Una de las explicaciones a este fenómeno de la polarización en Colombia se encuentra en el sesgo político que hay en los medios de comunicación tradicionales

La polarización es un fenómeno inevitable en las sociedades y es parte de la discusión política en la opinión pública de cualquier país. Pero, se han preguntado los ciudadanos: ¿hasta qué punto es beneficioso para un país la polarización política o si dicha polarización termina debilitando la democracia?

En el continente, se vive este fenómeno y Colombia no ha sido la excepción de la región; al contrario, la polarización ha aumentado y se ha radicalizado a tal punto que la población ha comenzado a sentir las grietas de esta división en las redes sociales.  

Este fenómeno ha llevado a que la opinión pública pase de una discusión de interés nacional a una discusión sin consenso y solución a los problemas del país.

Así, al elevar las diferencias a un grado irreconciliable y de intolerancia, la polarización resulta muy preocupante para la que siempre ha “sacado pecho” como la democracia más “estable” de América Latina.

Este título es muy cuestionable por el grado de atraso en pluralismo político, el nivel de violencia política, el aumento del el conflicto armado y de restricción democrática que ha tenido el país durante parte del siglo pasado.

Con la llegada de la Constitución de 1991, no solo se amplió el espectro político, sino el país logró romper un esquema bipartidista que limitaba parcialmente los derechos y las libertades de los ciudadanos. Esta apertura democrática llevó a Colombia a una transformación de la sociedad acompañada del nacimiento de nuevos partidos, colectividades y movimientos políticos, que ampliaron la discusión pública y, sumado al nacimiento de nuevos medios de comunicación en el país, la república logró romper esa concepción bipartidista a finales siglo XX y a pocos años de la entrada del siglo XXI, para pasar a tener una democracia con un poquito más de diversidad política y de participación.

Es de vital importancia para la vida democrática de un país que sus ciudadanos tengan debates y discusiones sobre la situación que afecta a la vida nacional, que usen su libertad de expresión (consagrada en el Artículo 20 de la Constitución y garantizada por la misma) para cuestionar el ejercicio del poder, porque como dice el Artículo 3 de la Carta Magna:

“La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público”.  

Con el transcurrir del tiempo se ha perdido en la sociedad colombiana ese espíritu democrático y de reforma, que proponía la apertura política que se materializó en la Constitución de 1991.

Y no es que haya perdido su espíritu la Constitución Política de Colombia; por el contrario, nos hemos olvidado de ella y de aplicarla, pues ella abrió el camino para que muchos sectores de la vida nacional pudieran hacer política, dejando a un lado ese trasnochado espectro bipartidista que limitaba a la ciudadanía y no representaba a la generación de finales de siglo XX.

En el nuevo siglo, con nuevas herramientas, la apertura democrática y una Constitución joven, la discusión pasó de control político a convertirse en la politización de un sector de la sociedad que crea divisiones en el país. Más allá de tener un debate público, democrático y de calidad como lo necesita el mundo civilizado, se convierte en una lucha entre quién divide más la sociedad para hacerse del poder. Eso realmente no es democracia; eso es populismo puro y duro que, como lo ha demostrado la historia y, en especial, América Latina, no termina de solucionar los problemas de la ciudadanía sino, por el contrario, agrava y debilita a las instituciones democráticas que deben cuidar la república.

Colombia ha sido un país que, en los últimos 10 años, ha vivido un tipo de agenda pública de tipo populista que no ha aportado en nada realmente al empoderamiento de la ciudanía, al fortalecimiento de las instituciones y a la vida democrática del país.

Desde que se implementó la reelección del Presidente de la República en el año 2006, a través del acto legislativo 02 de 2004, el país ha caído en el caudillismo y deterioro de las instituciones. Ese artículo que se modificó y permitió repetir periodo presidencial creó un desequilibrio de poderes y golpeó a la democracia que tenía limitado el mandato de solo un cuatreño para el Jefe de Estado.

Más adelante comenzarían a verse las consecuencias de esa corriente reeleccionista que intentaría abrir las puertas a una segunda reelección ante la cual, afortunadamente, tomando una decisión muy sabia y en defensa de la democracia, la Corte Constitucional en el año 2010 falló en contra, cerrando el camino hacia un totalitarismo en el país. No fue sino hasta el año 2015 que el Congreso de Colombia, en busca de llevar a cabo la “reforma política de equilibrio de poderes”, tomaría la decisión de eliminar la reelección porque había creado el desequilibrio en el sistema democrático y también para evitar la expansión del caudillismo en la región. 

Esta última discusión sobre si era o no conveniente eliminar la reelección para evitar también que alguien se quedara más de un periodo en la Presidencia de la República no logró tener obstáculo alguno y no acarreó polarización sino, por el contrario, todos los partidos llegaron al consenso y vieron con buenos ojos eliminarla de la Constitución Política.

Situación muy diferente que ocurría con el tema de las reformas para la modernización del país, los acuerdos de paz de la Habana y la crisis de Venezuela. Estos dos últimos se han convertido en el pan de cada día de los colombianos en las discusiones de redes sociales como Facebook y Twitter; de hecho, fue el fortín de batalla durante el campaña a la Presidencia en 2018. En ese momento, la discusión subió de tono, se volvió radical, no hubo discusión sana y, por el contrario, fue más allá, priorizando el ataque verbal y una forma de “macartizar” al contendor político para hacerse del poder.

