Hay que votar por los mejores

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No basta entonces con reconocer a los mejores. Hay que votar por ellos para avanzar en la civilización política y el perfilamiento de gobiernos con legitimidad moral y democrática.

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Decantado el análisis de las votaciones para congreso y consultas y casi culminado el gota a gota de los escrutinios que no dejó bien parada a la autoridad electoral, he tenido la suerte de ser invitado por dirigentes cívicos y empresariales del Tolima, del Valle del Cauca y de la capital, para compartir mi visión política y la perspectiva de la definición electoral en las dos vueltas a las cuales indefectiblemente vamos a asistir.

Hemos pasado unas buenas horas discutiendo sobre los criterios de selección entre las binas integradas para escoger la dupla Presidente – Vicepresidente de la República y sobre la manera cómo estos ciudadanos están configurando su decisión. No esperaba un reconocimiento tan notable para la fórmula Fajardo – Murillo. Los participantes, de variadas tendencias políticas, disciplinas y profesiones, así como de los diferentes sectores económicos, reconocen mayoritariamente la ventaja en calificación y experiencia de los candidatos de la opción de centro: los dos son ex gobernadores, tienen muy alta calificación técnico profesional como doctores, no a la colombiana sino con pleno reconocimiento internacional, en disciplinas como las matemáticas y la ingeniería, han ejercido la docencia en universidades de primer nivel, han enfrentado acusaciones injustas y acoso moral de clientelistas y corruptos, se han fajado en la lucha contra la corrupción, no difaman ni calumnian a sus contradictores, resisten las provocaciones, reconocen las minorías y las diferencias, no apelan a la emocionalidad trivial y son abiertos partidarios de la inclusión social, asignan prioridad a los temas ambientales y a los asuntos climáticos, creen en la ciencia, la tecnología y la innovación como ejes de la transformación productiva, están comprometidos con la paz, promueven la creación del ministerio de la mujer y del viceministerio de las MiPymes, y son partidarios de la multi-alineación internacional y de una política internacional sin dogmatismos y con énfasis en la reciprocidad.

No obstante, lo anterior, escuché voces reivindicando una serie de concesiones muy extrañas a nombre de la necesidad de evitar posibles desastres. Una persona de alta reputación como líder regional y empresario llegó a decirme: “yo lo entiendo, pero a veces me siento lleno de temor frente a la posibilidad de meternos en una aventura populista que conspire contra el ahorro privado y contra nuestro patrimonio familiar a los acordes de una pretensión igualitaria sin bases económicas ni capacidades en la gestión de la riqueza”. Otro, profesor de alto nivel, me dijo. “No tengo dudas acerca de quiénes son los mejores, pero yo creo en el ejercicio de la autoridad democrática y deseo que venga alguien con igual capacidad para frenar a los asesinos de líderes sociales y ambientales como a los paramilitares y a las guerrillas camufladas en grupos de contestatarios dominadores. Es que mi familia ha visto asesinar líderes comunitarios formados en nuestra empresa avícola y también presencié el entierro de huevos en pudrición por los infames bloqueos pese a que respaldé el paro contra la reforma tributaria”. Y una señora, artista y cronista de viajes, tomó la palabra para decir: “No ha visto usted como la gente está llena de odio o de temor, comprando divisas en el mercado negro por encima de la cotización oficial, asqueados del pobre nivel del debate público y del cinismo gubernamental”.

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Me correspondió entonces explicar cómo la política latinoamericana cae a menudo en dos procesos equivocados en el comportamiento electoral: la polarización entre opciones extremas de izquierda y derecha que finalmente son muy similares y la fragmentación de las fuerzas políticas para decidir sobre cómo bloquear o atajar un candidato o sobre cómo imponer a otro que aparece como salvador de la crisis social. Lo peor, traté de explicarlo, es que tales procesos nos conducen a descartar a los mejores, a nombre de una falacia mal llamada “voto útil” y, a terminar en lo que el profesor de la Universidad de Turín, Michelangelo Bovero, autor de “Una gramática para la democracia” llamó kakistocracia, el gobierno de los peores, recientemente re-definido como el gobierno de los incompetentes.

Nuestra conclusión giró en torno a la valorización de las dos vueltas en la elección presidencial. Si se aprovecha bien la primera vuelta, el desarrollo ulterior permitirá la aglutinación racional en torno a las dos mejores opciones y la victoria de la más preparada y mejor apreciada por los electores.  No basta entonces con reconocer a los mejores. Hay que votar por ellos para avanzar en la civilización política y el perfilamiento de gobiernos con legitimidad moral y democrática. Estamos en la fase previa de la primera vuelta presidencial. Hagamos uso de la opción por la mejor dupla, votemos llenos de razones y no a la grupa de emociones y mucho menos, a instancias de los fogoneros de la violencia en todas sus manifestaciones y orígenes.

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*Juan Alfredo Pinto, escritor, economista, @juanalfredopin1

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