Luna de agosto

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Hacía más de veinte años lo andaba buscando como a un hijo perdido, muchas veces traté de reconstruirlo, confieso que fue imposible.

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En días pasados registrando algunas cosas que habían sobrevivido al tiempo y a las mudanzas me encontré con un poema o algo parecido, poco importa ahora, llamado luna de agosto, el único que he escrito en mi vida. Hacía más de veinte años lo andaba buscando como a un hijo perdido, muchas veces traté de reconstruirlo, confieso que fue imposible. Yacía ahí en medio de las páginas de un libro, parecido a un pergamino, le hacía falta más de la mitad. Lo curioso era, que efectivamente era mi intento de poema, pero no escrito con mi letra, era la caligrafía de otra persona, impecable, de convento a pesar del tiempo. No me martiricé más con el asunto y supuse que le había pedido a alguien que lo trascribiera. He tenido mala caligrafía.

Luna de agosto vino a este mundo una noche de agosto, en San Gil – Santander después de leer por varios días los horrores ocurridos en los campos de concentración Nazi, cerré la última página de un libro de pasta verdusca con los ojos encharcados en lágrimas y caminé hacia un pequeño jardín parecido a un edén cuidado esmeradamente por seminaristas. Ahí me senté un rato contemplando la hermosa luna con destellos meridianos, mientras tomaba aire y me reponía, cerraba los ojos e imaginaba las perturbadoradas imágenes de los trenes repletos de seres humanos rumbo al exterminio. Mis ojos no cesaban de lagrimear. Recuerdo que en esos días leía con avidez el destino de un hombre de Shólojov.  No tenía sueño, a mi lado, o más bien ese jardín era frecuentado por un enorme perro mudo, al cual lo habían bautizado “Firulais”.  firu, permanecía a mi lado relajado sentado sobre sus patas traseras mirando fijamente la luna. Era una imagen para una postal. Fui rápidamente por papel y lápiz y comencé a escribir profusamente luna de agosto. Me apresuré a buscar a un compañero llamado Jaime Vargas, el mejor guionista de cine que jamás haya conocido, (algún día tendré que escribir sobre el) educado en los talleres de Don Bosco, los salesianos habían influido profundamente en su vida; cuando le mencionaban a Don Bosco, su mirada brillaba. Era tarde, la luz de su habitación aún permanecía encendida, le toqué tenuemente, abrió y con su voz amable me saludó: hola poeta – ese era su saludo casi siempre, en el fondo a mí me molestaba que me llamara de esa forma, lo mío no era la poesía- “y esa vaina, a esta hora”. ¡Pasa, pasa, me dijo¡, se sentó y cruzándose de piernas se dispuso a escucharme mientras se mesaba la barba. Le leí luna de agosto de un solo tirón. Quedó en silencio varios minutos. Al final su veredicto fue inapelable, sin afanes, la de un erudito que no tenía ninguna pretensión, que estaba más allá del bien y del mal como lo escribió Nietzsche. ¡Muy bueno, me encanta, pero tienes que mirar bien el título, creo Faulkner escribió una mierda parecida! Nos despedimos, la noche permanecía helada, entré a mi habitación con sentimientos encontrados, empuñé la hoja y terminó en la cesta de la basura, era pasada la medianoche. La Babel de internet aún no se había desperdigado por la tierra.

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A la mañana siguiente telefonee a un amigo escritor para que me sacara de dudas y me respondió al final de la línea: “es luz de agosto”. Respiré tranquilo, y salí corriendo por un pasillo detrás de una empleada que empujaba un carrito que chirriaba al andar parecido al de un guarda de seguridad saliendo de la bóveda de un banco. Encima llevaba varias talegas de color gris que contenían las cestas desocupadas de las habitaciones. Me miró extrañada cuando las auscultaba. Lo rescaté y pudo sobrevivir.

¡Oh luna henchida de mariposas ¡
Sempiterna aurora que siempre me has protegido.
Hermosa madre desvelada que exiliaste los fantasmas de mi niñez.
En las noches meridianas de mi infancia te clamé: ¡luna dame un pan ¡
Nuestra madre amparándonos en su regazo señalándote decía: a los niños buenos la luna les regala un pan,
reconozco luna de agosto que yo no era un niño bueno.
Quería ser un niño bueno, porque los niños buenos siempre iban al cielo susurraba vuestra madre acariciándonos en su regazo.
Después canturreaba una canción de cuna.
Donde era el lugar más seguro del mundo.
En Auschwitz no te conocieron hermosa princesa. Allá no te conocieron. Oh luna de agosto, si al menos a ese lucifer que provocó esos horrores le hubiesen canturreado una canción de cuna.
Oh luna de agosto…

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*Ubaldo Díaz. Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019. Especialista en intervención comunitaria.

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