Nariño ¡responde!

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Nariño votó por el cambio y ganó. Votó para que las instituciones, empresas y entidades les sean arrebatadas a los poderes corruptos y clientelistas. El mandato es rescatarlas.

(Lea también: El fin del régimen y la nueva democracia)

El pasado 19 de junio, luego de conocerse el nombre del próximo presidente de los colombianos, y en medio de la celebración, saludé al senador campesino electo por el Pacto Histórico, Robert Daza y a su esposa. Abrazos de felicitación y el obligado discurso. La ciudadanía en éxtasis, la alegría se hizo festejo, una gran fiesta popular. En medio de la algarabía y de los abrazos que iban y venían sin parar, le pregunté gritando (por la bulla, la música y la pirotecnia) a la esposa de Robert, como él, campesina y reconocida lideresa de la región: – Y ahora, qué, ¿listos para dejar de ser oposición y empezar a ser gobierno? – Su mirada al horizonte fue su respuesta.

Luego de casi tres semanas de la victoria de Gustavo Petro y Francia Márquez, los congresistas de Nariño electos por el Pacto Histórico invitaron a sus bases a una reunión de agradecimiento en Pasto. Primera noticia: Nariño tendría un nuevo senador de la lista cerrada del Pacto Histórico. Se trataba del sociólogo nariñense Alberto Benavidez. Luego, las muy esperadas intervenciones. Vítores, agradecimientos, los proyectos, la ilusión, Bogotá, el Plan de Desarrollo, el empalme.

La gran mayoría del auditorio estaba allí para conocer, más que nada, los pormenores del empalme. La anunciada y muy esperada transmisión del poder. Pero el anuncio no fue lo que se esperaba. Pronto, un común denominador empezó a quedar latente en las intervenciones, casi que al tenor de Sarmiento Angulo, según el cual: “aquí no se viene con el cuentico de que vamos a cambiar todo”.

En el orden que hicieron las intervenciones, y puntualmente sobre el relevo que se viene en las entidades del Estado, Robert Daza empezó argumentando que la idea no era actuar como los politiqueros tradicionales, que lo ideal era que a éstas lleguen personas con perfil, mediante procesos meritocráticos a cumplir con su misionalidad.

Por su parte, Alberto Benavidez, aún en tono de campaña e inexplicablemente pidiendo aplausos para los senadores, representantes y líderes políticos tradicionales que se unieron recién para segunda vuelta, afirmó que el objetivo era ¡que ellos (los políticos tradicionales) dieran ejemplo de cambio! En ese sentido, dijo que habría que tomar con tranquilidad las fotos de Francia Márquez con Liliana Benavidez, heredera política de Myriam Paredes del Partido Conservador, partidaria de Fico en primera y de Rodolfo Hernández en segunda vuelta. Agregó que recuperar empresas como Centrales Eléctricas de Nariño – Cedenar – o entidades como Corponariño (habló de la empresa de energía y de la corporación), no tenía que ver con cuotas burocráticas.

Finalmente, Erik Velazco, con una sinceridad propia de un político joven y bienintencionado, afirmó tener muchas incertidumbres sobre el proceso de empalme. Se debe romper, dijo, con el esquema de “qué entidad le corresponde a tal congresista.” Que la lucha es para que las empresas públicas le pertenezcan al pueblo. Mencionó, este sí con nombre propio a Corponariño y Cedenar, insinuando que ningún congresista del Pacto Histórico tendría cuotas o influencia en ellas, pues la idea no era que “todo cambie para que todo siga igual”…

Me pregunto si será ingenuidad creer que el cambio por el cual votaron los nariñenses en masa era para hacer cambiar al político tradicional, aquel venido de la más rancia derecha que le dijo SÍ al fracking, que respaldó al infame Ministro de Defensa o que propuso aumentar en dos años el período del presidente Iván Duque y el suyo propio siendo congresista.

(Texto ralcionado: Civilización)

Tal vez se trate de un tipo de sinceridad estratégica. Un tipo de aprobación para que, en pro de la gobernabilidad y del Acuerdo Nacional, hacer entender a sus bases que las entidades deben seguir en manos de quienes las han manejado, pero que ya no las van a utilizar para politiquería ni corrupción, porque en un gobierno de cambio, hasta la derecha fascistoide cambiaría.

La aparente renuncia a la influencia sobre espacios de decisión del Estado por parte de los nuevos congresistas, al menos en Nariño, se puede explicar: Han dedicado buena parte de sus vidas y sus luchas al trabajo comunitario, a la lucha social, a estar junto a las comunidades enfrentándose, justamente, a ese Estado, a sus instituciones, a sus políticas y a sus representantes. Pasar del lado de ese mismo Estado al cual han combatido por décadas, no debe ser nada fácil.

