Made in Colombia: mi vida en los taxis

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La educadora Miriam Cotes Benítez relata sus conversaciones en los taxis de Bogotá.

(Lea también: Una salida desde el corazón)

Colombia es un país bastante peculiar. Algunos incluso le dicen Locombia por las cosas bizarras que suceden en el día a día. He vivido en otros países del planeta y no negaría que en ellos también suceden cosas muy extrañas y terribles: masacres en campus universitarios, por ejemplo, o, en otras latitudes, personas que miran con indiferencia mientras grupos enteros de navegantes provenientes de África se ahogan frente a la costa. Sin embargo, si se hiciera un ranking de países donde pasan cosas locas cotidianamente, Colombia seguro ocuparía un buen lugar. Se los dice una experta usuaria del servicio de taxis desde su primera infancia, excelentes lugares para constatar lo loco que es este país.

En estas últimas semanas, he vuelto a montar frecuentemente en taxi pues aunque no le he perdido del todo el miedo al contagio con Covid-19, he debido desplazarme en este medio de transporte para atender asuntos en el otro extremo de la ciudad. En estos recorridos, he vuelto a maravillarme de las cosas que converso y vivo con los taxistas y oferentes de servicios de alquiler de coches con conductor como se llama ahora a servicios como Uber, Beat y similares.

Episodio 1. Pedí un servicio a una de estas últimas empresas y, como el viaje era largo, decidí conversar con el chofer, cosa que me gusta hacer si no estoy muy embebida en mi propio celular o en mis propios pensamientos. Mi principal interés era averiguar por quién iba a votar, pregunta que hago con frecuencia a taxistas y otras personas en estos días… Como sé que el voto es privado, comencé por otros interrogantes para romper el hielo y llegar a esa parte en la que pregunto, si no es molestia, cuál es el candidato por el que el personaje va a votar.

El joven que conducía el coche y yo entablamos conversación. Pasados unos minutos, entré en temas distintos al del clima:  

— ¿Usted cree que tener un carro como estos es buen negocio? Esto lo pregunté porque a veces me han dado ganas de comprar un taxi por negocio y esta es mi manera de hacer un estudio de mercado.

— Pues sí le da a uno como para vivir. A mí me da un poco más de un millón al mes y lo demás lo complemento con el otro trabajo que tengo.

— Ah, ¿y en qué otra cosa trabaja usted?

— Soy terapeuta de adicciones.

— ¡Qué interesante!  ¿Y eso exactamente qué quiere decir?

— Que les ayudo a los adictos a superar su adicción.

— ¿Cómo una especie de sicólogo?

— Sí, algo así.

— ¿Y con qué método trabaja? ¿Con el de Alcohólicos Anónimos, eso del Poder Superior y los Doce Pasos?

—Sí, sí señora. Es el método de Narcóticos Anónimos.

— Ah, y si no le molesta contarme, ¿a qué sustancia era  usted adicto?

— Al bazuco…

— Ah, ya…

— Pero mi mayor problema no era mi adicción al bazuco sino que yo era sicario.

Ya a estas alturas hemos entrado en confianza y, por eso, me atrevo a preguntarle:

— ¿Sicario? ¿Me quiere usted decir que ha matado gente?

— Sí, señora.

Silencio. Reflexiono un momento y pienso si será que el tipo está tratando de meterme miedo. Lo miro a los ojos y veo que está siendo sincero. Quizás es parte de alguno de los Doce Pasos del programa de acuerdo con el cual se debe ser sincero y honesto en toda ocasión.

— Sí, yo empecé como sicario cuando mataron a mi hermano. Trabajé con la Oficina de Envigado y ahí fue que cogí el bazuco. Eso fue cuando tenía 13 años.

— ¿Y cuántos tiene ahora?

— 27.

— Es que a mi hermano lo mataron los de la oficina de Envigado. Nos lo entregaron descuartizado en la puerta de la casa en Suba.

— Ay, Dios.

— Y yo me metí a trabajar con ellos para averiguar quién lo había matado.

— ¿Y lo averiguó?

— Sí, señora.

Sobre el particular no pregunto ni comento nada. Más bien vuelvo al tema de la adicción y el tratamiento con base en las premisas de AA.

— ¿Y entonces usted le pidió al Poder Superior que le ayudara a dejar el bazuco? ¿Usted ora?

— Sí, señora, y también medito.

Como soy meditadora de vieja data y me interesa mucho el tema, le pregunto qué tipo de meditación hace.

— Mindfulness. Me ha servido mucho para la ansiedad.

— ¿Y dónde aprendió?

— En Youtube y después tuve un profesor.

— Ah, yo también practico mindfulness pero dentro de una escuela budista. No sé si le interese, pero en Internet hay muchos videos del maestro del que aprendí. Se llama Thich Nhat Hanh. Si quiere búsquelo. Sus enseñanzas son muy bonitas.

