Lo que fue presente (Diarios 1985 – 2006)

Héctor Abad Faciolince

Alfaguara

610 páginas

El 25 de septiembre de 2019, en su columna semanal en El Espectador, el escritor y columnista Héctor Abad Faciolince publicó una columna anunciando su próximo libro. No iba a ser una novela, contó, ni un poemario; tampoco un libro de viajes como el que hizo sobre El Cairo. No. Iba a ser un diario. Su diario íntimo.

Pues ese libro nuevo acaba de ser publicado con un título bellísimo, prestado de un verso de Quevedo: “Lo que fue presente”. Es un texto gordo, de más de 600 páginas, pero es que sería muy difícil que ocupara menos espacio un testimonio de vida que abarca veintiún años, es decir, desde 1985 hasta 2006.

Tanto en el prólogo, como en la columna que les comenté, Abad parece sentir la necesidad de explicar por qué decidió publicar un diario que, cuando es honesto como éste, generalmente se reserva. Pocos son tan valientes como para exponer un testimonio íntimo ante ojos extraños, que son los más duros porque en ellos no hay empatía sino morbo. Un diario es empelotarse sin Photoshop y mostrar las partes pudendas. No en vano los adolescentes compran cuadernos con candaditos para esos fines o inventan -como yo- unos garabatos ilegibles para que nadie los profane.

“¿Por qué -se preguntó Héctor Abad- expongo partes de mi vida de las que no estoy nada orgulloso y que más bien me parecen feas, tristes e incluso sórdidas? No lo sé bien, pero creo que fue una especie de sustituto de novela que me inventé tras el fracaso de una novela”. Y es que, también cuenta el autor – y así nos va satisfaciendo el morbo-, sus últimos dos intentos de novelas fueron un fracaso.

Si uno pudiese hablar de culpas por la publicación de este diario, es decir, por someterlo a la profanación pública, además de Abad, el otro responsable sería el editor Gabriel Iriarte, quien encontró en este cofre de intimidades una cantidad de gemas que merecían ser publicadas. La llave funcionó en este caso, pues para un editor las publicaciones son su negocio, pero para un escritor son una necesidad vital. Esos autores que un día deciden no publicar más tienen que pagar un precio muy alto: será por eso que en muchos casos se vuelven hoscos y ermitaños, como defendiéndose del espejo que encuentran en la mirada de los demás, en donde se refleja la insatisfacción de lo que necesita ser dicho y se calla.

Pero sigamos con las confesiones de Héctor Abad: cuenta que empezó a escribir el diario hace 27 años en Italia, cuando su primera esposa estaba embarazada y él, acusando complejos de culpa, la amaba mientras deseaba a otras mujeres. Las alusiones sexuales en el diario son permanentes, pero no las únicas. Habla de sus hijos, de su familia, amigos, de los procesos de escritura y sus luchas a muerte con las páginas en blanco, del cine, de sus obsesiones personales y, por supuesto, del asesinato de su padre; precisamente, la última anotación en su diario, antes del crimen, es de siete días previos a ese 20 de agosto de 1987, y la siguiente aparece sólo hasta el 4 de octubre. Me conmovió ese silencio, más elocuente que cualquier cosa que pudiese haber dicho.  

Debe ser muy difícil, después de publicar un diario íntimo, enfrentar a quienes se mencionó en él y pudieron quedar heridos por ventilar secretos. Igualmente, difícil explicar a aquellos que no están el motivo de su omisión. Las lecturas de un par de libros de Jaime Baily me han hecho preguntar por el carácter de un autor que expone de esa manera a sus seres cercanos. Lo menciono porque tanto en el peruano como en el colombiano he encontrado cierta mea culpa: Héctor Abad en el prólogo de estos diarios y Baily en el mismo título que le dio a una de sus novelas más confesionales: ‘El canalla sentimental’.

* Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave

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