Este tipo de discusiones acaloradas que no llegan a un consenso y, por el contrario, elevan hacia una fractura de la sociedad, son malas para la democracia, muestran la poca tolerancia política y también el debilitamiento de la llamada “agenda-setting” del país. 

¡Y claro que no se podían quedar atrás los medios de comunicación social!

Pues de social no han tenido nada: han ayudado a avivar las pasiones en las discusiones públicas sobre las reformas del país, los acuerdos de paz y la crisis de Venezuela.

Una de las explicaciones a este fenómeno de la polarización en Colombia es el sesgo político que hay en los medios de comunicación tradicionales, pues es entendible que en las redes sociales siempre haya debates y discusiones acaloradas; cualquier persona sin responsabilidad social las puede iniciar y puede romper el “pacto de tolerancia y respeto” que existe en los medios tradicionales.

Esa falta de neutralidad en la política ha roto un pacto social que podría llamarse como un “pacto de tolerancia y respeto”a través del cual los líderes políticos se respetaban las diferencias manejando un tono moderado y conciliador.

Genera gran preocupación que periodistas de Colombia en ejercicio de la profesión (que se supone es el cuarto poder y también es el guardián de la democracia) terminen haciéndole el juego a este fenómeno de la política con intención de hacer activismo y propaganda sobre su audiencia, en lugar de presentar información equilibrada en los noticieros y programas de opinión, contrastando fuentes y presentando una información imparcial, cuestionando al poder con los hechos que afectan a la ciudadanía.

El periodismo también es responsable de aumentar el nivel de radicalización en la sociedad; le ha hecho el “juego” a la polarización y la toxicidad, logrando contribuir a la división que genera cada discurso radical de los políticos que agrandan el problema buscando el interés personal y no la solución del conflicto.

Este “pacto de tolerancia y respeto” se ha roto al llevar las diferencias a un nivel irreconciliable en el cual se pierde cualquier forma de conciliación necesaria en una democracia donde se debe convivir entre la diferencia y la tolerancia.

Una de las causas que este pacto” se haya roto radica la corrupción. Los escándalos que todos los días empañan al país han generado una crisis de representación que hunde a todos los partidos políticos sin importar a dónde se hagan (derecha-izquierda) en el espectro político. Éstos han pasado por situaciones que han dinamitado la confianza que la ciudadanía tenía en ellos.

La gente ya no cree en los partidos por sus escándalos, por su mala dirigencia; ahora, cree en los liderazgos personales porque ve que en ese tipo de liderazgo se puede llegar a dar un cambio urgente. De alguna forma, por el carisma, liderazgo y la falta de controles institucionales,se termina cayendo en el populismo, que está de moda en la región.

Este es un fenómeno que se parecía muy lejano en nuestro país y no fue realmente así: en los últimos años, ha tomado fuerza y ha terminado golpeando a las instituciones democráticas, que han perdido la credibilidad ante los ojos de la ciudadanía, producto de la burocracia y la corrupción que permean las mismas.

En lugar de reformarlas para que sean fuertes, transparentes y sirvan al ciudadano, se han dedicado al “tapen y tapen”, generando que la ciudadanía opte por liderazgos caudillistas que se alejan de una verdadera democracia.

Hoy en día, no invitan al ciudadano defender la república y tampoco fortalecer las instituciones democráticas; pues con ellas se logra también que la población se aleje de personalismos que pueden terminar en dictaduras.

Un sistema de poder al cual nadie quiere llegar y menos vivir porque de eso sí conocemos en la región.

La ciudadanía también debe ser más responsable y consciente, volver a los valores y también al espíritu democrático que se plasmó en la Constitución de 1991. La población tiene que ser más crítica con la política y con las cosas que están mal en su país, tienen que apoyar los debates, y las nuevas ideas que aportan a la solución de los problemas como nación, y no apoyar más la polarización política.

Poner en las mesa las prioridades del país, no seguirle más el “juego” a los líderes que, irresponsablemente, con proyectos caudillistas, acentúan las diferencias políticas de la nación, llevando a un punto irreversible e irreconciliable las problemáticas del diario vivir del ciudadano.

Para alejarnos de este fenómeno, hay que ser más autocríticos y más responsables como ciudadanos a la hora de elegir a los políticos; debemos pensar más en un proyecto de país en el que podamos estar todos, sin importar la raza, la región o la corriente política.

Tenemos que realmente entender como ciudadanos que la política también conlleva una responsabilidad, que los candidatos tienen que proponer una visión pluralista y abierta al diálogo y al consenso entre las diferencias.

Parte de esa responsabilidad como ciudadanos está en entender que es de nosotros la responsabilidad de mantener la república, cuestionar el ejercicio del poder y no darle más atención a quienes buscan pasar de una discusión política a un conflicto político e irreconciliable, logrando que la sociedad se “envenene” y opte por proyectos autoritarios de mano dura. ¡Cosa que no podemos permitir!

*Alex Rolón, estudiante de comunicación social. @axelrolon

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