El saqueo a las arcas de las universidades públicas colombianas quedó relegado a las últimas líneas editoriales de los grandes medios por cuenta de una deliberada omisión en la contextualización de la noticia y el ocultamiento de las causas de la protesta es una manera velada de complicidad con esta dictadura del robo al erario.”

Nuestro país ha cedido a la hipocresía de ignorar las causas que generan el creciente inconformismo social que ha llevado en las últimas semanas a miles de estudiantes a levantar su voz indignada y otrora acallada en contra de una corrupción rampante que atenta directamente en contra del desarrollo de cualquier sociedad.

La historia del mundo está llena de relatos de luchas y protestas en contra de Estados hegemónicos, sistemas opresores y regímenes autoritarios, promovidas a través de las vías de hecho y la confrontación como último método posible por reivindicar derechos perdidos o nunca obtenidos de una sociedad aplastada por la maquinaria gubernamental y unas altas clases sociales que defienden sus propios privilegios.

En estos relatos de luchas y protestas, de opresores y oprimidos, siempre ha existido una verdad oculta e incómoda que habitualmente las salas de redacción  de los grandes medios de comunicación y algunos pseudo-historiadores perezosos se han negado a contar. Los consejos editoriales deliberadamente han olvidado enseñar y aclarar los contextos y causas previas que han llevado y empujado a las grandes masas a dichos levantamientos.

Miles de millones de pesos desaparecieron a manos de la corruptela de siempre, arrancados del lugar en donde esos dineros servirían para formar y educar a una juventud con conciencia crítica y preparada para afrontar los nuevos desafíos de unos tiempos cada vez más difíciles e inestables en términos políticos, sociales y económicos.

A esto  se suma el recurrente incumplimiento por parte del gobierno a los acuerdos firmados tanta cantidad de veces como lo permita la memoria, burlándose año tras año de una comunidad académica que se resiste a aceptar que su presupuesto sea siempre inferior al presupuesto destinado para la guerra.

Lamentablemente su voz de protesta y hastío en contra de este régimen de la corrupción se ha visto opacada por el cinismo de  aquellos que, en su intento por deslegitimar y envilecer la lucha pacífica de los estudiantes ante los ojos del país, han infiltrado de manera soterrada y mezquina las marchas estudiantiles,  dejando la agridulce sensación de un vandalismo desbordado, y han lanzado al pozo del olvido la causa original del levantamiento civil y pacífico de unos jóvenes a quienes desde siempre les vendieron la infame idea de que ellos jamás podrían ser los dueños de su propio destino y el de su país. 

El saqueo aleve a las arcas de las universidades públicas colombianas quedó relegado a las últimas líneas editoriales de los grandes medios por cuenta de esta deliberada omisión en la contextualización de la noticia. De alguna manera, el ocultamiento de las causas de la protesta es una manera velada de complicidad con esta dictadura del robo al erario, que mucho ha corroído a la sociedad en todos sus niveles y flaco favor le hace a la noble intención de cambio ejercida por estos jóvenes comprometidos con el futuro de su país.

El grueso de la población desconoce la dignidad y grandeza con que los estudiantes manifestantes enfrentan los desmanes de los corruptos, espera que sus marchas se realicen a horas no concurridas, tal vez un domingo a la media noche y perfectamente subidos a los andenes para no trastornar el orden establecido, e ignora que, a lo largo de la historia, las grandes revoluciones se han gestado rompiendo filas y destronando paradigmas.

Las protestas justas y entendibles de unos estudiantes que empiezan a despertar y a dar luces de esperanza de que la sociedad sí puede sobreponerse a las arbitrariedades de los corruptos terminó fundida en unos actos vandálicos de unos pocos infiltrados que con sus actos de terror y anarquía intentan apagar el grito desesperado de una juventud que reclama para sí la oportunidad de hacer parte del futuro de su país. Una luz que brilla en la oscuridad que ha dejado la indiferencia de una sociedad callada y tolerante con los delincuentes del erario.

Han querido volvernos tan sumisos, que por momentos llegamos a creer que acceder a una educación de buena calidad y unos óptimos servicios de salud no son un derecho constitucional de todos los ciudadanos, sino unos privilegios otorgados tan solo para unos pocos, dependiendo la cuna en que hayan nacido.

La prensa, en claro y flagrante contubernio con esas clases privilegiadas, se ha encargado de mostrarnos la forma pero nunca el fondo de las protestas, y nos han ocultado una realidad que se nos estalló en la cara hace mucho tiempo, de la misma manera como nos han ocultado el origen de todas las violencias que soporta nuestro país y que ha quedado sepultado en las brumas del olvido.  

Quienes nacen en ese mar de ventajas y privilegios que les proporciona su poder adquisitivo y que con tanto ahínco defienden las grandes corporaciones dueñas de los medios son quienes resienten el hecho de que los más desfavorecidos defiendan su derecho al acceso democrático y equitativo de los mismos beneficios, y optan por el camino de llamar “terroristas” a quienes con nobleza y altruismo se exponen a los desmanes de la fuerza pública, todo por defender un patrimonio que a todos nos pertenece.

Que hay intolerantes y vándalos al interior de la protesta es un hecho que hay que investigar y sancionar. Que existen infiltrados de fuerzas oscuras que buscan deslegitimar la protesta y darle aire de terrorismo también es un hecho altamente factible en el que habrá que investigar hasta esclarecerlo por completo. Pero lo que también es absolutamente cierto y no menos importante es que no podemos perder de vista el motivo que llevó a miles de estudiantes a salir a las calles a protestar por lo que nos pertenece a todos como sociedad.

Es nuestro deber levantar nuestra voz en apoyo a los estudiantes pacíficos que luchan por un país sin corrupción y no olvidar que un árbol jamás podrá ocultar la totalidad del bosque.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia. @MauroPerez82

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