El sensacionalismo social hace que las voces que vuelven imposible la paz suenen duro y reboten. El proceso de paz no depende de Jesús Santrich, tampoco de eso depende la institucionalidad del país ni del posconflicto. Los mecanismos para lidiar con estos casos están contemplados ampliamente en la ley y ahora también en la Constitución.

Hoy es evidente que el compromiso de Jesús Santrich con el acuerdo y la construcción de paz no fue. Es sorprendente para quienes creemos en el proceso de paz y realmente fue decepcionante. Debo aceptar que, después de pedir darle una oportunidad en este mismo medio, me sentí feliz al verlo pedir perdón por sus declaraciones de La Habana y llegar voluntariamente a la Corte Suprema. En ese espíritu creí casi hasta el último momento en que cumpliría su palabra y se presentaría. Hoy es difícil no creer que salió del país escapando los compromisos adquiridos en el Acuerdo de Paz.

Es claro que el compromiso con la reconciliación de Iván Márquez, de Velásquez Saldarriaga, de Santrich no es serio. No me atrevería a decir que están, como algunos sí han dicho, rearmándose para la toma del poder por las armas. Creo que tienen claro que eso hoy no es posible, tanto así que firmaron un Acuerdo de Paz. Pero no creo que debamos esperar mucho de ellos a futuro. La justicia hará lo propio, y, si es necesario, se acudirá a los mecanismos diplomáticos para que respondan a sus víctimas.

Por otro lado, el compromiso de las víctimas y de la amplia mayoría de los excombatientes con la reconciliación es abrumador. Ellos sí se han tomado el cuento en serio. Los excombatientes han reconocido de forma temprana su responsabilidad a las víctimas del Club El Nogal, de Bojayá, de Granada, entre otras. Han atendido de forma juiciosa los llamados de la JEP en el caso de secuestro.

Su compromiso ha sido tal que han decidido tener familias ya estando entrados en años, sabiendo que en este momento tendrán que responder por lo ocurrido durante la guerra. Este ha sido el caso de Rodrigo Londoño y de Julián Gallo, cuya anécdota he escuchado afectuosamente a Bertha Fries. Yo creo que ellos, a diferencia de quienes hoy son infames, esperan los días de la JEP y las penas que recibirán como forma de cerrar esa guerra que ya terminó.

Por su lado, las víctimas han recibido las peticiones de perdón. Se han movido para lograr representación política, aún cuando la clase política se las ha negado de forma sistemática. Han vencido el miedo de la nueva violencia para seguir movilizados por la reconciliación. Ellas saben el dolor causado por la guerra y eso mismo ha llevado a su compromiso porque no vuelva a ocurrir.

Que algunos excombatientes, como Marín y Hernández Solarte y que algunas víctimas, como Uribe Vélez y Herbin Hoyos, no entiendan la importancia del momento histórico que vive el país no significa que no estemos viviéndolo. El sensacionalismo social hace que las voces que vuelven imposible la paz suenen duro y reboten. El proceso de paz no depende de Jesús Santrich, ni tampoco de eso depende la institucionalidad del país ni del posconflicto. Los mecanismos para lidiar con estos casos están contemplados ampliamente en la ley y ahora también en la Constitución. Quienes creemos en el acuerdo debemos optar por seguirle dando los pasos necesarios para vivir en un país reconciliado.

*Camilo Villarreal, estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Javeriana. Activista por la paz. Co-coordinador Rodeemos el Diálogo Joven, donde ha desempeñado trabajos respectivos a la veeduría de la implementación, pedagogía y construcción de memoria histórica.

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