El tipo busca en Youtube y pone uno de los videos con subtítulos en sus favoritos.

— Si le gusta busque también información de unas charlas públicas sobre el tema que va a haber en abril. Puede buscar el grupo Sangha Bogotá en Facebook para enterarse de las fechas.

— Listo.

Ya hemos llegado a mi destino. Le estoy pagando y me dice: “Yo hago transportes, si algún día necesita, no es sino que me llame”.

— Ah, bueno. Aquí quedo con su teléfono… Harrison, como se llama el joven, me había llamado antes a decirme que estaba llegando un poquito tarde a recogerme.

Poco nos faltó para abrazarnos. Creo que nos dio timidez por la pandemia, pero en mi corazón abracé a este joven ex-sicario y pensé en ese momento, y en las siguientes horas, que esta es la Colombia real y que lo de perdonar y convivir en paz  no son abstracciones ni temas de conversación en almuerzos con amigos que piensan igual que uno, sino acciones que hay que tomar en el día a día. ¿Bizarro? Claro, no en cualquier parte del mundo te encuentras con un ex-sicario meditador que te cuenta su historia en un taxi. Por supuesto, no le pregunte a Harrison por quién iba a votar. No tuve chance y no me pareció pertinente. Antes de despedirme, le recomendé que se viera la película Matar a Jesús, de Laura Mora, pues cuenta una historia parecida de alguna manera a la suya y, según parece, es basada en una historia real.

(Texto relacionado: La compasión es la clave)

Episodio 2. De regreso de una cita en los Quintos Infiernos, lo que me obligó a permanecer en el taxi por casi una hora, oigo que el señor, esta vez en un taxi de los amarillos, tiene puesto a un volumen bajo una canción de Black Sabbath, “Paranoid”. Como otra vez tengo ganas de conversar para no aburrirme y también tengo curiosidad de saber por quién va a votar, le pregunto si tiene esa música porque le gusta o por pura casualidad.

El hombre, de unos setenta y tantos años mal contados, me dice que tiene un hijo y me muestra un muñequito pegado en la parte delantera al lado de la cabrilla  y una foto en su celular. No reconozco al muñequito ni al de la foto del celular y le pregunto si es que su hijo es músico. Por el pelo muy largo del tipo de la foto, deduzco que es miembro de alguna banda de heavy metal y él me responde: “Es que mi hijo es Ozzy Osborne.” Ozzy Osborne, para quienes no lo saben es el cantante de Black Sabbath.

Y ahí sigue nuestra animada conversación. Este hombre es un total conoisseur del heavy metal, de Black Sabbath y, bueno, en general del rock duro o pesado. Incluso, en algún momento del trayecto me pone a un grupo, ZZ Top, que no es, de seguro, uno de los más conocidos, por lo menos en Colombia, y me cuenta detalles de su historia que solo un auténtico aficionado al rock puede conocer. Para cumplir con mi propósito inicial al entablar conversación (bueno también me interesaba oírlo porque como él yo también soy rockera), le pregunté por quién va a votar y me dijo que aún no sabía.

¿Por qué me llama la atención este señor? No es lo más común encontrar rockeros, melómanos expertos, investigadores del género, manejando taxi y especialmente si tiene más de 70. Puede que esto sea una especie de prejuicio, “viejismo” como pienso que podría llamarse y si es así me excuso. Sé que Mick Jagger ya va a cumplir 80 y que, para el efecto, Ozzy va a cumplir 74, pero me llamó la atención este señor y pensé “ah, Colombia es un país bien peculiar…” Taxistas expertos en Black Sabbath, ex-sicarios meditadores…

Podría extenderme en mil anécdotas más de este tipo y de otras más complejas, como la de un taxista que me dijo un día que si por él fuera mataría a todos los paisas que viven en Bogotá ¡y yo con este acento!

Por estos días he oído de todo en los taxis: los que harán cualquier cosa para que no gane Petro, los que harán cualquier cosa para que gane Petro, los que odian a Fajardo, los que aman a Uribe, los que confían en la Cabal, sobre todo cuando grita desde las pancartas que ella es muchas cosas, lo sabemos,  menos comunista, los que siguen a un señor que quiere legalizar el porte de armas, los que consideran que Dios apoya a unos candidatos y aborrece a otros y así sucesivamente.

La mayoría de los discursos de esas personas están llenos de rabia, de odio de unos hacia otros y esto me ha cuestionado mucho y me ha hecho pensar en mi ex-sicario, en Harrison, que lleva el mismo nombre de ese gran músico, meditador y pacifista, que en su lecho de muerte dijo: “Lo único por lo que vale la pena vivir es el amor”.

(Le puede interesar: La mujer en medio del coronavirus: Lotos en el fango)

*Miriam Cotes Benítez, Filósofa y comunicadora. Licenciada en Educación con Maestría en Literatura Inglesa. Amplia experiencia en creación y dirección de contenidos; investigación y pedagogía tanto en el sector público como el privado.

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