Como podría decir algún seguidor de Borges: “la vida de cada ser humano es igual a toda la historia de la humanidad.”

Para entrar en la discusión sobre la Verdad en Colombia, para mí, es fundamental hablar sobre Cultura. Y es muy importante también usar las mayúsculas. Creo que la Cultura de la Humanidad, más allá de ser patrimonio turístico, es una entidad extraordinaria que da forma a la vida humana, que educa y que, hoy en día, podría brindarle al hombre facultades casi utópicas. Pero, para desenredar su potencial, la sociedad debe trabajar en estrechar la distancia entre la Cultura y la cultura popular. Hoy, la cultura popular es aun un tejido muy frágil ante los mecanismos que se usaron para la globalización de ideas superficiales absolutistas del hombre por el hombre.

Nuestra cultura popular, que se desarrolla día a día, principalmente como respuesta de la masa a las palabras e imágenes de quienes “van escribiendo la historia”, es hoy una de la desigualdad y la dominación.  

Todos nosotros, por ajenos, irreverentes o intransigentes que seamos, estamos siempre jugando en relación con esas palabras de los que tienen poder para definir el rumbo común. La sociedad gravita en torno a sus discursos, twitters, alocuciones o entrevistas. Por alguna coincidencia los que tienen poder han apoyado la lógica del trabajador como sentido de vida y filosófico. Sus únicas banderas evidentes son el libre comercio, libertad para comprar y vender, libertad para delitos financieros y corrupción, libertad para defender sus bienes así sea por las armas, libertad para mentir, libertad para elegir un candidato en medio de la corrupción.

Y en ese nivel de descaro y superficialidad discurre la conversación pública para la cultura popular. Cada uno de nosotros (no)elegimos reforzar o vivir bajo una gran cantidad de principios que son como un mapa cosmogónico de la decadencia, vacío de sentido, más bien lleno de ídolos postizos. Para todos es difícil creer en algo hoy en día. Lo triste, lo curioso, lo que me llama la atención, es sentirme parte de un colectivo de intransigentes que preferimos seguir fortaleciendo ciegamente a esos ídolos que sólo son representación de las cadenas que nos oprimen y de nuestros peores defectos.

La Cultura se hace fundamental para mí porque es la herramienta que conduce, que transforma la Historia y que trabaja sobre el lenguaje de los seres humanos. Yo creo que el dilema sobre la Verdad no es un problema técnico, político, sino un problema ético y de la comunicación.

La sociedad actual se enfrenta a una conversación plagada de argumentos falsos. Voces e ideas que se repiten como una grabación, diciendo verdades a medias que sirven casi como arengas populares violentas, atentando directa y constantemente contra el sentido del propio lenguaje humano: atentando contra la Verdad y el consenso.

El conflicto se agudiza cuando ni si quiera se puede llevar la conversación hacia un plano de verdad común. El diálogo estancado en las mentiras, así de fácil.

Los mentirosos, los cómplices y quienes los siguen viven en carne propia esa mentira, la encarnan y son el poder fáctico del dinero. Son personas equivocadas, inconscientes, suicidas, personas convencidas de hacer correctamente lo incorrecto. De ahí que se hable de la psicopatía nacional colombiana, y en este caso yo diría psicopatía humana. Es por esto que personas con claros perfiles psicopáticos, que no pueden reconocer su enfermedad sino que están plenamente acomodados en ella, son quienes llegan a ser líderes públicos. Se entrenan para decir mentiras cómodas siempre bien presentadas con modales y buena ropa. Es de una sociedad enferma dar cabida a personajes que sólo sustentan su discurso con el juego fácil de justificar que los derechos dependen de la capacidad adquisitiva, que ¿quién no quiere vivir cómodamente?, que sí ¿no es justicia social acaso, darle la oportunidad a todos de trabajar y vivir “cómodos”?

Se paran ahí, frente a todos, frente a las cámaras, con sus estrategias ocultas y su arsenal de herramientas de comunicación, con sus intensiones reales que nunca muestran. Se paran ahí a decir mentiras, sabiendo lo que los suyos quieren oír. Y tamizan sus verdaderos objetivos con problemáticas sociales que sacan de un cajón como utensilios que usan a su conveniencia. Usan lugares comunes que en palabras de ellos dan una sentencia de cómo debemos pensar todos.

Podría tomar casi cualquiera de los discursos que utilizan los mentirosos para dar ejemplo de lo que me refiero. Voy a hablar de la “apuesta” del gobierno actual de Colombia por la unidad y la equidad. Lo que realmente vemos cada vez que el gobierno pronuncia estas dos palabras es cómo en la contemporaneidad incluso el lenguaje se derrite ante el poder. El significado real de esas palabras se escurre ante los ojos y los oídos de todo un colectivo. En conclusión, entre líneas, el mensaje del gobierno dice:

Estas son las definiciones de las palabras en estas tierras, gústele a quien le guste.

