Longanimidad en el dolor y acuerdo sobre ética en campaña electoral

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Sacado de ESAN

Si nos queda algo de respeto por el elector, por el ciudadano, y por el contrincante, debía producirse un acuerdo entre las organizaciones políticas y entre los candidatos para evitar las acusaciones sin pruebas y las condenas sin fallos.        

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La purga del dolor y la resiliencia ante la adversidad

Tomás Eloy Martínez, en su interesante exploración sobre la muerte a través de un diálogo entre la literatura y el periodismo con quince personalidades en las vísperas de sus decesos, nos pone en contacto con la suerte suprema como raramente sucede en las artes en general. Su obra “Lugar Común la Muerte” contiene relatos, entrevistas y confesiones que ocurren en los últimos minutos, con la suerte echada, en instantes de gran soledad e intimidad. 

Finalizando el libro, en su primera reimpresión de 1998, en su Addenda a Los sobrevivientes de la bomba atómica” bajo el título “Argumentos de la vida y de la muerte”, Tomás Eloy incluye un fragmento del Bhagavad – Gita que recitó J. Robert Oppenheimer el 16 de julio de 1945 a las 5:30 de la mañana, cuando la primera bomba atómica fue probada en Alamogordo, Nuevo México:

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El Todopoderoso abrió las puertas del cielo y la luz de mil soles cantó en coro: Yo soy la Muerte, el fin de todos los tiempos.

Oppenheimer fue un físico estadounidense que encontró particular cercanía entre ciencia y poesía. Su profesor, Paul Dirac, inquieto ante la afición poética de su discípulo, le preguntó acerca de cómo le podía gustar a un científico la poesía. Oppenheimer sin rubor le respondió que poesía y ciencia son la misma cosa puesta al revés: mientras el científico ha de manejar con palabras conceptos enigmáticos, ideas que nadie entiende para conseguir que todo el mundo las comprenda, el poeta ha de manejar conceptos que todo el mundo entiende con palabras enigmáticas. Vaya aserto ligero y denso a la vez.

El escritor español Montero Glez, a partir de la monstruosidad humana ocurrida en Hiroshima y de la cita del Gita a cargo de Oppenheimer, ha querido ir un poco más lejos al decir: “El horror y la destrucción violenta son conceptos que cualquier ser humano entiende; lo difícil es encontrar las palabras que resuelvan su enigma. Por eso, los mejores poetas son los que consiguen descifrar lo más profundo del misterio que se esconde en el alma humana cuando ésta sufre… un ejemplo de buen poeta fue T. Sankichi sobreviviente a la explosión… un joven que ofreció al mundo sus poemas conocidos como Gembaku shishu”. En el monumento exaltando su memoria en el Parque Memorial de Paz de Hiroshima, los versos estallan: “Devuélveme a mi padre, devuelve a mi madre. Devuélveme al abuelo. Devuélveme la abuela, devuélveme a mis hijos e hijas…”.

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Robert Oppenheimer se arrepintió de su trabajo el resto de su vida. “Los físicos hemos conocido el pecado”, dijo. Se hizo entonces activista del desarme nuclear y fue atacado en los tiempos del macartismo. Debió trabajar mucho en su arrepentimiento para recuperar la paz en el alma, como han de hacerlo aquellos que han pretendido defender la paz aplicando violencia contra la población civil y todos aquellos que hacen uso de la ignominia contra personas inocentes con tal de alcanzar las victorias pírricas de sus causas deleznables o perversas.

La lumpenización de la sociedad, la rampante corrupción, la putrefacción en la contratación y particularmente, la degradación de la política, están convirtiendo las campañas electorales en verdaderas fábricas de mentiras y maledicencias. Las famosas bodegas como retaguardia de las redes son laboratorios de crítica mordaz pero sobre todo de inculpaciones sin pruebas. Como nunca estamos asistiendo al menoscabo moral, al fusilar mientras llega la orden y al cruce de mentiras como venganza sin término.

Si nos queda algo de respeto por el elector, por el ciudadano, y por el contrincante, debería producirse un acuerdo entre las organizaciones políticas y entre los candidatos para evitar las acusaciones sin pruebas y las condenas sin fallos. La sociedad se está quedando sin referente moral y las posibilidades de construir socialmente soluciones políticas lucen como una ingenuidad ya que la descalificación a priori se exalta como una variante de la audacia.

La crítica y la discrepancia, que son instrumentos idóneos de la sana política, terminan eclipsadas por la inculpación irresponsable y, con mayor o menor razón, existe la idea casi general de que el Estado premia el error con ascensos y promociones, como en la historia de aquel mandarín al que le preguntaron qué atributos desearía para su hijo en ruta hacia la adultez y respondió: yo quisiera que fuera traidor, cínico, indolente y corrupto. ¿Cómo así? ¿por qué dice eso, señor?, le interrogó su interlocutor. Él exclamó: si posee todos esos defectos, llegará a los más altos cargos del Estado. 

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Al lado del acuerdo político, cabría sugerir uno entre los organismos de control y las instituciones de la rama judicial para imprimir celeridad a los procesos y acabar con las filtraciones que son enemigas tanto de la verdad esencial como de la rectitud procesal. En el pensamiento clásico, está la esencia del mandato ético para esta hora. Platón advirtió “La peor forma de la injusticia es la justicia simulada” y Séneca proclamó “Nada se parece tanto a la injusticia  como la justicia tardía”.

*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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