Muñequear para atajar: las aburridas estrategias del centro y la izquierda

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El centro y la izquierda parecen estar atrapados en cárceles clásicas de la ideología y están concentrados en el clásico “muñequeo de hacer alianzas para atajar rivales”.

La dirigencia política colombiana está hoy hiperactiva en una cocina compartida. Se le ve concentrada en el adobe de platos trasnochados con condimentos indigeribles. Los y las chefs experimentan con fruición otras versiones culinarias “de centro”, “de izquierda” y “de derecha”. La culinaria de la derecha lleva 211 años pateando la cocina y sus menjurjes cada vez son peores y más dañinos, razón por la cual su menú no tiene ningún interés de examen ni de prueba. Llama la atención entonces las ofertas de los nuevos cocinados y cocinero(a)s y sus menús de centro y de izquierda. Pero, apenas uno se acomoda en la mesa y revisa la carta, la decepción hasta hoy es rotunda por el poco esfuerzo creativo para imaginar y servir una nueva mesa y por la insistencia en un salir del paso con un mal almuerzo hecho con los restos de una mala despensa.

La dirigencia de centro y de izquierda husmea en un enmohecido escaparate buscando los residuos de un guardado pobre y desangelado para un mal plato sin gracia. Olfatean entre los restos de la socialdemocracia, la democracia cristiana, el liberalismo, el reformismo y el socialismo – todos de talante decimonónico – para revivir viejas recetas en la ilusión de darse una palomita en el gobierno.

Esa parece ser la narrativa para reemplazar los 211 años con los que perfiló la derecha el asunto republicano en esos dos siglos largos que no pueden ocultar las marcas indelebles de inequidad, violencia, inseguridad, corrupción, narcotráfico y crimen, saldo que ha dejado una nación desgarrada e inane para afrontar un destino difícil en un contexto complejo de crisis y de nuevos problemas cruciales del mundo contemporáneo. Es claro que ha habido resistencia, crítica, reflexión y búsqueda de alternativas, hoy adelgazadas por ese volver atrás en los métodos y las fórmulas.

Están concentrados en el clásico “muñequeo de hacer alianzas para atajar rivales”. Los diferentes voceros del centro quieren atajar a Petro. Petro quiere atajar a todos los voceros del centro. Y los que se quieren salir de ese círculo en las filas del centro y de la izquierda claman por atajar a Uribe. Y Uribe, por supuesto, quiere atajar a Petro y a los centristas que no se acomodan en la galería de la ultraderecha agrupada en su autodenominado “Centro Democrático”.

Así, el centro y la izquierda parecen estar atrapados en esas tres cárceles clásicas de la ideología. De un lado, siguen convencidos de que el destino de las sociedades contemporáneas y sus problemas sustantivos pueden seguir siendo gestionados por una estirpe de políticos profesionales, de supuestos partidos renovados o de élites clarividentes. En segundo lugar, pretenden seguir convencidos y convenciendo de que son los nuevos pontífices elegidos para cumplir esa misión ecuménica de la salvación de los pueblos. Y, finalmente, pretenden legitimar su entrega a esa misión a través de la factura de un programa de objetivos y acciones ya trillados.

Es válido preguntarse: frente a esta crisis tan estructural y profunda provocada por ese péndulo detenido en la orilla de la derecha por dos siglos, ¿acaso la alternativa debe ser el muñequeo para atajar en la repartida de la baraja a una u otra figura del resto del espectro? ¿Frente a la crisis de esta magnitud no se trataría acaso de imaginar y construir un proyecto social de otra estirpe y largo aliento? ¿Y ese proyecto social no requiere algo más serio que una alianza efímera entre compadres y comadres para atajar rivales y un programita de afán para treparse al gobierno?

Tenía razón Octavio Paz cuando criticaba los mitos y los métodos inventados por los revolucionarios modernos y las religiones tradicionales para alcanzar la salvación de los pueblos y la solución a sus problemas. Unos exigieron la misión de salvar al pueblo de sus miserias y carencias a la Revolución y los otros lo exigieron a los dioses. Ambos fallaron. Ahora se exige esa salvación a los gobiernos. Y siguen fallando.

Tiene razón otro poeta colombiano, William Ospina cuando afirma, refiriéndose a esta ilusión sobre los gobiernos en su Ya viene el otro: “¿Cómo lograr que los gobiernos dejen de ser dioses cuando se acercan y monstruos cuando se van? … Cuando dejemos de idealizar a los políticos, sus retóricas, sus odios, sus promesas, cuando dejemos de creer que de verdad alguien va venir a salvarnos y aprendamos a tomar iniciativas, a resolver problemas, a crear soluciones, a tomar posesión de un país tan grande, tan rico, tan bello pero tan poco amado por su gente y por ello tan pésimamente gobernado durante los doscientos años que lleva esta república”.

Es hora del brote de una iniciativa razonable de las gentes de la izquierda y del centro invitando y convocando a movimientos sociales, a comunidades grupos, organizaciones e individualidades a pensar y a esforzarse por construir un proyecto social que parta de un principio básico: no hay salvadores ni salvación fuera de nosotros mismos. Poner algún freno a las masacres, el crimen, la corrupción, el narcotráfico, la nueva ola de violencia, la inequidad, la destrucción del medio ambiente y encontrar una senda más constructiva e incluyente tiene una ruta distinta a la clarividencia, las buenas intenciones o las componendas. Es una ruta ardua de aprendizaje y construcción de un nuevo ADN, de nuevas identidades, prácticas, comportamientos y valores sobre la vida digna y respetuosa de los otros, de propiciar y despertar fuerzas y energías en una sociedad confundida para enfrentar un futuro aciago, incierto y difícil. Uno alcanza a oír en el repertorio de algunos dirigentes de ese espectro aquella retórica de abrir una oportunidad para nuevas ciudadanías. A asumirlo y a dejar la pretensión de ser los demiurgos de la historia. De pronto volvemos a fracasar y entonces seremos una estirpe sin una segunda oportunidad sobre la tierra. Pero, por lo menos, hay que intentarlo.

P.D. Esta reflexión fue producto de un almuerzo cocinado y compartido con mi mujer y mi hijo en un patio en medio de esta pandemia.

*Juan Carlos del Castillo, arquitecto, PhD en urbanismo

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