Melómanos, historias de una obsesión.
Jacobo Celnik
Aguilar
268 páginas

Mi padre tenía un gusto musical muy cursi. Era otro de sus innumerables defectos. Se los digo yo que los heredé casi todos, incluyendo la pasión por cierta música. Aunque he aprendido a amar lo más exquisito y sofisticado que ha compuesto el ser humano, como la música de Bach, Mahler o Wagner, por ejemplo, puede tumbarme a la lona una canción de Julio Iglesias o Manolo Galván. Si pongo mi reproductor musical en modo aleatorio, es posible que luego de un movimiento de un Cuarteto de Cuerdas de Shostakóvich siga una balada de Camilo Sesto. ‘No sabes cuánto te quiero’ o ‘Amor, amar’, por ejemplo.

El caso es que mi padre era un tipo al cual Jacobo Celnik consideraría un melómano: sabía de la música que le gustaba, se pasaba horas en las tiendas de discos conversando con los conocedores y podía dedicar días enteros, en los rincones más insospechados del centro de Medellín, buscando los que para él eran tesoros musicales. Estaba infectado por ese bicho incurable del amor por la música. Sí, era un melómano. También era un coleccionista de música, pero eso es algo que puede, o no, ir ligado a la melomanía.

El libro que hoy quedará en las estanterías de la Biblioteca de La Línea del Medio es un bellísimo intento de definir esa obsesión: Melómanos, de Jacobo Celnik. Ahora bien, no se trata de un ensayo o de tratado erudito: es, más bien, la declaración de amor de un melómano por la música misma y por aquellos que, como él, le declaran todos los días su amor a la música. Lo que hizo Jacobo Celnik, entonces, fue contar dieciocho historias a través de las cuales los amantes de la música nos vamos reconociendo y definiendo al melómano que llevamos dentro.

El amor, como es bien sabido, se manifiesta de formas muy diversas. Por eso, aquí conocemos la historia de un amor loco por la ópera; de una melómana a carta cabal quien, sin embargo, apenas tiene unos pocos discos; la de un fanático que perdió todos sus tesoros musicales en una inundación, pero salió a flote; la comunicación que tiene el propio Celnik con un fanático argentino de la obra de Luis Alberto Spinetta; o la de un salsómano que reconoce las marrullas, las envidias y las bajezas a las que sería capaz de llegar por tener una pieza codiciada.

No es el primer libro de Celnik: los dos anteriores están dedicados a la música que lo conmueve más: el rock; uno se llama La causa nacional -historias del rock en Colombia- y el otro, Satisfacción -conversaciones con el rock-. En cualquiera de ellos hay conocimiento, investigación y, sobre todo, pasión. Eso último, en resumidas cuentas, es lo que nos define a los melómanos. Y es que yo también lo soy, sin duda, además de coleccionista. Lo soy aunque desde hace años mi forma de amar la música se manifiesta en un rendido culto a la más perfecta de todas las creaciones sonoras: el silencio.

*Mauricio Arroyave, periodista, lector caprichoso y frustrado librero, @mauroarroyave

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