No entiendo a los que, ante la persistencia de otras violencias, proponen desandar el camino. Como el navegante que, cuando grita “tierra”, decide regresar para perderse en la larga travesía de la ferocidad y la oscuridad.

Palabras de Humberto de la Calle en la Primera Conferencia Internacional para la Implementación del Acuerdo de Paz, organizada por Defendamos la Paz, que tuvo lugar el 26 de septiembre de 2020.

Un cordial saludo a todos los asistentes virtuales. Éste es un acontecimiento de talla mundial por la prestancia de las personalidades que intervienen y por el momento crucial que vive el proceso de solidificación de la paz en Colombia.

Muchas gracias al Movimiento Defendamos la Paz y demás organizadores, entre ellas el trío dinámico de Laura, Yiya y Gloria.

Saludo a Rodrigo Londoño Presidente del Partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, con quien comparto este primer espacio de la Conferencia.

Hay momentos que imprimen huellas indelebles:

Usted, Rodrigo Londoño, al ingresar a la guerrilla y luego, al darla por terminada.

Yo me siento más humano hoy después de las conversaciones. Aprendí sobre el alma y sobre Colombia. Aprendí sobre angustias y esperanzas.

Hay que reconocer que lo hemos hecho mal. Ustedes, Rodrigo, y nosotros. Debimos cesar las hostilidades mucho antes. Hace décadas.

Al final de nuestras vidas, nuestra generación tiene la obligación de remediar nuestras acciones y omisiones.

Un legado para los nietos, los hijos en su caso.

Vamos a escuchar muchas voces. Vamos a oír al Gobierno con respeto. A examinar sus cifras. A celebrar sus avances y también a reclamar por los vacíos.

Pero es necesario ir más allá de las cifras. Más allá de las armas.

Es necesario que dejemos de lado el ustedes y nosotros para que solo seamos nosotros. Colombianos simplemente.

Lo logrado es que la paz se ha instalado ya en las consciencias más profundas de los compatriotas.

Incluso para quienes tienen reparos. Demos margen a la buena fe. Creamos que hubieran querido una paz distinta. Paz con legalidad. Está bien.  No nos hagamos mala sangre por esa frase equívoca. Pero paz con legalidad no puede ser una paz inerte. Debe incluir una nueva legalidad impulsada por más igualdad. De lo contrario, es la rendición que algunos anhelaron. La Mesa de La Habana no estaba diseñada para librar la última batalla para derrotar al enemigo. Era, por el contrario, el escenario para una primera batalla en la que el enemigo se convierte en antagonista político, usando solo el dardo de la palabra.

Lo que se nos presenta ahora es una agenda que contiene aquello sobre lo que tenemos que trabajar. Para perfeccionar lo logrado, para impulsar lo que se ha quedado en el congelador y para comprender incluso las diferencias. La ceguera no es buena guía. Tampoco la miopía selectiva. Reconocer los obstáculos es el primer paso para superarlos. Si hemos exagerado, es el momento de serenar nuestras mentes. También los opositores deben pensar si su disconformidad es legítima, o si simplemente obedece a un espíritu enconchado, temeroso del cambio. Hay quienes se aferran a su realidad aunque esté llena de miedos y rencores, simplemente porque es la vida que han sobrellevado. Como el paciente que rechaza la terapia, aun si es promisoria, porque destruye el velo protector de la inercia. Pero no seamos ingenuos. Tampoco faltan aquellos que se benefician de la guerra. Pero son pocos.

Bienvenidas las cifras y los avances materiales. Pero es el odio el que tenemos que desterrar.

Se dice que hay causas subjetivas y objetivas del conflicto. Algo nos pasó porque un fenómeno generalizado que hizo presencia en casi todo el sub-continente, aquí se instaló por más de medio siglo. Las causas subjetivas, es decir las que obedecen a decisiones organizacionales, son la que ya las antiguas FARC pusieron a un lado. Corresponde seguir en esta ruta. No entiendo a los que, ante la persistencia de otras violencias, proponen desandar el camino. Como el navegante que, cuando grita “tierra”, decide regresar para perderse en la larga travesía de la ferocidad y la oscuridad.

