No puede volverse normal que siete militares violen a una niña embera de 12 años.

Las noticias con las que nos despertamos el 24 de junio no son normales. Quizás, por casi sesenta años de guerra civil, sintamos que ese tipo de noticias no merecen mucha atención. Finalmente, somos el mismo país que apagó el televisor cuando pasaban las imágenes de El Salado y Bojayá hace tan solo veinte años. Pero repito: no son normales.

No puede volverse normal que siete militares violen a una niña embera de 12 años. No es un evento que podamos excusar en que otros grupos armados al margen de la ley, extintos hoy, también hayan cometido violencia sexual. No podemos aceptar tampoco que digan que son “manzanas podridas” que no representan a la institución. No es la primera vez que pasan cosas de este estilo e involucran al Ejército, el mismo ejército que asesinó e intentó desaparecer a Dimar Torres y que mató a catorce niños en un bombardeo en Caquetá. Las políticas en el Ejército han sido históricamente permisivas de violaciones de derechos humanos y eso no ha cambiado.

Volvimos normal el asesinato de líderes sociales y hemos tolerado setecientos asesinatos de quienes llevaban los sueños de sus comunidades a la realidad. Al menos evitemos caer en tal nivel de deshumanización en que no nos importe que el cuerpo de Eider Lopera haya estado más de una semana tirado donde lo mataron por órdenes de quienes lo hicieron solo para torturar a la comunidad y asustarla. No podemos esperar mucho porque no nos dolieron los gritos del hijo de María del Pilar Hurtado, ni tampoco los gritos de auxilio de Eudaldo Díaz.

La verdad es que he perdido la ilusión en el país que votó No a la paz. Que decidió, más de una vez, continuar en la misma guerra fratricida creyendo que el veneno es la cura. Que cree que matando a los malos solo quedaremos los buenos. Que es capaz de tolerar la pérdida de nuestras hijas más destacadas con tal de algún día matar a todos los malos. Todavía somos la misma sociedad que profesa que el problema son los demás.

Les comento: el problema no son los otros; el problema somos nosotros.

¿No nos da vergüenza? ¿No es suficiente esto para salir a la calle y ahora sí exigir que las cosas cambien? No pedir, de forma cordial y organizada, que baje el número de asesinados. Exigir que se respete la vida. Hacernos conscientes de que no podemos seguir perdiendo generaciones como si el prodigio fuera infinito. Tenemos que entender que cada vez que matan a cualquiera de ellos y de ellas hasta a la que más lejos vive, nos matan a nosotros mismos. Que están matando la posibilidad de un país en paz.

¿Cuando despertaremos? Dice el padre Francisco de Roux que nuestra generación ha dejado de “tolerar lo intolerable”. Quizás es cierto, pero aún nos falta hacerlo visible. Mostrar que, así como ellos sacrifican su vida, nosotros podemos sacrificar nuestra comodidad para gritar. Este tiene que ser nuestro momento, como fue el asesinato de George Floyd en Estados Unidos, de entender que hace rato la gota rebasó el vaso. Que todo esto dejó de ser tolerable. Que nuestra vidas no pueden seguir si esto sigue así.

Solo si eso pasa, volveré a tenerle fe a ese país que votó No y apagó el televisor.

*Camilo Villarreal, estudiante de derecho en la Pontificia Universidad Javeriana. Activista por la paz. Co-coordinador Rodeemos el Diálogo Joven, donde ha desempeñado trabajos respectivos a la veeduría de la implementación, pedagogía y construcción de memoria histórica.

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