“La muerte de cualquier hombre me disminuye porque soy parte de la humanidad, y por lo tanto nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti.” John Donne, Meditación XVII

El asesinato de nuestros congéneres es algo que debería espantarnos. A mí me produce la más honda tristeza porque pasan los años, las décadas, los siglos y los milenios y nos seguimos causando unos a otros dolores innecesarios e imposibles de justificar. Seguimos involucrados en guerras absurdas, en odios fervientes, en sufrimientos que respaldan la afirmación según la cual este mundo es “un valle de lágrimas.” Yo trato de meterme en la mente-corazón de los actores de este drama de pasión y no logro conectar con eso que los impulsa a perpetrar horrores en nombre de asuntos que ni siquiera soportan el más mínimo cuestionamiento.

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El 26 de julio, participé en la marcha que se llevó a cabo en Bogotá con el fin de repudiar los asesinatos de los líderes sociales. Lloviznaba y hacía frío, pero por lo menos 30.000 personas estábamos ahí para manifestar nuestro respaldo a esos seres humanos que han sido asesinados y amenazados en nuestro país no solo en los últimos dos años. Miraba los afiches con los rostros y nombres de estos hombres y mujeres, de distintas etnias y edades, y no podía ver nada maléfico en ellos: eran los Juan Pérez y las María Gómez que viven a la vuelta de nuestras casas, que van a la misma tienda que nosotros, que están llenos de anhelos y decepciones, como cualquiera de nosotros, que aman, que temen… La diferencia era, quizás, el altruismo que caracteriza a estos luchadores por el bienestar ajeno, un atributo que no necesariamente todos exhibimos o, al menos, no con la misma intensidad. 

Miraba sus ojos en las fotografías. Me esforzaba por ver sus malas intenciones (que de todas formas no justificarían su asesinato, nada justifica un asesinato) y lo único que veía era otro ser humano… Ningún monstruo. Ningún terrorista. Me imaginaba sus sueños de cambiar el mundo, de hacerlo más justo y benevolente para todos y, nuevamente, trataba de entrar en la mente-corazón de quienes disparan o mandan a disparar las balas que acaban con sus vidas y no podía conectar con ese lugar interior en ellos que decide que eliminar a alguien, a otro ser humano, les va a dar esa paz, tranquilidad, alegría, estabilidad que buscan. No encontraba nada que me llevara a entender el porqué de sus actos. Absolutamente nada.

Jóvenes y adultos caminamos desde la calle 26 hasta la Plaza de Bolívar. Las consignas no eran muchas y, claro, nadie se veía contento. Sí firmes, pero no contentos. Entre el público oí, aunque en voz baja, algunas expresiones de odio y rabia, que tampoco justifico pues, si queremos cambiar el mundo, o el país para el efecto, necesitamos urgentemente deponer las armas físicas, mentales y emocionales que esgrimimos ante quien no es igual a nosotros, ante quien ve el mundo con otros lentes (porque al fin y al cabo todos nos movemos en una realidad convencional que, dicen los maestros de la ciencia y los maestros del espíritu, no se compadece para nada con una realidad más profunda en la que todos estamos interconectados).

Sentí mucho dolor caminando estas calles. Sentí angustia. Sentí desesperanza, no por lo que allí marchábamos sino por aquellos que seguían indolentes en sus abollonados o duros sillones viendo la destrucción ajena (y propia por rebote) desde la barrera. Una vendedora de dulces, con la que crucé unas palabras, me preguntó por qué era la marcha; no tenía ni remota idea y, cuando le expliqué, se alzó de hombros como si yo le estuviera hablando de un planeta ignoto que ella jamás llegaría a conocer. También una señora de la que oí por ahí asumió que era una marcha contra los venezolanos a raíz de la cual ellos finalmente iban a regresar a su país de origen. Esta es esa otra Colombia. No la que marcha sino la que es totalmente inconsciente de lo que sucede. ¡Qué dolor!      

Para poder llegar a mi destino sin derrumbarme, empecé a practicar un ejercicio que alguna vez alguien me enseñó: empecé a verlos a todos, a los líderes, a los marchantes, a la niña de los dulces, a la señora que odia a los venezolanos, a mí misma e incluso a los asesinos, como una minúscula pero resplandeciente parte de ese todo que se llama humanidad. Imaginé sus corazones unidos al mío y perdoné toda crueldad, toda confusión, toda ignorancia, en nombre de la compasión, ese sentimiento que todos tenemos en lo profundo de nuestro ser (y dicen los neurocientíficos que también en nuestro cerebro) que nos permite sentir que ningún ser humano es una isla y que nadie está completamente solo pues, cuando las campanas doblan, todos podemos oír el llamado al despertar a nuestra humanidad.     

*Miriam Cotes Benavides, Filósofa y comunicadora. Licenciada en Educación con Maestría en Literatura Inglesa. Amplia experiencia en creación y dirección de contenidos; investigación y pedagogía tanto en el sector público como el privado.

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