El coronavirus, la pandemia y la cuarentena han logrado ubicarnos en un punto existencial sin precedentes que nos lleva a preguntarnos, como Miguelito, ¿qué necesitamos para ser felices?

Cortesía: www.quino.com.ar

Preguntaba Miguelito a Mafalda sobre la felicidad, respondiéndose así mismo con profundos señalamientos existencialistas. ¿Qué necesita un perro para ser feliz? ¡Ser perro! ¿Qué necesita un gato para ser feliz? ¡Ser gato! ¿Qué necesita un pájaro para ser feliz? ¡Ser pájaro! Y, finalmente, ¿Qué necesita un ser humano para ser feliz? Ser psicólogo, profesor, obrero, abogado, ingeniero, esposo, mecánico, amante, etc., etc.

El cuestionamiento, ingenuo a primera vista, expone la compleja fragilidad humana, edificada en un artificio denominado “cultura”, en contraste con la esencia original “la naturaleza”. Contrasta porque desnuda la necesidad de reconocimiento a partir de todo aquello que poseemos o hacemos.
Este disentir entre naturaleza y cultura precipitó a la especie humana a optar por el pensamiento, las emociones y la conducta, alienándose en la fantasía ilusoria de individuos en busca compulsiva e inconsciente de la felicidad.

Somos felices si estamos casados, tenemos hijos, empleo, posesiones, dinero para gastar en viajes, ropa, rumba y artículos innecesarios que se han colado en la cotidianidad, alimentando según Freud el sentimiento oceánico de omnipotencia, es decir, nuestra fortaleza de vida se radicalizó en paliativos o curitas que cubren momentáneamente el vacío existencial que nos habita. Efectivamente, son banditas curativas que enmascaran momentáneamente el dolor; no obstante, la inconformidad o displacer inconsciente, se transforma, adaptándose a los designios del monstruo socio-cultural, instrumentalizado en el consumismo desenfrenado, “la mano invisible” que guía la felicidad personal y colectiva.

En este contexto, el coronavirus, la pandemia y la cuarentena han logrado ubicarnos en un punto existencial sin precedentes y llevan a preguntarnos íntimamente, como lo hace Miguelito, ¿qué necesitamos para ser felices? ¿Ser reconocidos? O, ¿estar vivos y en equilibrio con nuestra naturaleza interna y externa?

Si ahondamos en la necesidad de ser reconocidos, veremos en escena hordas de víctimas desposeídas clamando por el retorno del turismo, del fútbol, de los conciertos, del reguetón, de los bares, de los centros comerciales, de los restaurantes y más días sin IVA, de todos aquellos artilugios que han alimentado la quimera cultural de estar vivos. Veremos, además, mutar el reconocimiento, transformándose en síntoma. De tal manera, las enfermedades mentales pasan a ser el sustituto ideal: “estar deprimido, ansioso, angustiado, ser bipolar, adicto, anoréxico, bulímico, obsesivo o compulsivo” determinará la existencia de miles y, para ellos, la misma cultura que les enfermó les tendrá una extensa carta de antidepresivos, ansiolíticos y centros psiquiátricos para calmar momentáneamente el vacío que los asfixia.

No obstante, si logramos cuestionar y reflexionar el desafío de la pandemia, creceremos en humanidad consciente y como diría Neil Armstrong descendiendo del Apolo XI: “Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para humanidad”.

Volver al principio, a la inocencia primaria, nos confiere la fuerza insaciable de encontrarnos sin máscaras, disfraces, enfermedades, síntomas o displacer, de tal manera, si alguien nos pregunta quá vamos a hacer durante la cuarentena si esta sigue extendiéndose, responderemos sin vacilar “VIVIR”.

*Jorge Enrique Gómez Ariza, psicólogo y profesor universitario.

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