Por ello, es entendible que estos nuevos parlamentarios traten con cierta repugnancia a las entidades que durante sus vidas públicas han sido objeto de sus más duras críticas y blancos de sus discursos. Y por supuesto, eso no ha sido gratis. Que Cedenar, Comfamiliar, Corponariño, el Inpec, el Sena, el DPS, la Esap, Invías, el ICBF, etc., hayan sido históricamente utilizados en Nariño de manera politiquera y convertidos en antros del más odioso clientelismo es asumido con cierta naturalidad, como si esa fuera su razón social, su misionalidad. Pensarán, los nuevos congresistas, que tener alguna relación o influencia directa o indirecta con esas entidades, sería como untarse de mierda, como tener una mácula que automáticamente les pondrá el antenombre “corrupto”.

Pero aunque sea entendible, es poco defendible ahora. Nariño hoy es muy importante como para que los representantes del cambio traten al Estado con tanto desdén. El propio Gustavo Petro se encargó de encumbrar a este sur como ejemplo y símbolo del poder del cambio en el contexto nacional. Y el cambio se expresa a partir de las instituciones del Estado.

Nariño votó por el cambio y ganó. Votó para que las instituciones, empresas y entidades les sean arrebatadas a los poderes corruptos y clientelistas. El mandato es rescatarlas. Ese es el ruego que triunfó el 13 de marzo, el 29 de mayo y el 19 de junio.

Ahora, el hecho de que partidos como el Conservador, el Liberal de Gaviria o la U, hayan anunciado que no serán oposición, es un cebo, su tiquete al tren del Acuerdo Nacional. (No solo han perdido su vocación de poder, sino su vergüenza). Su comodidad se llama clientelismo y contratos.

¿Acaso los nuevos congresistas dan por sentado que el costo del apoyo de los tradicionales al Acuerdo Nacional es dejar las cosas como están? 

¿Han pensado en las elecciones locales que inician en octubre? 

Dejar el timón del Estado en los territorios a quienes han utilizado las entidades para su uso y abuso, sería un error garrafal. Y peor es dejarlas en manos de los partidos que en lo único que destacan es en su voraz apetito burocrático y en los escándalos que hoy estremecen al país: los 500 mil millones del Ocad – Paz, la corrupción en la Aerocivil, los 70 mil millones de Centros Poblados… Aún más grave es premiar a éstos con el poder del Estado que les permite seguir comprando curules, alcaldías y gobernaciones.

Si nuestros nuevos parlamentarios no tienen en su cabeza el inventario de entidades que se utiliza para gobernar a Colombia, las instituciones que interpretan y ejecutan las políticas venideras, los “aplaudidos políticos tradicionales” que se sumaron apenas en segunda vuelta y aquellos que nunca llegaron y que siguen siendo la oposición al cambio (aunque no hagan oposición al gobierno progresista), sí que lo tienen. De buena fuente les digo que han iniciado ya una cruzada para que sean agendados por el arquitecto del Acuerdo Nacional, el próximo presidente del Senado, Roy Barreras. Escogido precisamente porque sabe hablar dos idiomas, el del Pacto, para los que ganaron los votos calle a calle, vereda por vereda, y el de la mermelada, única forma de comunicación con Conservadores, la U y demás paracaidistas.

Creo que no es momento de esperar a ver qué se decide desde Bogotá. Es hora de que los nuevos congresistas dejen atrás su ropaje de dirigentes sociales antisistema y asuman y abracen el poder como verdaderos líderes políticos, como protagonistas de un nuevo sistema, con decisión y sin temor. La comandancia del Estado y sus instituciones lo reclaman, al igual que los 600 mil nariñenses que conformaron aquel célebre 80% de votos por el cambio: los Vientos del Sur.

Así es la política. La reflexión contenida en la introducción del famoso texto de Hannah Arendt ¿Qué es la Política?, la cual lleva por título “¿Por qué debe haber alguien y no nadie?”, concluye que es erróneo en el juego de la política, considerar liberarnos de ella y que en el lugar del poder no haya nadie. Aquello, dice, significa el más terrible de los despotismos.

Su conversión está a tiempo: Entiendan que han dejado de ser los Nadie de Francia y deben ser los Alguien de Hannah Arendt.

(Le puede interesar: ¿Quién gobernó a Colombia durante el uribato?)

*Javier Eduardo Lasso Muñoz, politólogo de la Universidad del Cauca y magíster en Estudios Latinoamericanos con mención en Relaciones internacionales de la Universidad Andina Simón Bolívar, con sede en Quito, Ecuador. Su vida laboral ha transcurrido entre la docencia y el servicio público. @javierlassom

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