Néstor Humberto Martínez, el sicario de la paz

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Sacado de Confidencial Colombia

Literalmente, sin armas de fuego en mano, pero con la sevicia de los matones de Escobar, Néstor Humberto Martínez buscó asesinar un proceso que puso fin a un conflicto de más de sesenta años.

Sacado de Confidencial Colombia

La Real Academia Española, define la palabra sicario como “asesino asalariado”, es decir, alguien que, impulsado por un dinero, le quita la vida a otra persona.

Un “buen sicario” se ufana de sus crímenes. Bastaba solo con ver a alias Popeye narrar orgulloso sus asesinatos. Esos “buenos” sicarios tienen cajas de resonancia que, sin pudor, replican las acciones criminales que ejecutan.

Un “excelente” sicario es manipulador y mentiroso. Tiene varias caras para la sociedad. Por lo general, un “gran” sicario es cobarde. Sin su arma y desprotegido por sus compinches, se convierte en una persona asustadiza que corre o busca protección de sus jefes.

En Colombia, los tipos de sicarios son diversos. Uno muy destacado es el “sicario moral”. Ciertamente, no toma un arma para quitar la vida; no obstante, en sus redes sociales y con declaraciones verbales, es prolífero en expresiones encaminadas a socavar el prestigio y moral de una persona u organización. Uno de los mejores ejemplos fue la famosa frase “seguro no estarían recogiendo café”.

También están los “sicarios de cuello blanco”, esos que sin remordimiento roban los recursos de la niñez, la salud y educación. Sus perversas acciones han conducido al país a estar ubicado siempre en los primeros lugares de inequidad en el planeta y la muerte ronda las ciudades donde ejecutan sus actos criminales. Sin duda, el reciente escándalo protagonizado por contratistas del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, debido a la entrega de alimentos a quince mil fallecidos, ejemplifica con lujo de detalles la caterva enmarcada en los “sicarios de cuello blanco”

En otra esfera, están los “sicarios de la paz”, esos que con base en mentiras llevaron a una parte del país a votar no en el plebiscito y, desde las redes, propugnan incesantemente por hacer trizas los acuerdos. Se destacan algunas iglesias evangélicas, el partido de gobierno y empresarios que le tienen pánico a la Jurisdicción Especial de Paz – JEP – . Los une el sueño de ver a Colombia nuevamente bañada en sangre y dolor. Por supuesto, muertos, heridos, huérfanos, viudas y madres sepultando a sus hijos solo pertenecen a esa parte de la sociedad olvidada y vulnerable.

Dentro de esa última clasificación, con “honores” emergió el ex fiscal Néstor Humberto Martínez. La expresión precisa sería “lo emergieron”, ya que, por cuenta de cuatro valientes senadores, se destapó el vulgar y burdo entrampamiento que dirigió con el único propósito de derrumbar el Acuerdo del Teatro Colón.

Literalmente, sin armas de fuego en mano, pero con la sevicia de los matones de Escobar, Néstor Humberto Martínez buscó asesinar un proceso que puso fin a un conflicto de más de sesenta años.

Martínez encaja perfectamente en las características de un sicario. Con orgullo, presentó su libro “Las dos caras de la paz”, en el cual se dedicó a tergiversar la filosofía primigenia de la JEP y, por medio de un conjunto de mentiras vulgarmente diseñadas, golpeó la paz.

Igual que los “buenos sicarios”, el libro de Martínez tuvo un sonoro megáfono. La W Radio dedicó toda la semana posterior a la publicación del texto a analizar línea por línea y sin cuestionar – ¿no es la labor del periodista? – y la mesa concluyó que cada palabra escrita en ese patético libro era la verdad absoluta.

En una actitud similar, anunció el supuesto entramado descubierto por su Fiscalía que apuntaba a que los ex negociadores de las FARC y en ese momento senadores Seuxis Pausias Hernández y Luciano Marín habían negociado con el Cartel de Sinaloa un cargamento de cocaína.

La sevicia del abogado fue de tal dimensión que vinculó al General Naranjo, al mejor estilo de los mercenarios que miran las muertes de inocentes como un “daño colateral”.

Por otra parte, sobre cada acción y expresión de Martínez Neira se levanta una oscura y siniestra estela de duda. Todos recuerdan el pomposo anuncio que hizo, antes de las elecciones de 2018, publicado por El Heraldo de Barranquilla. Cito textualmente las palabras de quien ostentara la dirección de la Fiscalía: “El país va a quedar escandalizado cuando se conozca la dimensión de la corrupción electoral. ¡Nauseabunda”

Lo único cierto es que la corrupción electoral en el departamento del Atlántico ha sido y continúa siendo nauseabunda. Sin embargo, el escándalo anunciado no pasó de apresar a Ayda Merlano de quien hoy muchos nos preguntamos si es víctima o victimaria.

Igualmente, su desdeñable papel en el caso Odebrecht ratificó que la justicia colombiana está muy por debajo de los niveles de países como Perú, que demostró firmeza al condenar a los culpables del descomunal desfalco.

Claro que los senadores Cepeda, Petro, Sanguino y Barreras colocaron la cereza de ese podrido pastel que ha cocinado Martínez Neira a lo largo de su sinuosa carrera política.

En el trascurso del debate, sus contradicciones cantinflescas develaron todas y cada una de las mentiras que construyó con el objetivo de acabar el proceso de paz. Fue lamentable ver cómo la ética y moral de la que tanto se ha ufanado a lo largo de su carrera se desmoronó como un castillo de naipes y solo logró avergonzar a los colombianos honestos por haber tenido en la Fiscalía a un sujeto de tan baja calaña.

Por último, como los “buenos sicarios”, Martínez Neira tiene socios o patrones que lo defienden, personas tan poderosas que, para salvarlo, están dispuestos a pasar por encima de los intereses nacionales.

Su designación como embajador en España no demuestra solo el afán del gobierno de Duque por proteger al exfiscal; además, ratifica que, para el presidente, las relaciones internacionales, solo son concebidas como el sombrero del cual, como un mago, saca cargos para satisfacer a los miembros de su partido y untar esa mermelada que aceita el andamiaje de su endeble gobierno.

Es evidente que la Canciller, escondida en su casa y desconectada de la realidad global, desconoce que el país ibérico ha sido y continúa siendo un baluarte del proceso de paz.

A la par de otros países del primer mundo y el Consejo de Seguridad de la ONU, los españoles desprecian la guerra interna que ha sufrido el país Colombia y dimensionan las importancias del Acuerdo de Paz. Seguramente, la designación de un enemigo de la paz no será bien vista por el gobierno de Pedro Sánchez.

En Macondo, no pasará nada. La vergonzosa Comisión de Acusaciones jamás ha cumplido su función. Sin embargo, la línea que traspaso el exfiscal llegó hasta los Estados Unidos, vinculando en todo su sucio entramado a la DEA. No me queda duda que hablo por muchísimas personas al desear que, por fin el brazo de la ley, caiga sobre el intocable abogado.

*Héctor Galeano David, internacionalista.

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