América Latina arde y sus calles se ven abarrotadas de inconformismo y frustración. Los ríos de gente dispuesta a cambiar la historia de sus países rebasan en número e ímpetu a quienes se empeñan en seguir defendiendo las hegemonías partidistas y las políticas nefastas que permiten que las economías de los países crezcan en porcentajes aceptables, pero que los beneficios de estos crecimientos tan solo lleguen a los sectores más favorecidos de la población, traduciéndose en pobreza, miseria, desigualdad.

Pero esta historia de desdén y olvido de América Latina no es nueva y el saqueo material al que se ha visto sometida se remonta desde los principios de la vida republicana de cada uno de los países, cabalgando los siglos XIX y la primera mitad del siglo XX con el lastre ominoso y despreciable de la sumisión.

Fue tan sólo hasta la segunda mitad del siglo XX con el movimiento literario denominado El Boom Latinoamericano en el que el mundo descubrió realmente a las tierras olvidadas y menospreciadas del  centro y sur de las Américas, avasalladas desde siempre por los grandes colonizadores europeos y posteriormente subyugadas por el poderío intimidante de los Estados Unidos de América.

Fueron las letras profundas de Borges y las líneas sobrecogedoras de Cortázar, el realismo mágico de García Márquez y los textos cargados de política de Vargas Llosa, los versos melancólicos de Mario Benedetti, las formas literarias indescifrables de Carlos Fuentes y las siempre reflexivas sentencias de Eduardo Galeano, de quien tomo prestado el título para estas líneas, las encargadas de dar a conocer al mundo el secreto mejor guardado de este lado del océano.

Durante décadas convertidas en siglos, se le entregó al mundo la idea de que América Latina era un territorio bastardo incapaz de poseer el carácter necesario para adoptar su propia autodeterminación, condenándola a vivir un modelo de colonización severo y disimulado detrás de las máscaras de unas falsas democracias, siendo realmente gobernado este territorio por la dictadura del primer mundo y de las grandes corporaciones económicas y financieras.

América Latina fue convertida en el patio trasero de las grandes potencias, ocultando al mundo su verdadera riqueza tanto material como humana, despreciando toda una historia llena de multiculturalidad y tirando por la borda todo el potencial con que estas tierras aportarían sustancialmente al desarrollo, no solamente de sí mismas, sino también contribuirían a ese impulso global pretendido por los países del primer mundo. Latinoamérica no tardó demasiado en convertirse en ese lugar en el que robar y matar dejó de ser un delito y en el que el hambre se convirtió en paisaje. Las mujeres y las minorías étnicas y raciales han tardado décadas en encontrar su lugar en la sociedad y los jóvenes aun no logran apoderarse de su propio destino. Los comercios aún están dominados por las grandes transnacionales y cada vez los pequeños y medianos empresarios locales sucumben ante el poderío de las grandes corporaciones y las políticas neoliberales de los gobiernos de turno, cuyos representantes siempre son los mismos con diferente máscara.

Hoy, doscientos años después de las guerras sangrientas de esa independencia mentirosa, América Latina lanza un nuevo intento, un nuevo grito solemne por emanciparse del yugo del cual nunca pudo liberarse. Hace dos siglos, las Américas lograron desprenderse del látigo inclemente del esclavista medieval pero jamás lograron emanciparse de sus verdaderos verdugos como son la pobreza, la exclusión, la desigualdad y la desesperanza.

Hastiados del oprobioso régimen de las minorías más privilegiadas y apabullados por el precario destino al que ha sido condenado por la mezquina realidad de la desigualdad, los pueblos latinoamericanos hoy salen a las calles en busca de su dignidad perdida. Tal como el filósofo griego Diógenes de Sinope buscaba con ironía, con su lámpara encendida a plena luz del día a los hombres honestos que jamás habría de encontrar, hoy los pueblos del sur del continente salen a las calles a dar una demostración de dignidad y se levantan en contra, no de sus gobiernos ni de sus presidentes, ni tampoco en contra de la civilidad y el orden, sino en contra de toda una larga y continua historia de agravios y humillaciones. Una historia plagada de injusticias y necesidades básicas nunca satisfechas y un constante y descomunal saqueo de los recursos naturales.

Mal esperaba ese establecimiento perverso y arrogante que los pueblos mantuvieran su sumisión ante sus desmanes y que sus cabezas gachas permanecieran por siempre. Hoy los pueblos se han empoderado por la misma globalización traída con el auge de las redes sociales, en las que cada ciudadano cuenta como una voz que se alza en el bullicio ensordecedor del inconformismo y su grito colectivo llega para darle un nuevo aire de esperanza y resplandor a una tierra que siente en su despertar la posibilidad de un nuevo amanecer.

Nos quedamos con las imágenes grabadas en la mente de los jóvenes y otros no tan jóvenes que salen a las calles a exigir lo que desde siempre les ha sido negado. Y nos quedan también las imágenes de los políticos y caudillos arrogantes y déspotas, arrinconados por el poder del pueblo al que siempre han sometido.

¿Hasta dónde llegará esta ola de manifestaciones movidas por el inconformismo de los pueblos? Es muy pronto para saberlo. Pero lo que sí podemos avizorar es que esta época quedará marcada en la historia como el tiempo en el que un continente entero se armó del valor que nunca antes tuvo para encarar a sus propios verdugos.

David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, @MauroPerez82

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