Las razones del dólar

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Difícil darle la razón a quienes se autoestimulan para convencerse de que el responsable de esta situación es un presidente que no alcanza a cumplir todavía tres meses de gobierno.

(Lea también: Diálogos Regionales Vinculantes)

Produce cierta conmiseración la lectura de la “oposición inteligente” cuando supone que interpreta con la debida sapiencia la escalada del precio del dólar, que afecta a prácticamente todas las economías del mundo. Su brillantez los lleva a la conclusión de que el euro, el yen, la libra esterlina y el yuan chino, para tomar solo las principales, estarían viéndose afectadas porque un representante de izquierda ocupa hoy la presidencia de Colombia. Aterra el argumento, no menos por lo falaz que por lo baladí.

Las verdaderas razones

Lejos de ser resultado del triunfo del Pacto Histórico, la subida del dólar es producto de un conjunto de factores enmarcados en la crisis económica mundial que, desde ya hace varios años, ha venido arrastrando el mundo, y más recientemente por los efectos de la pandemia del covid-19 y la guerra en Ucrania.

Millones de personas en situación de pobreza, concentración inusitada de la riqueza y efectos devastadores sobre los ecosistemas y las posibilidades de realización de la vida en todos los órdenes, y para todas las especies, llaman la atención sobre el modelo de desarrollo y el orden planetario vigente. Hambre, crisis agroalimentaria y un panorama incierto sobre la explotación, el mercado y el uso de los recursos energéticos amenazan el conjunto del aparato productivo mundial y mantienen en vilo el proyecto de sociedad imaginado por el llamado pensamiento ilustrado.

Casi al unísono con la pandemia, la invasión a Ucrania reconfirmó la fragilidad en la que nos encontramos, como parte que somos de un mundo globalizado. La parálisis o disminución de los ritmos de producción y las disrupciones en los sistemas de transporte, suministro y abastecimiento de bienes, al lado de la instrumentalización y el uso desproporcionado de las fuentes energéticas -el fondo verdadero de la guerra- es lo que está en la base de la alteración del mercado de divisas, de la que por su puesto Colombia no podría ser ajena. De esto no se enteran los cerebros panditos de los voceros de la “oposición inteligente”.    

Hoy su expresión más concreta es la respuesta que los EE. UU. están dando a su crisis económica interna y el impacto que tiene sobre el resto del mundo. Dos trimestres continuos de caída de su PIB, 0,4% en el primero y 0,2% en el segundo de 2022, que técnicamente se conoce como una recesión, y una tasa de inflación que llega al 8,2% anual a finales de septiembre de 2022, lo han llevado a reaccionar con una serie de medidas con las que hábilmente logra que los platos rotos de la crisis no sean los de su vajilla.

La subida de las tasas de interés como medida para contener la inflación por parte del Banco de la Reserva Federal -FED- de los EE. UU., hacen que su divisa se convierta en un bien más atractivo respecto a las demás monedas del mundo, lo que pone por encima su precio. Es ello lo que explica que, además del peso colombiano, monedas como el euro se haya devaluado el 15% frente al dólar, la libra esterlina el 20 %, el yen igualmente un 20% y 11,38% el yuan chino, entre enero y septiembre de 2022.

Mandemos nuestro dinero para los EE. UU. deciden los inversionistas, convirtamos todo a dólares o compremos bonos del tesoro, que con tasas de interés tan elevadas resultan ser el mejor negocio. Esa es la realidad del mercado, así lo explica el abecé de la oferta y la demanda: cuando un bien se hace escaso su precio se eleva. Es elemental, para principiantes. Es lo que está ocurriendo con la divisa verde que, al migrar hacia su propia casa, se escasea en los demás países y su precio se eleva: se revalúa, mientras, consecuencia obvia, las demás divisas bajan de precio: se devalúan. 

De cara a la cada vez mayor incertidumbre mundial, el tamaño y mayor estabilidad que, de todas maneras, revisten la economía de los EE. UU. contribuyen a que se vea como un país más rentable y sobre todo más seguro para los inversionistas. No es un dato menor, pues la guerra en Ucrania ha afectado menos su economía que la de Europa y Asia, especialmente en lo que a la crisis energética se refiere, debido a la alta dependencia por parte de estos últimos, del petróleo, el gas y el carbón de Rusia, que en esta coyuntura tiene la sartén por el mango.

Difícil darle la razón a quienes se autoestimulan para convencerse de que el responsable de esta situación es un presidente que no alcanza a cumplir todavía tres meses de gobierno.

(Texto relacionado: Petro en la ONU)

Los Impactos

La elevación de las tasas de interés ha sido la formula asumida por los bancos centrales como alternativa para contener la inflación y/o para paliar la salida de divisas que se produce desde sus países, por efecto de medidas como las que se vienen tomando por parte de los EE. UU.   

