Mentir para gobernar

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Lastimosamente, en los últimos años, ha venido haciendo carrera la fórmula de acudir a artimañas, mentiras, difamaciones y juego sucio para ganar las elecciones. Es una nefasta práctica política que no solo sucede en lo local y regional, sino que también ha trascendido a lo nacional y, quién iba a pensar, también traspasó fronteras.

En tiempos de elecciones, vemos cómo, en pequeños pueblos de Colombia, se pierde toda tolerancia y respeto por las ideas contrarias y se convierte la temporada eleccionaria en una guerra sin cuartel, que deja enemigos incluso en el mismo entorno familiar. Esto se debe a un nivel de fanatismo desbordado y al gran grado de polarización que vive el país que para nada contribuye a generar un clima de armonía en las regiones.

Aquí hacer que la gente salga a votar “verraca” parece haberles funcionado, sobre todo al actual partido de gobierno que acudió a mentiras y tergiversaciones para que ganara el NO en el plebiscito por la paz del 2 de octubre de 2016.

Fue un tiempo en el que se dijo de todo, que el país se iba a convertir en una segunda Venezuela, que el gobierno Santos le entregaría Colombia a las FARC, que los subsidios para los menos favorecidos se iban a acabar, que el “castro-chavismo” se tomaría el poder, que “Timochenko” sería candidato presidencial. Una senadora del Centro Democrático dijo incluso que si ganaba el SÍ se les quitaría el 7% a los pensionados; un pastor en Barranquilla fue más allá y afirmó que la firma del Acuerdo de Paz fue un rito satánico. Un sinfín de embustes al final caló en la opinión pública nacional, con los resultados que ya todos conocemos.

Es más, en su momento, a través de un auto de la magistrada Lucy Bermúdez, el Consejo de Estado señaló que existió una supuesta “violencia sicológica” derivada de engaños de la campaña del NO contra los acuerdos de paz. ¡Algo muy grave!

Una situación similar sucedió luego con la campaña presidencial que terminó por llevar a Iván Duque a la Casa de Nariño. En época electoral, las redes sociales fueron inundadas con mensajes confusos y con noticias falsas; se dijo, por ejemplo, que Gustavo Petro era “castrochavista” y que, de ser presidente, aplicaría un programa de gobierno que llevaría al país a una crisis similar a la venezolana. Apelaron a su pasado para reforzar la estrategia de desprestigio.

Si por Colombia llueve, por Estados Unidos no escampa. Los comicios presidenciales en el país del norte estuvieron pasados de términos y de señalamientos de unos y otros, pero principalmente de Trump hacia Biden.

Trump fue desbordadamente deshonesto; en primer lugar, mintió sobre el manejo que le dio a la crisis de la pandemia y dijo que “estamos doblando la esquina, se va a ir”. Hoy Estados Unidos es el país con más casos de personas fallecidas en el mundo y la cifra de contagios ya reboza los 13 millones.

El saliente presidente estadounidense también arremetió contra el voto por correo, señalándolo de ser un mecanismo que se presta para el fraude. Se fue con toda en sindicaciones contra su oponente y, al mejor estilo de la política nacional, lo “graduó” también de “castro-chavista”, una práctica que no les funcionó a los republicanos, pues en Estados Unidos, los electores no comen cuento con ese tipo de afirmaciones y se centran más en las propuestas de campaña. Fue tanto el desespero de Trump que se atrevió a decir que, si ganaba Biden, acabaría con una tradición como la Navidad y la celebración del Día de Acción de Gracias, algo totalmente salido de los cabellos.

Todo esto demuestra que el poder no tiene límites y, en muchos casos, quienes aspiran a ostentar una dignidad en una corporación pública rompen todos los límites con tal de lograrlo, e incluso, recurren al exterminio físico de sus oponentes para sacarlos del camino. En nuestro país, infortunadamente, sí que tenemos casos, sobre todo en aspiraciones a alcaldías.

Ojalá todas estás prácticas logren extirparse de la política definitivamente y, para ello, también se necesita del concurso de los electores, que son quienes llevan al poder a las personas. Necesitamos ciudadanos preparados para la democracia, que no se dejen sobornar, que estudien las propuestas de los candidatos, que lean más, que voten a conciencia y, sobre todo, que elijan a los mejores y no se dejen engañar con mentiras por quienes aspiran a gobernarlos.

*Guillermo García Realpe, Senador, @GGarciaRealpe

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