La trivialización del respeto en el Concejo de Bogotá

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Andrés Sástoque denuncia lo que denomina “el tufillo innegable a ‘usted no sabe quién soy yo’” de algunos concejales.

La oposición declarada a la Alcaldía Mayor de Bogotá en el Concejo de la ciudad parece haber conformado un bloque monolítico que habla a una voz en cualquier intervención que se realiza. Sin embargo, esto quizá solo resulte evidente para los mismos concejales y para algún ciudadano o ciudadana que vea las transmisiones maratónicas de seis, ocho, diez y hasta doce horas de sesión continua en el cabildo distrital. ¿Por qué? Porque en buena medida escuchar la intervención individual de cada concejal del Partido de Uribe, de Cambio Radical – o incluso de Lucía Bastidas – parece ser un déjà vu constante que a muchos solo les genera sopor, a nadie genuino interés, y en el que la palabra clave, que parece ya haber perdido todo sentido tras la eterna repetición, es “respeto”.

Da la impresión de que no hay intervención en la que los concejales de la oposición no empiecen ni terminen pidiendo “respeto” por ellos y por el Concejo. Al igual que Catón el Viejo, que terminaba cada intervención con la locución Carthago delenda est, pidiendo la destrucción del mayor rival de la República, el Imperio Cartaginés, asimismo los concejales en oposición a la administración han trivializado cualquier acción de cualquier funcionario como un acto de “irrespeto”. Salir del recinto a tomar algún alimento, aún siguiendo los debates en dispositivos móviles es, sin duda, una falta de respeto; hacer uso de mecanismos virtuales para asistir a las sesiones, incluso en medio de una pandemia global, es una falta de respeto; mencionar de pasada una política nacional de gran impacto para todos los colombianos, la peor falta de respeto.

Esta última, en particular, puede ser muestra de una de las más graves formas de trivialización por parte del concejal del Centro Democrático, Jorge Colmenares, de la noción de “irrespeto” que ha cundido entre los cabildantes de oposición. Y fue ante una sola frase del Secretario de Gobierno, en la que dijo, y citó:

“Un componente muy importante es el que viene ahora […] es la reactivación económica, pero no solo la reactivación económica de Avianca, sino la reactivación económica del tejido productivo local”.

Eso fue todo. No hubo mayor énfasis en el tema de la aerolínea, ninguna mención adicional al Gobierno nacional ni a su visión económica en relación con la reactivación. Para Colmenares, por el contrario, éste fue un pecado venial. ¿Cómo se atreve este funcionario a mencionar, así sea en una frase, una de las más polémicas decisiones de asignación de recursos del gobierno Duque? Ése era, naturalmente, un irrespeto mayor que tenía que salir a la luz:

“Presidente, para solicitarle muy respetuosamente al Secretario que no tiene que irse con comentarios fuera de contexto como ‘una reactivación económica como la de Avianca’ [sic], no tiene nada que ver con el debate, yo sé su posición, yo la leí en el trino cuando usted la planteó, pero acá nos estamos centrando en Bogotá, en el Distrito, y las necesidades de reactivación económica de la ciudad, entonces en ese sentido sí un poco de respeto y mesura con los comentarios que está haciendo”.

Como se advierte en su tono, para el cabildante cualquier referencia a un tema delicado, para el Gobierno y su partido, es un irrespeto que merece “mesura”. Y, en este pequeñísimo gesto de Colmenares, se advierte el tipo de oposición que realizan. Más que seria, responsable y con altura, la oposición es caricaturesca y casi infantil. “No hables de eso porque es una falta de respeto”. ¿De qué cosa no se debe hablar? De política. ¿En dónde? En un recinto político, por parte de un funcionario público que representa a una administración, en medio de un debate de control político. Irrespeto, irrespeto, irrespeto.

Sin embargo, esta solicitud de respeto continua, constante, exasperante hasta para ellos mismos, va acompañada de vez en cuando con ciertas actitudes con un tufillo innegable a “usted no sabe quién soy yo”. Así, en la sesión plenaria del primero de septiembre, Jorge Colmenares sacó a relucir algo que para muchos resultó en una nueva iteración de esa desagradable práctica de arribismo social – y político, en este caso – :

“Y, por último, nosotros, los cuarenta y cinco que estamos asistiendo aquí, o que somos concejales de Bogotá, nos eligieron popularmente, luchamos todos los días en las calles para lograr conseguir los votos… a usted simplemente lo nombraron, la alcaldesa, por eso no se puede igualar a los concejales”.

No se puede igualar a los concejales. No se iguale a mí. Usted que es un nombrado, conmigo, que soy un electo. Desafortunada elección de palabras para un pregonero recurrente del “respeto”.

Finalmente, la repetición hasta la trivialización puede irse contra los mismos concejales del Centro Democrático y de Cambio Radical. Al igual que en el cuento de Juanito y el lobo, llamar irrespeto de forma inane a cualquier actitud o expresión de su contraparte puede hacer que, en el hipotético caso en que su nombre, su curul o el mismo recinto en el que sesionan se vean vulnerados por esta o por cualquier otra administración, ni la prensa ni los ciudadanos quizá sepan ya distinguir la verdad de la retórica. Bogotá necesita una oposición menos lastimera, más digna y con debates a la altura. No irrespeten nuestra inteligencia.

*Andrés Sastoque, profesional en Estudios Literarios, expresidente de la Sociedad de Debate de la Universidad Nacional, bicampeón internacional de debate en Viña del Mar, Chile (2014, 2016).

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