Debí hacer mucho más, dice el exministro del interior Guillermo Rivera. Debimos todos y cada uno y cada una de nosotros, le contestamos desde La Línea.

Desde hace unas semanas, antes de que el Covid19 se convirtiera en una amenaza para el mundo, empecé a leer “La monarquía del miedo” de Martha C Nussbaum. Ayer terminé de hacerlo, y sus reflexiones, todas ellas derivadas de la filosofía, me han resultado, en lo que a mi plano personal corresponde, muy pertinentes para enfrentar esta crisis. Quisiera compartir mis impresiones de este libro en el contexto en el que estamos viviendo en estos últimos días, sin que con ello pretenda volver esta columna un ejercicio de auto ayuda, pero si quizás como una invitación a mirarnos como sociedad global y nacional en el espejo.

Nussbaum hace un repaso muy interesante por los griegos y los romanos para desentrañar el concepto de esperanza. Ellos no la definieron específicamente pero sí la explicaron y entendieron cómo el reverso de la moneda del miedo. Los estoicos acudieron a la metáfora para señalar que el miedo era contracción y encogimiento en tanto que la esperanza era expansión y elevación.

En estos momentos, todos, unos más que otros, sentimos miedo y a la vez albergamos la esperanza de que toda esta situación se superará en algún momento. Por nuestros pensamientos ronda el anhelo de ese día en que todo vuelva a ser como antes o que todo vuelva a ser normal. Sin embargo, en la vida no hay días que se repitan por más parecidos que lleguen a ser. A mi modo de ver y en el de varias personas a quienes he leído en columnas de prensa o en las redes sociales, una vez superada esta pandemia nuestras vidas habrán cambiado para siempre y, por lo tanto, esa esperanza con la que estamos y seguramente seguiremos enfrentando este miedo que nos martiriza, debería tener un propósito de transformación de nuestra vida individual y colectiva. Quizás como la propia Nussbaum lo insinúa en su libro, es importante llenar de contenido esa esperanza para alcanzar un mundo más justo.

Hablar de un mundo más justo nos conduce a pensar en la justicia y ésta tiene una significación particular para cada quién. En las páginas de La monarquía del miedo, su autora arriesga una interesante propuesta que se concreta en definir los derechos humanos básicos en términos de capacidades, de unas oportunidades reales que todos los ciudadanos deben mínimamente tener. Esta definición me trae a la memoria una frase célebre de Etanislao Zuleta: “De poco sirve tener derechos si la sociedad en que uno vive no le da la posibilidad de ejercerlos”. Tanto Naussman como Zuleta lanzan una profunda crítica a una sociedad y a unos Estados que han universalizado formalmente los derechos pero que se han quedado rezagados en asegurar unas condiciones mínimas para su ejercicio.  A manera de ejemplo, los ciudadanos del Chocó, o al menos la mayoría de ellos, tienen afiliación al régimen subsidiado en salud, pero, si se enferman, tendrán que acudir, en el mejor de los casos, al Hospital de Quibdó cuyas condiciones son deplorables y, por lo tanto, hay que decir que formalmente tienen derecho a la salud pero que su ejercicio está bastante limitado.

Así las cosas, esta tragedia universal por la que estamos atravesando, que nos llena de miedo cada día y del que nos refugiamos en la esperanza de que en algún momento la superaremos, debería ser fuente de inspiración para ir un poco más allá de anhelar el fin de la epidemia y quizás anhelar una sociedad más justa.

Creo que, en estas circunstancias actuales, hasta los más neoliberales tendrían que reconocer ahora que entregar a la sociedad a los brazos exclusivos del mercado sería un suicidio colectivo. Dicho de otra manera, construir una sociedad más justa – si ése llegara a ser el propósito universal después de superada esta epidemia – sería imposible sin un Estado robusto. Eso sí, con un igualmente robusto sistema de pesos y contrapesos, como corresponde en un sistema democrático.

Los lectores se preguntarán: ¿y qué tiene que ver eso con el Covid-19? O, ¿un modelo de Estado con mayor garantía de derechos habría evitado el surgimiento de esta pandemia? Respondo las dos preguntas en una sola: en una sociedad con tantas desigualdades como la nuestra, el impacto será mayor, por una parte, y, por la otra, indudablemente si, en lugar de haber dejado al sistema de atención en salud expuesto a las reglas del mercado, hubiéramos diseñado uno en el que, al menos, la prevención de la enfermedad y la atención de epidemias estuvieran en cabeza de unas instituciones fuertes presupuestal, científica y tecnológicamente, no estaríamos en Colombia, y en otras partes del mundo, adecuando hoteles para transformarlos en hospitales transitorios.

En fin…ojalá las lecciones que nos está dejando esta inédita experiencia nos conduzcan a un replanteamiento estructural de nuestros hábitos de vida individuales y de nuestra organización social, lo cual incluye el modelo de Estado. Dicho esto, quisiera plantearles algunas reflexiones sobre tres aspectos básicos que, a mi juicio, merecen ser transformados para que las décadas por venir no nos sorprendan con realidades como la que estamos viviendo. Ellos son: el sistema de salud, nuestro derecho a gozar de un medio ambiente saludable y la alimentación. 

