Libertad a lxs compas de la Primera Línea

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Sé que hay mucha gente que no gusta de la capucha, que no gusta de los bloqueos ni de la primera línea. No tengo problema con ello; solo pongo en la mesa algo muy simple: ¿qué clase de Estado es uno que asesina y encarcela a una persona sólo por cubrir su cara?

“Bajo un gobierno que encarcela injustamente, el verdadero lugar para una persona justa [y digna] es también la prisión.”

Thoreau, Sobre la desobediencia civil

(Lea también: Gaitán, Petro y el año 1946)

Escribir este tipo de columnas siempre me es muy difícil…

¿Qué pasó con toda la gente que apoyaba al paro? ¿Acaso ya cambió el país y no vale la pena manifestarse? ¿Acaso el gobierno nos logró meter miedo? ¿Qué pasa? ¿Qué nos pasa?, ¿Qué me pasa? La sola detención de compañeras y compañeros, bajo el pretexto de haber pertenecido a las primeras líneas, es razón suficiente para volver a las calles. Sólo esa razón basta. ¿Qué esperamos? ¿A que lleguen por nosotras y nosotros? Ahora, obviamente ésta no es la única razón para protestar, pues asesinatos a líderes y lideresas sociales continúan, así como las masacres, así como la corrupción. Y no sólo no ha habido ninguna justicia frente a los policías que cometieron abusos en el marco del paro – asesinatos, mutilaciones, agresiones sexuales – sino que, ¡además! a algunos de estos policías señalados les han dado condecoraciones.

El mensaje es claro. El Estado nos dice: nos importa la gente del Estado que mata, que viola, que mutila o desaparece… nos importa, porque ellos nos mantienen en el poder y por ello los consideramos héroes. Y la gente que se nos opone también nos importa: nos importa señalarla, meterle miedo, darle castigos ejemplares para que no haya otra gente que siga su ejemplo… nos importa asesinarla también. Hoy tocaron a diez compas, pero esas diez personas nos representan a toda la multitud indignada, porque son ellas las que pagan en su cuerpo el castigo aleccionador para las otras personas. En este injusto encarcelamiento, el Estado nos dice: ¿sí ven lo que le pasa a esta gente por luchar contra lo que no se debe luchar?

Hablo conscientemente de Estado y no de Gobierno, porque la jueza que mandó a la cárcel a 10 personas dignas no necesita recibir órdenes de Uribe o Duque, sino que sigue un engranaje burocrático que, en sí mismo, es perverso. Ella ni siquiera tiene que pensar en sus actos, analizarlos o aplicar conscientemente una decisión que sabe es injusta; ella opera de manera inconsciente, haciendo un trabajo que para ella es “natural”. Para esa señora, dañar vidas es lo normal, acallar a la protesta legítima es lo que “se tiene que hacer” y para ello no necesita órdenes explícitas. Buena parte de la población en Colombia tiene un odio inconsciente e irracional ante toda persona que proteste y ello no sólo se manifiesta en el sicario que dispara contra una protesta, o en la jueza que llena cárceles con presos políticos. Esta actitud tiene como principal y más peligroso síntoma la indiferencia. La persona que pasa la noticia de los presos políticos en Colombia como una noticia más, que se sonríe cuando un policía golpea a una mujer, que justifica calladamente el orden actual, aún cuando ni siquiera haya votado por Duque.

Esta terrible actitud, esta corrosiva indiferencia, no sólo aplica a los llamados “tibios”, también aplica a las personas que salimos a marchar. En Colombia, queramos o no reconocerlo, somos un pueblo profundamente conservador y miedoso. A diferencia de Chile, que mantuvo una lucha continua aún en navidades y que, día tras día, pedía justicia por los presos políticos, en Colombia nos cansamos fácil. Marchamos un día, otro no, y al día siguiente ya no nos importa nada referente al paro. No pensamos en términos de país o comunidad, sino que vivimos de algunos despertares fugaces, de reacciones momentáneas y, luego, seguimos igual. ¡Tenemos que romper con esa actitud!

La continuidad en la lucha, el seguir constante, difícil, trabajoso pero eficaz, es el único camino que conocen los cambios sociales reales. Acá nos parece normal que en el proceso por el asesinato del compañero Nicolás Neira (1 de mayo del 2005) hayan tenido que pasar 16 años para evidenciar algo de justicia – ¡16 años! – y sólo hayan pasado pocos meses, ¡meses!, después de las protestas, para que una jueza mande a la cárcel a 10 personas por protestar. Protestar… no matar a alguien bajo la impunidad del uniforme de policía; no, por protestar. Ahora, tengan en cuenta que hablo del caso de Nicolás Neira, por no entrar en los detalles de todos los asesinatos y masacres y torturas y desplazamientos que siguen en la impunidad, con sus autores desfilando descaradamente en el Congreso.