¿Dónde queda entonces en ese discurso de unidad (palabras vacías) quien no comulga y no quiere ser uno en ese tipo unidad? ¿Se propone un diálogo o se impone una verdad a medias, una verdad sin interlocutor?

“Siguiente pregunta amigo.”

No hay conversación, hay un punto aparte con una advertencia. No les interesa genuinamente el consenso y no hay espacio para las palabras de otros ni para el bienestar común. Y el resto de la sociedad debemos entender que no hay bien común sin que la Verdad se pueda consensuar. La Verdad no son sólo los relatos de las víctimas, ni las palabras violentas de quienes tuvieron miedo y rabia por la guerra; la Verdad no puede ser una definición concreta sino que es más una forma común de entender las relaciones sociales y las decisiones en colectivo.

Un servidor público, incluso un empresario o un comerciante, mucho más un artista; mejor dicho, nadie debería tener la facultad de hablarle al otro para engañarlo de frente. Mucho menos por estar en una posición de poder. Muchísimo menos manipulando.

La Verdad real es: que la conversación de un pueblo puede trascender la discusión ante mentiras descaradas.

La Verdad real es: que el Estado de un país primero permita y después garantice que los hechos y las evidencias sean visibles, abiertos, explicados y entendidos desde diferentes puntos de vista sin estigmatización y para todos los colombianos.  

Desde mi punto de vista, la Verdad se refiere a que el lenguaje sirva, a que la Cultura florezca, a que las conversaciones públicas se dirijan decidida y transparentemente hacia el bien común. Primero, en lo ético y, después, en lo técnico.

No hay talante sino hechos, ¿Por qué los hechos no tienen consecuencia para quienes mienten con talante? Porque la Verdad está en juego, unos creen que está a la venta y la van a comprar a como de lugar. 

Sé que todo esto puede sonar muy idealista, hasta incluso moralista, y para algunos seguramente mamerto (resumen absoluto de una forma de estar en el mundo), pero creo que lo que está en juego con esta discusión sobre la Verdad es algo fundamental para la humanidad.

¿Cómo determinamos en la sociedad nuestro grado de complicidad con las mentiras? ¿Cómo clamar por verdad en unos casos y en otros irse contra la justicia?

La discusión sobre la Verdad, que se está dando en Colombia producto de la guerra interna y los acuerdos de paz, no es una discusión local. Esta no es una discusión sobre la verdad de hechos específicos solamente; se trata de la verdad respecto a la imposibilidad del lenguaje humano para desenmascarar a quienes evidentemente mienten. Este es un conflicto sobre la cabida de la manipulación y la falsedad como Verdad en la realidad de la humanidad. Justamente cuando los temas de discusión se hacen globales y se hacen fundamentales y radicales para la existencia humana. Esa inminente contradicción entre las palabras del hombre con poder frente al evidente deterioro de la tierra y de nuestro modelo de vida, es la brecha de entrada de la verdad como Verdad.

La relación mafiosa entre poder y palabra se tiene que romper, porque ya hoy en día es también una cuestión mas allá de palabras, textos e imágenes; es una cuestión que involucra infraestructura pública y fuerza para la comunicación humana. Ese tinglado, bajo el régimen de la mentira, sin unos principios claros, honestos, sin un alcance real para aportar a la igualdad. Es una bomba de tiempo.

Hay mentirosos que no quieren dejar de mentir, ni tampoco quieren soltar los poderes públicos, entonces es una cuestión social, política, técnica, económica, pero sobre todo ética y filosófica. Los mentirosos son muy valientes debajo de sus camisas y blusas, son muy frenteros detrás del poder; pero realmente son tan cobardes que nos son capaces de decirnos a los demás (como lo hacen muchos en reuniones sociales) que lo que realmente les importa es acceder al poder para tener dinero y reconocimiento. Esta si es una verdad ética, con esta verdad si podría comenzar una conversación. Con este tipo de verdades, si se empieza a dibujar el paradigma de la sociedad colombiana en los últimos 40 años:

Incluso la Verdad y el significado de las palabras puede variar en Colombia, lo importante es el poder y el dinero, el resto se compra. Finalmente la libertad es para que sean los poderosos los que definan cómo es que es el mundo y cómo es que debemos el resto gastar nuestra plata y, de paso, nuestra vida.

Andrés Santamaría, director de cine

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