A propósito del debate sobre la legítima defensa, publicamos una reflexión sobre la figura del héroe justiciero en Colombia

Foto. Periódico Cereté Hoy. Feb.05.2020

El pasado 31 de enero, a las 10:30 de la noche, un médico mató a tres presuntos ladrones en un puente peatonal del norte de Bogotá. Según versiones de la prensa, los ladrones intentaron robarlo y aparentemente secuestrarlo. El médico con algunas heridas de arma blanca, se entregó posteriormente a la Fiscalía y presentó su salvoconducto de porte de armas.

Este hecho ha causado una gran controversia y una increíble cobertura mediática, mientras se esperan los resultados de la acción judicial correspondiente. En las redes sociales está abierta la polémica sobre si el médico actuó en legítima defensa o si, por el contrario, se convirtió en un criminal tras el asesinato de los tres ladrones.

Nos interesa mirar más allá del caso del médico y detenernos en los repetidos casos de “justicia por mano propia” que se presentan en la ciudad y en el país entero, por lo general, como consecuencia de un robo o un atraco, seguido por el linchamiento por parte de la comunidad a los delincuentes.

El linchamiento -a diferencia del caso del médico que actuó solo enfrentándose a tres personas que lo atacaron- es protagonizado por un grupo, en general cuando un ladrón es descubierto y la comunidad decide atacarlo por falta de presencia policial. Según Wikipedia, “los linchamientos obedecen a diversas razones que pueden estar motivadas por cuestiones ideológicas, raciales, religiosas o políticas. También es común que simplemente responda a una necesidad de la comunidad de hacer justicia por sus propias manos, sobre todo cuando los cuerpos policiales son ineficaces”.

Esto, traducido a la esfera de la legitimidad del Estado, representada en este caso en la policía, manifiesta claramente la falta de confianza en las instituciones o, por decirlo de manera más dramática, el sentimiento de desamparo institucional que vive la ciudadanía. Se acude así a la justicia por mano propia pues es la manera más eficaz de defenderse y de protegerse. Esto explicaría los preceptos fundamentales sobre los cuales se han creado los grupos de autodefensa barriales y, por supuesto a escala macro, el paramilitarismo que revive como pesadilla en las regiones de Colombia.

…De héroes y mártires

Para recrear históricamente este fenómeno quisiera retomar el por muchos llamado  acontecimiento fundador de la Violencia en Colombia, El Bogotazo, tras el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, quizás el punto de inflexión en los ciclos de violencia con más impacto en Colombia.

La multitud recorre la Carrera Séptima hacia el Palacio de Nariño arrastrando el cuerpo masacrado de Juan Roa Sierra, el asesino desconocido y de aspecto insignificante. A partir de ese momento la calle se convierte en el escenario de locura y embriaguez, el lugar del desconcierto en donde no importa el rumbo. Foto: Archivo Biblioteca Luis Angel Arango.

El Bogotazo y el linchamiento del asesino Juan Roa Sierra, muestra de manera contundente la ira colectiva y el intento de hacer justicia por mano propia a falta de un Estado protector. Tras la muerte del líder, quizás el último líder político en aglutinar a las multitudes, queda solo el vacío de representación y la necesidad de actuar por su propia cuenta.

Esta falta de unidad social y política, propias de la sociedad colombiana,  se refleja a su vez en la fragmentación de un Estado que hace presencia esporádicamente, donde emerge la figura del héroe justiciero que reemplaza este vacío. O bien de un Estado fragmentado, coaptado por el clientelismo a través de redes de notables, en donde surge “la idea de armar a los grandes terratenientes y ganaderos —y de hacerlo a través de un político astuto, que así obtiene apoyos sociales y territoriales anclados en el acceso al uso privado de grandes medios de violencia— es una idea paramilitar; de hecho, es LA idea paramilitar. Así comenzó todo. Una banda se armaba aquí, otra allá, y a través de redes de notables, terratenientes e intermediarios”. (ver, Gutiérrez Sanín. El Espectador. 01.02.2019).

La historia de Colombia está llena así de estos personajes clandestinos, caciques y bandoleros que protagonizaron los comienzos de la época de la Violencia, el nacimiento de las guerrillas (ver, Sanchez, Meertens “Bandoleros, Gamonales y campesinos, 1983) y por consecuencia de los paramilitares, definiendo identidades regionales, hasta llegar a convertirse en modelos de la sociedad. Héroes justicieros, especies de Robin Hoods que intentan ayudar a los pobres, darles seguridad y protejerlos de las injusticias, para ganarse su favor, siendo a lo largo de décadas, quienes llenan episódicamente los vacíos de la representación institucional.

A falta de una narración colectiva y continua sobre la historia del país, hay una confluencia de memorias individuales y fragmentadas exacerbadas por los medios y las redes sociales. Volvemos finalmente de nuevo al cubrimiento de los medios frente al caso del médico, que explotan la figura del héroe justiciero, exacerbando este tipo de conductas, acudiendo a un periodismo amarillista y obviando un análisis serio de las implicaciones de este fenómeno en la forma de concebir la justicia y el papel del Estado frente a las necesidades de la ciudadanía.

* Pilar Mendoza, PhD y magister en sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Periodista e investigadora especializada en temas de paz, conflicto y memoria y en fenómenos sociales urbanos como la economía informal y el desplazamiento forzado. Directora del festival de cine latinoamericano en el Filmmuseum de Frankfurt. Consultora internacional. 

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