremonia de inicio de obra para construir la línea 1; y, el 4 de septiembre de 1969Gustavo Díaz Ordaz y Alfonso Corona del RosalRegente del Distrito Federal, inauguraron formalmente el servicio de los primeros 13 km entre las estaciones Chapultepec y Zaragoza. Bernardo Quintana se había comprometido con un  programa de construcción bien arriesgado: “40 kilómetros de vía de operación en 40 meses de ejecución”, trabajando para ello 38 mil trabajadores y 800 técnicos 24 horas los 7 días de la semana. Así, los primeros 13 km de la primera línea se construyeron y entregaron en dos años, dos meses y quince días. Después, al parecer, cumplió con los 40 propuestos.

La ciudad de Quito invirtió unos tres años y medio en los estudios de factibilidad para la primera línea de 2010 a 2013. Esta primera línea se dividió en dos fases.  La primera fue programada  para construir las estaciones de transferencia El Labrador y La Magdalena e inició su construcción el 16 de enero de 2013. El contrato de construcción de la fase dos se adjudicó al consorcio AccionaOdebrecht el 27 de octubre de 2015 para la construcción de 22 kilómetros de túnel y las trece estaciones del sistema que deberían estar listas en un periodo de 42 meses, incluidos seis de prueba. La inauguración del Metro de Quito se previó para diciembre de 2019. Sin embargo, el inicio de operación se aplazó para el último trimestre de 2020 por retrasos e imprevistos y a fin de cumplir con el periodo de pruebas del sistema.

Lo otro que nos debe llamar la atención es que tanto Ciudad de México como Quito tuvieron en cada caso ¡un único consultor y asesor! – en el caso de Ciudad de México, a los técnicos franceses del Metro de París y, en el de Quito, a la Empresa Metro de Madrid -. En el caso de Bogotá, ya hemos completado el carrusel de 16 empresas de consultores de países como Canadá, España, Francia. Italia, Suecia, Reino Unido, Japón, Estados Unidos, México y China. Sí, así como lo leen, hemos ya completado la fatídica cifra de 16 consultores (8×2) para mantenernos dentro de la maldición que nos persigue. Yo creí que nos quedábamos en 15, pero no, llegamos a la fatídica cifra al incluir la nueva consultoría que deberá hacer la propuesta de extensión del Metro a Suba y Engativá, como se puede apreciar en la tabla adjunta.

Solo nos resta esperar e implorar que esta pandemia del coronavirus no nos vaya a cobrar otros OCHO AÑOS y que, en lugar de los 88 muertos del 16 de diciembre de 1958, estemos condenados a hacer duelo por otro maldito múltiplo de la fatídica cifra, con  8.800 u 88.000 bogotanos. Que alguien por allá en alguna parte del universo o del firmamento tenga piedad de nosotros. Y que alguien aquí en la tierra haga algo por sacarnos de esta pesadilla. Que así sea.    

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo

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