Es el momento de invertir la jerarquía y poner a la economía solidaria y del cuidado en el centro del debate.

Si algo ha quedado claro con la pandemia, es la importancia de los trabajos de cuidado y, a su vez, el pobre reconocimiento y valoración que tienen. A los ojos del planeta entero se ha evidenciado, a través de las noticias y las redes, quiénes han sostenido en gran parte la crisis: enfermeras, trabajadoras del hogar y los cuidados, cajeras,  trabajadoras del campo, teleoperadoras. Todo un andamiaje del sistema laboral en el que este tipo de actividades se encuentran, en general, al final de la cadena. Trabajos precarios, marginalizados, mal pagos, muchas veces sin seguridad social y, en general, a cargo de las mujeres.

Históricamente se ha relegado a la mujer a este tipo de trabajos de cuidado, lo cual no quiere decir que se esté biológicamente programada para esto. Las mujeres saben más de cuidado simplemente porque les ha tocado realizar estas labores toda la vida. Como ha mencionado repetidamente la economista Cecilia López, se ha asumido el cuidado del hogar y de los otros como un mandato social a cargo de las mujeres, a la vez que se marginaliza y discrimina su rol.

Es de notar, asimismo, cómo la relación entre labores de cuidado, informalidad y trabajo precario es estrecha. Aun en la actualidad muchas empleadas domésticas, cuidadoras de niños y ancianos, trabajadoras del aseo entre otras, trabajan sin contratos laborales y con base en el trabajo flexible. Es bien sabido, además, que el cuidado de niños y ancianos es una de las principales fuentes de trabajo para las mujeres migrantes en los países ricos.

A su vez, la pandemia también ha dejado claro, por fin, que, en Colombia, la informalidad ocupa más de la mitad del mercado laboral y que una buena parte de las personas que se ocupan de trabajos de cuidado son informales. Según El Espectador (27.04.2020), de acuerdo con cifras del DANE, de los más de 22,2 millones de personas ocupadas al cierre de 2019, 9,4 millones eran trabajadores por cuenta propia (42,4 %). Si bien en este grupo hay profesionales independientes que cotizan seguridad social, el grueso de la categoría la componen informales (86,2 %) que pertenecen a los estratos 1 y 2 (74,2 %) y que son pobres o vulnerables (69,6 %).

La informalidad hace parte, a su vez, de esa población que no está contabilizada y que no hace parte de las clases medias, sino de una vasta población en vulnerabilidad económica. Mientras que las políticas públicas están diseñadas para salir de la pobreza o para sostener a las clases medias, la población en vulnerabilidad económica ni siquiera está focalizada. No está en ningun registro ofical, ni en progamas como Familias en Acción, dando pie a que estrategias de choque como Ingreso Solidario sean de nuevo el caldo de cultivo para la corrupción tan propia de este país.

Liderazgos femeninos

El trabajo informal ha sido durante décadas la forma de salir adelante por cuenta propia frente al vacío institucional en el que vive la población vulnerable. Esta población reemplaza, en cierta medida, las funciones del Estado a través de procesos de autogestión en donde la familia y la mujer, en particular, tienen un rol central.

En efecto, los análisis de los procesos de auto-organización de la informalidad pone de relieve el rol central de la familia y de la mujer. La microeconomía, la mujer cabeza de familia, las madres solteras, las trabajadoras domésticas, son figuras esenciales de nuestra sociedad actual y nos señalan cómo las redes familiares son en realidad redes de apoyo donde toma sentido la idea de identidad local. Según la investigadora María Mercedes Cuéllar, en ese tipo de trabajo y de autogestión, la participación de la familia y, en particular, de la mujer es determinante. En comparación con el hombre, se observa una mayor predisposición de la mujer colombiana al establecimiento y organización de actividades productivas y de economía solidaria, así como un reconocimiento de la importancia de la claridad de las reglas de juego y de la capacidad de acoger normas y prácticas culturales propias de las estructuras sociales y económicas establecidas.

Hemos visto durante el confinamiento cómo las diferentes redes de apoyo y de economía solidaria ya existentes se han reactivado. Éstas se manifiestan como formas de organización de la población de manera autónoma y pueden también leerse como formas de construcción social “desde abajo” las cuales son movilizadas por mujeres en gran medida. Por todo esto, el impacto de la crisis actual debe aprovacharse para analizar más de cerca estas lógicas y formas de organización y darles el lugar que se merecen. Como igualmente ha señalado Cecilia López, es hora de posicionar estos temas en la agenda pública. Es el momento de invertir la jerarquía y poner a la economía solidaria y del cuidado en el centro del debate sistematizando con cifras, porcentajes de hombres y mujeres por edad, en este tipo de trabajos y pensar en estrategias de incorporación  y formalización de esta población en el mercado laboral con salarios dignos y seguridad social. Asimismo, es necesario promover la articulación entre organizaciones y alianzas estratégicas entre comunidades sostenibles en donde el papel de la mujer debe ser central.

Finalmente, no sobra mencionar el papel que ha tenido la alcaldesa Claudia López en el manejo de la crisis. Con la pandemia, también se han puesto a prueba los gobernantes de todo el mundo. Mientras Trump y Bolsonaro evidencian cada día el desastre de sus decisiones, Angela Merkel en Alemania y Jacinta Ardern en Nueva Zelanda, han podido contener la enfermedad poniendo como prioridad el cuidado y la protección de la vida de cada ciudadano/a.

Valga la oportunidad para decir que es sorprendente el impacto mediático y simbólico que produjeron las fotos de Claudia López y su esposa haciendo mercado y comprando pizza como cualquier “ciudadanas de a pie”. Sobra decir que la alcaldesa, quien ha defendido fervientemente el confinamiento como medida para detener el virus, cometió un error bastante tonto con este hecho. Sin embargo, hay que analizar más al detalle la dimensión de dicho impacto. Que Claudia López sea mujer y que como alcaldesa vaya al mercado y camine por las calles de la ciudad como cualquier ciudadana es inaceptable en un país aún patriarcal y arribista, donde los políticos deben en su mayoría ser hombres de poder que jamás se verían haciendo el mercado por su cuenta y mucho menos saliendo de sus casas sin sus 4×4 y sus sendos séquitos de guardaespaldas. ¿Cuán deseable sería que los políticos de Colombia tuvieran una vida normal y percibieran salarios que no ahondaran la increíble brecha de la desigualdad del país!

Para no ir tan lejos, celebremos por ahora las decisiones de la alcaldesa como los cambios en el nuevo plan de desarrollo en donde ya se vislumbra el lugar de los trabajos de cuidado con mucha más dignidad y reconocimiento y la igualdad de oportunidades como uno de los puntos centrales. Para decirlo en las palabras de la antropóloga argentina Rita Segato, es hora de de-construir el orden patriarcal y darle a la mujer la oportunidad de demostrar que el cuidado de todas las formas de vida y de la humanidad están por encima de cualquier poder.

* Pilar Mendoza, periodista, investigadora, PhD y magister en sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

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