Las causas objetivas, nuestras ancestrales desigualdades, son ahora parte esencial de una agenda de superación nacional. Es la lucha contra la inequidad el camino que sigue. Nuestro conflicto no fue provocado por cuestiones raciales. Tampoco por diferencias religiosas. Ni por movimientos separatistas. Pero es en el desequilibrio donde se siguió alimentando.

Cuatro años es mucho para las dificultades insuperadas, pero es poco para la reconciliación.

Reconciliarse no es justificar los horrores propios y ajenos. La verdad duele pero es sobre ella, sobre las experiencias vividas en todos los ángulos, como podemos llevar a cabo el cambio de piel que necesitamos para superar las múltiples heridas. Las violencias surgieron en ambos lados de las batallas. Hay que reconocer todas las responsabilidades, no solo las de la guerrilla.

El día de hoy, después de estos cuatro años, es como una valla en la carrera por la paz. O sea, es una traba, pero también es un escaño que sirve en la pendiente, para apalancar nuevos bríos, convicción y resiliencia. Cuatro años es el momento de llenar los pulmones y no desfallecer.

La paz firme tiene muchos ingredientes. No se limita al silencio de los fusiles. Es una tarea multifacética. A los desafíos de estos cuatro años, se suma ahora nuevos retos. Viejas dolencias, como la persistencia de las masacres que habían desaparecido prácticamente, ahora se convierten en urgencias de cada minuto. Protestas en las ciudades, por exceso de fuerza oficial, derivan en matanzas inéditas. Condenamos el vandalismo pero también por igual los atropellos. Con serenidad decimos que este huracán de odio sembrado desde las diversas dirigencias ha terminado convirtiéndose en sangre en la población. El predominio civil sobre las fuerzas armadas ha sido puesto en entredicho. Cuando una Corte ordena al Ministro de Defensa que pida perdón, éste revive excusas genéricas del pasado para escamotear su obligación de acatamiento genuino a las decisiones de la justicia. Se pregunta uno si apelar a una expresión del pasado que, según el Ministro cobija todas las violaciones, dicho así de manera indeterminada, es un acto sincero de contrición, o casi que el anuncio de una patente de corso para futuras violaciones.

Esto significa que en la búsqueda de la paz hay que tener también como horizonte la defensa de la Constitución, del Estado de derecho, de las libertades y de una visión incluyente y pluralista de esta sociedad. De la mano de la búsqueda de la paz firme, tenemos que emprender la marcha por la defensa del Estado de derecho.

Mil gracias a los organizadores, al Movimiento Defendamos la Paz, a Naciones Unidas, a los premios Nobel, a los notables. Mil gracias a la comunidad internacional cuyo apoyo fue decisivo para el éxito de las conversaciones. Ahora vemos con indignación que el Presidente de los Estados Unidos, país que apoyó en profundidad el Proceso, urgido de votos, descalifica el proceso y a sus protagonistas. Esto es inaceptable. Discutamos en casa. Incluso, discutamos duro.  Pero por dignidad nacional no podemos acolitar este tipo de interferencias. Me pregunto: ¿los colombianos vamos a soportar la indignidad de que candidatos extranjeros nos dicten la partitura de la paz y de la guerra?

Amigas y amigos: reflexión e impulso debe ser la conclusión de este encuentro.

La paz se nutre de pan, techo, educación. La paz se nutre del cuidado del ambiente. Tomando para mí las frases del poeta, tenemos que llegar al punto en que no necesitemos ángel de la guarda para disfrutar de nuestra tierra, para caminar por nuestros montes con la ilusión de que sobrevivirán a la estupidez humana.

*Humberto De la Calle, jefe negociador del proceso de Paz en Colombia @DeLaCalleHum

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