Lo que ocurre es que el efecto termina siendo letal. Subir tasas de interés equivale a encarecer el dinero; hace que empresarios y consumidores se abstengan de acudir al crédito, contrae la demanda, desestimula la inversión y lleva finalmente a la caída del producto y del empleo. Un círculo vicioso en el que el remedio resulta peor que la enfermedad, pues lo que se aprecia es que las medidas de contención de la inflación han sido poco efectivas y, en cambio, sí están afectando la actividad productiva.

En Colombia, la inflación ha venido en ascenso continuo desde marzo de 2021, cuando cerró en 1,51%, y llegó a 11,44% en septiembre de 2022, a pesar de que la tasa de interés haya subido en el último año (septiembre de 2021 a septiembre de 2022) 8,25 puntos porcentuales, al pasar de 1,75 a 10. La devaluación, por su parte, subió el 31,1% durante el cuatrienio de Iván Duque, al pasar de $3027,39 en agosto de 2018 a $4.400,16 en agosto de 2022, tendencia que se ha mantenido y alcanza un crecimiento de 19,82%, entre septiembre de 2021 y septiembre de 2022, de acuerdo con el Banco de la República.

Tasas de interés, inflación y devaluación elevadas son un coctel tóxico para cualquier economía. Más para países como Colombia que tienen una alta dependencia del consumo de bienes e insumos importados, resultado de un modelo de desarrollo en donde el capital financiero y las industrias extractivas se sobrepusieron a los sectores agrícola, industrial y agroindustrial, que casi acabaron con el aparato productivo nacional y son responsables de que el país tenga hoy una muy débil y poco diversificada canasta exportadora. En el contexto de la actual crisis mundial, esto último sí que nos está pasando factura.

Aparte del impacto inflacionario, la revaluación del dólar y la elevación de las tasas de interés aumenta el valor del servicio de la deuda externa, tanto por los mayores costos de amortización como de los intereses, lo que afecta además la capacidad fiscal de los países. En Colombia, Duque llevó la deuda del 39,6% del PIB, al cierre de 2018, al 50,7% en el segundo trimestre de 2022. Paralelamente dejó un déficit fiscal de cerca del 7% del PIB, uno de los más altos en los últimos años; un déficit en cuenta corriente que llega a 5,9% del PIB al cierre del primer semestre de 2022, una tasa de pobreza monetaria del 39,3% y un desempleo cercano al 11%.

Con unas finanzas públicas debilitadas y unos indicadores tan poco alentadores, se hace más difícil que el Estado cumpla sus obligaciones en materia de inversión y gasto social. Un mayor deterioro de la imagen del país está a la orden del día en el escenario internacional, por la lectura que hagan tanto las calificadoras, como los inversionistas y las entidades prestamistas; lo que se conoce como el riesgo país.

¿Cuáles son las Perspectivas?

Las perspectivas para el año 2023 no son las mejores. Las probabilidades de una recesión mundial son cada vez más cercanas. La continuidad de la guerra en Ucrania, su impacto sobre los precios de los combustibles y la desaceleración de las economías de Europa y China y sus efectos sobre el resto del mundo seguirán siendo un hecho, más cuando todavía se sigue cabalgando sobre los efectos de la pandemia.   

Lo más seguro es que EE. UU. mantenga su política de tasas de interés al alza, con los impactos ya anotados sobre los demás países. La confirmación de una recesión de su economía sería especialmente gravosa para América Latina, por la elevada dependencia de sus países, bien como proveedores o bien como compradores de sus bienes y servicios.

Teniendo en cuenta que las medidas de control monetario no están siendo efectivas, los rectores de la política económica deberían repasar sus manuales. La alta dependencia de los ingresos por la venta de hidrocarburos debe ser revisada, el país requiere diversificar su oferta de bienes y servicios y contar, no solo con mayor capacidad de autoabastecimiento, sino con nuevas fuentes de divisas. Es imperativo el avance hacia nuevas alternativas de provisión de energía, menos lesivas con el medio ambiente, y ojalá al margen de las posiciones dominantes de las grandes potencias, que se sirven de ellas para auspiciar o sostener las guerras.

Al Gobierno de Gustavo Petro le corresponde tener todas las precauciones en un escenario tan desfavorable. Reversar las consecuencias de un modelo de desarrollo que acumula falencias erigidas durante décadas, sobre todo en materia de justicia social, ambiental y económica, pilares de su propuesta de gobierno, al lado de la consolidación de la paz, no va a ser fácil. La oposición “inteligente” sueña con que esas aspiraciones sean su fracaso, el país sensato y que ha padecido los desaciertos de tal inteligencia deberá insistir en la necesidad del cambio.

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*Orlando Ortiz Medina, economista de la Universidad Nacional y magíster en estudios políticos de la Universidad Javeriana. @OrlandoOrtizMe4

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