Es necesario que las calles vuelvan a desbordarse, no sólo exigiendo el cumplimiento de las promesas incumplidas, no sólo protestando contra muertes y hambres, sino en solidaridad y compañía con nuestras compañeras y nuestros compañeros que, injustamente, han sido enviados a la cárcel. Debemos exigir su inmediata libertad. Ahora, no pensemos que entrar en la cárcel por motivos políticos es un tema reciente en Colombia. El uribismo ama hablar de los presos políticos en Venezuela, mientras ordena que en Colombia asesinen y encarcelen a las personas que pensamos diferente, a las personas que creemos, como decía Jaime Garzón, que este país tiene salvación.

Analicemos brevemente el discurso de la jueza. Además de que usa un desagradable tono paternalista – en últimas, casi dice: “les hago un favor enviándolos a la cárcel, hijitos míos” -, es un discurso plagado de mentiras y falacias. En primer lugar, uno de sus argumentos para negar la casa por cárcel es que nuestrxs compañerxs pueden “reunirse en sus casas” con “otros miembros de la organización que no han sido judicializados.” ¡¿Qué?! O sea, ¿de cuándo acá reunirse con alguien es un delito? Por otro lado, las primeras líneas no eran una organización cerrada, donde cada persona tenía un carnet, sino un movimiento difuso. La jueza, entonces, demuestra un desconocimiento sobre el hecho sobre el cual juzga, lo cual es terrible. Cualquier persona que tuviese una capucha, o que estuviese grabando un video al lado de esta persona, puede ser acusada de ser parte de la “organización”, organización fantasmal, que nos recuerda a las acusaciones de los paramilitares que acusaban a cualquier persona de ser “guerrillero” por el hecho de vivir en una región donde había campamentos de la guerrilla. ¿La consecuencia? El Aro, El Salado, Mapiripán y más. Sigue la jueza diciendo que quiere evitar un “actuar sistemático y prolongado y con alta probabilidad de reincidencia”. ¿A qué actuar se refiere? porque esas actuaciones se dieron en el marco de las protestas y eran un acto de protesta; es decir, ¡claro que muchas personas vamos a continuar con ese actuar sistemático y prolongado! Sí, señora, vamos a reincidir en las protestas.

(Texto relacionado: Homenaje insuficiente a Esteban Mosquera)

Pero acá no termina la jueza, pues al final sale con esta perla: “los policías no son el Estado, sino hijos, hermanos, padres de alguien más, seres humanos. Somos una sociedad inviable porque pretendemos resolver los problemas apelando a la violencia y al delito.” Como era de esperar, Claudia López suscribió las declaraciones de jueza y dijo que los jóvenes encarcelados habían caído en un “error” inducidos por el “radicalismo”. En primer lugar, la policía sí es parte del Estado; un policía no actúa separadamente de su institución mientras viste el uniforme, pues él recibe un sueldo y una serie de beneficios por el trabajo que presta al Estado. “Que los policías son humanos”, señora, qué descubrimiento, pero le cuento que también hay humanos malos y cometen delitos y le digo algo más: la gente que usted mete a la cárcel son humanos también. La gran diferencia entre policía y manifestante es que el primero mata con impunidad y los segundos protestan contra esa injusticia. Ahora, la jueza reconoce que “somos una sociedad inviable”, pero lo lindo es que sus actos no cuestionan la sociedad, sino precisamente a las personas que la quieren cambiar. ¿Qué le pasa? Que manera tan indignante de justificar un acto violador de los derechos humanos, hablando como toda una “humanista”. Pero, ¿acaso la humanidad de la gente de la primera línea no importa? No, el concepto de humanidad para la jueza termina cuando termina el uniforme de policía.

Con todo ello la jueza muestra que su argumento principal es un argumento político. Un juez de la república no debe juzgar la humanidad de una persona en abstracto, sea quien sea, sino ver sus actos y su repercusión social, bajo cierto sistema legal (y en Colombia, aunque a la derecha le duela, protestar no es un delito). Su concepto de “humanidad” está constituido de manera tal que toma partido en una contienda política: los policías importan, porque ellos tienen una vida privada; la gente de la primera línea también tiene un hogar… pero ése puede ser usado para cosas ilegales. “Humanidad”, para la jueza, no es algo universal, sino que está constituido para proteger las actuaciones del Estado, aún cuando estas acciones sean ilegales. Y no podemos olvidar el problema de la clase social: ¿hubiese actuado la jueza con igual tranquilidad de haberse tratado de estudiantes de los Andes? ¿Si los capturados tuviesen apellidos lindos – digamos Samper, Gaviria, López – hubiese sido la misma decisión? Claro que no. La jueza actúa porque sabe que son personas de las clases populares; sabe que los medios de comunicación respaldan su posición.

