En 2010, el comandante Chávez expropió a Almacenes Éxito un local que ha venido a ser ocupado hace poco por los iraníes de mercados Megasis. Mientras los ex franco-colombianos – y ahora brasileros -, luchaban para cobrar en bolívares, lograr cambiarlos a dólares y enviarlos a su casa matriz, los iraníes ponen precios en dólares y tienen asegurado su pago en oro.

Como se ve, no se trata de izquierdas o derechas, sino de a quiénes sirve el capitalismo. En Colombia buscamos inversión extranjera y alguien decidió que miles de metros cuadrados en centros comerciales con condiciones preferenciales impulsan el sector construcción y dinamizan el mercado para el consumidor, aun cuando lamentablemente se haga a costa de no pagar impuestos y solamente servir de vitrina a grandes marcas con precios totalmente lejanos de la realidad de la mayoría de colombianos.

Este modelo “Dubai” a la colombiana, impulsado solo por el consumo, es el que lleva a que se establezcan “Jornadas sin IVA” o a que los “liberales” de nueva sangre propongan ahora quitar el IVA: no nos ven y no nos tratan como ciudadanos sino como consumidores y nuestros políticos se comportan y se visten como payasos “halando” clientes para comer corrientazo.

Sin embargo, la llegada de Megasis a Venezuela no suple el problema esencial de un universo político que se administra como si de un centro comercial se tratara (o en el caso colombiano –en su momento– como una finca); por el contrario, el empoderamiento de los ciudadanos como consumidores conlleva a un riesgo político superior al que se pronostica, como muestra un caso emblemático sucedido en Togo, África, el 5 de septiembre de 2017.

Luego de semanas de protestas de grupos de oposición, a las 10am, el gobierno de Togo decidió “cortar” el Internet. La reacción fue simple: todos le echaron la culpa a los operadores y empezaron a renegar del mal servicio como con la electricidad en la Costa Caribe colombiana o los bloqueos al Transmilenio promovidos para llegar al Concejo de Bogotá, hasta que fue creciendo el rumor que el responsable de tal hecho fue el eterno presidente Faure Gnassingbé, delfín de su padre – el golpista que gobernó desde 1967 hasta 2005 – y “presidente” desde esa fecha a punta de reformas constitucionales.

Lo que sucedió es una lección para todos los gobiernos autocráticos: no te metas con lo que te proporciona sexo, amigos y rumba. WhatsApp es la forma de relacionarse de la mayoría de jóvenes en Togo, una aplicación que, en el mundo, es empleada por 2000 millones de personas. La gente empezó a hablar en las calles, a reunirse, a protestar y el estallido social empezó a crecer frente a “una semana sin WhatsApp”. La gente empezó a salir a parques, a leer, a ser mucho más productiva. Pero la sensación, comenta Mawuna Koutonin, fue la de estar “viviendo en una prisión abierta: no puedes conectarte con tus seres amados y ellos no pueden conectarse contigo, porque alguien lo decidió, y se mantuvo activamente haciéndolo contra tu voluntad. Nuestras vidas se han movido al mundo en línea al punto que un apagón del Internet es como una prisión de alta seguridad. No es porque uno pueda tener más tiempo para leer libros cuando se está en prisión que uno deba alabar las prisiones.

Nuestra lección es que ya somos consumidores; esa es nuestra realidad, pero no debemos olvidar seguir siendo ciudadanos.

El gobierno venezolano muerde una manzana envenenada al creer que es un acto transparente dar condiciones desiguales a sus amigos para hacer negocios; el gobierno colombiano no puede creer que acabar con la industria nacional para ayudar a sus amigos y donantes, de los cuales las tres primeras posiciones son fondos financieros – Aval, Gilinski, Valorem – pasa desapercibido.

¿Cambiarán la pandemia y el confinamiento nuestra percepción como ciudadanos y consumidores? Creo que no, pero algún día se equivocarán al cortar Internet y tal vez las cosas cambien.

* David Camargo, docente asociado Universidad Antonio Nariño, científico analista de datos, asesor en políticas públicas con doctorado en el área de reconstrucción centrado en consecuencias de la guerra sobre la propiedad de la tierra.

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