1.     El sistema de salud

La mejor manera de entender el tamaño de las históricas equivocaciones mundiales en materia de atención en salud es comparando con el esfuerzo que hacen todos los Estados por mantener e incrementar año a año sus presupuestos en defensa nacional. No me refiero a los esfuerzos en preservar la seguridad ciudadana sino a aquellos que hacen por mantener y fortalecer unas fuerzas militares acantonadas en unos batallones a la espera de que, a lo mejor, en algún momento, haya que librar una guerra contra una nación invasora de su territorio. Todo esto ha ocurrido a lo largo de la historia universal porque nuestra organización social ha sido el resultado de las guerras y, aunque no se diga explícitamente o, incluso sin que nos detengamos a pensarlo, en ningún Estado se discute que haya que estar preparados frente a cualquier atentado contra la soberanía territorial. Pues bien, ya que por estos días hemos hecho transitar la palabra héroe desde el soldado hacia el médico, ¿por qué no pensar en convertir el sistema de salud en un asunto de seguridad nacional o incluso universal? Imaginemos un mundo en el que se construyan hospitales tan rápido y tan bien dotados como se construyen batallones y que, así como los militares tienen un régimen laboral especial, los médicos también lo tengan. Imaginemos también que, así como se destina un frondoso presupuesto a la compra y mantenimiento de armamento, esos mismos montos se destinaran en el futuro a la dotación de hospitales y a la investigación epidemiológica. Para volver al relato de Nussbaum, un sistema de salud de esa naturaleza permitiría no solo la formalización de un derecho sino la posibilidad real de su ejercicio.

2.     El derecho a gozar de un medio ambiente saludable

Cada día que pasa, y con mayor razón ahora, me convenzo de que nuestra sociedad necesita reconciliarse con la naturaleza. Nuestro consumismo desbordado nos ha convertido en unos depredadores sin límite. Nada, excepto el Covid-19, logró frenar el consumismo. Por estos días, hemos visto imágenes de peces en los canales de Venecia y delfines en la bahía de Cartagena, fotografías de un pequeño zorro que descendió de los cerros de Bogotá hasta un barrio del norte de la ciudad y la alcaldesa de la capital ha dicho con satisfacción que los medidores de la calidad del aire han indicado un descenso sustancial de la contaminación. Paradójicamente, mientras una amenaza avanza contra los seres humanos, la fauna y el aire parecen aliviados. Lo que hoy padecemos no puede hacernos olvidar que tenemos por delante una amenaza mayor: se trata del calentamiento global y estamos haciendo muy poco para frenarlo. Ojalá una vez superada esta pandemia, el mundo cierre filas para luchar en serio contra el cambio climático. De nada nos servirá gozar del derecho a la libertad de movilizarnos de un lugar a otro si la calidad del aire se deteriora con el paso de los días y si un número indeterminado de fenómenos naturales adversos a la humanidad ocurrirá en las próximas décadas.

3.     La alimentación.

Desde que se advirtió la gravedad de lo que se venía con la epidemia, se empezaron a observar largas filas en los supermercados por cuenta del afán del abastecimiento de alimentos. Creo que, a la mayoría, aunque no lo hayamos dicho, siempre nos acechó el temor de que en un momento dado la cadena de producción de alimentos se pudiera interrumpir. Y no se trataba, ni se trata, de un temor infundado. Además, el cierre del tráfico aéreo tiene consecuencias sobre la producción alimenticia, no solo por los alimentos importados sino también por los insumos que se usan para los cultivos en Colombia.

Por cuenta de la pandemia y los temores sobre una eventual interrupción en la cadena de producción de alimentos, he recordado las propuestas acerca de la soberanía alimentaria que algunos sectores políticos han venido planteando de unos años para acá, sobre todo a partir de la apertura económica de los años 90s y de la firma del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos en la primera década de este siglo. Debo reconocer que, cuando lo planteaban, me parecían utópicos y algo rezagados en cuanto a la comprensión de la dinámica económica mundial. Hoy debo reconocer que tenían mucho de razón y que, así como un país debe tener un sistema de salud preparado para cualquier eventualidad, también debe hacer lo propio con la producción de alimentos.

Ahora bien, no se trata solo de asegurar que la producción de alimentos esté blindada frente a eventualidades como la actual sino también de cerrar las brechas sociales y económicas entre quienes viven en las zonas rurales y quienes vivimos en las ciudades. En ese orden de ideas, para el caso colombiano, implementar el punto 1 del Acuerdo de Paz, que se refiere al desarrollo rural, debería ser una prioridad.

Nota final

Durante un poco más de 20 años, me he desempeñado como servidor público y, como tal, he tenido responsabilidades en las altas esferas del Estado. Esta pandemia también me ha puesto frente al espejo y debo decir que hoy reconozco que, no obstante la buena fe que siempre me ha acompañado, debí haber hecho mucho más por construir una sociedad más justa y no tan expuesta a realidades tan crueles como la que hoy enfrentamos.

*Guillermo Rivera, ex ministro del interior, ex representante a la Cámara. @riveraguillermo

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