La policía mata y la “justicia” encarcela a quien se oponga. Esas sí son relaciones tóxicas.

El problema no es sólo la jueza, es también triste ver la reacción de buena parte de la izquierda. Y ¿cual es la reacción? Pues ninguna… el silencio, el pasar sin comentar esta injusticia contra la gente que protesta. Esto no solo habla de la cobardía de la izquierda, pues el problema no es ser o no ser cobardes; esto nos muestra que tanto el Estado como la izquierda en este país están basados en el autoritarismo y lo consideran normal. La izquierda no sabe qué es democracia y no sabe qué es una sociedad en paz. Por ello, normaliza actos abiertamente violadores de una libertad democrática básica: protestar.

Sé que hay mucha gente que no gusta de la capucha, que no gusta de los bloqueos ni de la primera línea. No tengo problema con ello, mi columna no busca ni convencer ni rebatir, solo poner en la mesa algo muy simple: ¿qué clase de Estado es uno que asesina y encarcela a una persona sólo por cubrir su cara? Hablamos de democracia y nos decimos un país democrático, pero ningún país de democracias llamadas “fuertes”, digamos Inglaterra o Alemania, asesina a una persona por cubrir su cara o por bloquear una vía. El gesto antidemocrático no viene de la juventud que bloquea una vía, sino de la desproporción del Estado contra el bloqueo. No importa si no nos gusta la gente con capucha o la gente que bloquea: ése no es el problema. El problema es que en ningún caso podemos apoyar con nuestro silencio una acción injusta operada desde el Estado contra la gente que decide protestar. Esta protesta no es una protesta que mata o asesina o secuestra. ¡Ningún miembro de las primeras líneas asesinó a nadie! ¡Nadie en la primera línea se robó 70 mil millones de pesos de los impuestos de la gente humilde!

Ahora, ni siquiera está probado que lxs compas encarceladas hayan pertenecido a la primera línea en términos de confrontación con la policía, pues las primeras líneas son un todo complejo, que implicaba atención médica, medios de comunicación, alimentación. Aún en la confrontación contra la policía, no debería haber ningún delito, pues no es ilegal defenderse de una violencia desproporcionada como la del Esmad.

A veces parece que, en Colombia, si uno quiere cometer un crimen, tiene que hacerlo a lo grande: roba una manzana y te vas a la cárcel, pero, si cargas con la responsabilidad de la masacre de El Aro, te harán presidente. Tira una piedra y te vas a la cárcel, pero descuartiza con motosierras, corta cabezas y tira los cadáveres al río y seguro tendrás toda la confianza del Estado.

¿Qué mensaje nos da una jueza que no es más sino una fiel tuerca de un sistema completo de explotación y sangre llamado República de Colombia)? ¡No nos disuade de la protesta! ¡No nos disuade de la capucha (que no es ilegal)! Es que aquí nos han vendido el cuento peligroso y siniestro que matar a niños con bombas, que robar tierra y masacrar campesinos, que violar mujeres está bien y que, si uno hace eso, fijo será condecorado; pero si uno tira una piedra contra un Estado sanguinario, entonces la cárcel es lo que merece… Lógica macabra que tenemos que acabar y acabar no solo en las urnas. Esto se acaba desde la lucha popular continua, decidida, que comprenda que debemos cambiar no un gobierno, que debemos apuntar no a que fulanito llegue a la Casa de Nariño, sino que el todo de las relaciones económicas, sociales, de género sean subvertidas radicalmente.

(Le puede interesar: Alejandro Gaviria: de cara a los Andes, de espaldas al país)

¡Libertad a las y los compas encarcelados de manera injusta! Solidaridad profunda con sus amistades y familias. Un abrazo desde la distancia que llegue hasta las celdas.

Su encarcelamiento no es ninguna condena a su ética, ninguna mancha en su vida, sino una muestra de la cobardía del Estado contra el cual justamente nos enfrentamos y nos seguiremos enfrentando.

*Nicolás Martínez Bejarano, filósofo de la Universidad Nacional y estudiante de la maestría en historia del arte. Investigador sobre filosofía medieval y estudios visuales. @NicolasMarB

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