Nueva ciudadanía: una base para construir la paz

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La noción de ciudadanía para la paz y la reconciliación está ligada a la promoción y el surgimiento de un ser humano capaz de interpelar la injusticia, proponer cambios, romper esquemas, y comprometerse con el colectivo social y cultural al que pertenece.

En Colombia, la ciudadanía construida en la igualdad, la autonomía y la gobernabilidad, no ha sido siempre aceptada, promovida o respetada. La cotidianidad, así como los índices de desigualdad, nos revelan cómo la posición económica, vinculada a la estructura capitalista y patriarcal, pone a unos por encima de otros y otras. La corrupción afincada en la cultura política y económica constriñe el derecho a la ciudadanía y la falta de reconocimiento de género, etnia, identidad, gremio e ideología impide la construcción de un Estado pluriétnico y pluricultural cimentado en la ciudadanía plena.

La lógica neoliberal y sus aliados en las comunicaciones han instaurado un modelo de ciudadanía particularizado y consumista que tiene como asiento al individuo autosuficiente y garante de su propio bienestar en función de sus propias capacidades y libertades. Es decir, el triunfo o frustración se imputa directamente a sus decisiones personales y no a algún tipo de condición y/o garantía del Estado o del Gobierno. Adicionalmente, por vía del miedo y la estigmatización promovida en medio de la confrontación armada, se naturalizó la represión, la violencia estatal y los asesinatos, impidiendo el desarrollo de capacidades ciudadanas[1].

En estos escenarios, actores sociales, grupos marginalizados y excluidos históricamente han potenciado su capacidad de agenciar soluciones a sus necesidades, reivindicando el reconocimiento de la diversidad en contextos sociales fuertemente marcados por la homogeneidad y abriendo el debate sobre la necesidad de plantear nuevas formas de ser ciudadano.

De la capacidad de agenciamiento, se desgaja la importancia de aportar a la generación de capacidades ciudadanas en relación con la defensa, promoción y goces de los derechos humanos y el fortalecimiento de la democracia participativa porque, si una persona no reconoce a estos como suyos, crea una negación doble de su condición ciudadana, una por el Estado y la sociedad y otra por sí misma. En algunas regiones ligadas al modelo de Estado occidental, se tendrá que avanzar hacia el fortalecimiento de ciudadanías; en otras regiones más ligadas a la ancestralidad étnica y territorial, se tendrá que incentivar una ciudadanía – si ése fuera el término aceptado – capaz de fortalecer la autonomía, el gobierno propio, la cultura y las tradiciones ancestrales ligadas a la vida en comunidad, una ciudadanía capaz de romper con la utopía de integrarse al capitalismo, de la que habla Zizek (2018) cuando escribe “su utopía consiste en gran parte en integrarse en el capitalismo (el bienestar) y al mismo tiempo conservar su identidad cultural.”

Ser ciudadano y ciudadana en nuestro país tiene que ver más con la practicidad, con la voluntad de educarse, la humildad de reconocerse en el otro y la fuerza de hacerse valer. Ejercer ciudadanía en la era de la globalización y la sociedad del riesgo va más allá de la necesidad de avanzar en propuestas encaminadas a la distribución de la riqueza y añade las inequidades en los impactos de los daños ambientales, sociales y culturales, ligados al modelo económico. De allí que buscar el disfrute de la plena ciudadanía tenga una connotación pasional importante, fuente principal para la cohesión, el mantenimiento de la lucha social y la construcción de una nueva sociedad.

La ciudadanía puede entrar a definirse como esa conciencia de pertenecer a una colectividad, que yace sobre la responsabilidad de sus habitantes. Si éstos no se sienten responsables de su gobierno o de su Estado porque éste ejerce un poder que identifican fuera de ellos, la representatividad de los que gobiernan, así como su libre elección y la legitimidad de las estructuras estatales, no existen o se cuestionan profundamente. Para alcanzar esta interiorización – este nivel de responsabilidad – , se hace necesario una ciudadanía crítica, autónoma y con oportunidades de participación propias, que genere los cambios estructurales que las realidades regionales exigen. Cuando la sociedad delibera, cuando se generan debates que reafirman diferencias y se construyen de manera consciente acuerdos (que implican, por supuesto, desacuerdos), se ejerce la ciudadanía y se armoniza su presente y su futuro con la naturaleza a la cual se pertenece.

Esta nueva ciudadanía sería base fundamental para construir la paz y avanzar hacia un Estado plurinacional que reconozca múltiples formas de Estado, de autogobierno, de democracia, de soberanía y de justicia, superando el vetusto conflicto entre quienes se resisten a renunciar a los privilegios que les entrega la actual estructura estatal y quienes abogan por un Estado incluyente, equitativo y justo, que reconoce las múltiples formas de ver y entender la vida. No se trata de que el Estado tradicional, con todo su aparato represivo y neocolonial, llegue a las comunidades, como si su modelo inviable pudiera rescatarlas del abandono y la exclusión; se trata de promover y construir Estado en las regiones excluidas y empobrecidas, al centro del cual se reconozcan, rescaten, construyan y fortalezcan nuevas ciudadanías para nuevas formas de gobernabilidad, de justicia y de economía, ligadas al respeto de los ecosistemas y a usos y costumbres propias.

Los líderes y lideresas sociales han sido blanco de estigmatización, de amenazas y asesinatos porque, al auto-reconocerse individual y colectivamente como sujetos de acción capaces de transformar y ejercer la soberanía, se convierten en ciudadanía plena, con capacidad de decisión, con poder de interlocución y de autodeterminación, competentes para defender su territorio y expulsar la violencia. La noción de ciudadanía para la paz y la reconciliación está ligada a la promoción y el surgimiento de un ser humano capaz de interpelar la injusticia, proponer cambios, romper esquemas, y comprometerse con el colectivo social y cultural al que pertenece. Esta ciudadanía no aparecerá por “generación espontánea”; ésta debe cultivarse, cuidarse y promoverse.

La tarea en la cual es necesario empeñarse incluye la implementación de pedagogías dialógicas y metodologías que potencien la emergencia de tejidos en red horizontales, con liderazgos ligados a proyectos de vida colectivos, con acuerdos nacidos de la armonía y la voluntad ciudadana y pedagogías que potencien la esperanza de un nuevo país[2]. Es allí donde la transformación pacífica de conflictos y la reconciliación toman sentido y donde los pactos, acuerdos o contratos sociales locales emergen y se consolidan más allá de los periodos de un gobierno, de un programa o de un proyecto.  En esta labor, deben participar decididamente los nuevos gobiernos locales del denominado espectro de la izquierda democrática, progresistas y social demócrata, los partidos políticos ligados con la defensa de la vida, la paz, la equidad y la justicia social, las organizaciones sociales, comunales, comunitarias, sindicales, las organizaciones no gubernamentales, las iglesias y confesiones religiosas comprometidas con los más necesitados y vulnerables, los medios de comunicación que no obedecen a las estructuras de mercado, las empresas que asumen la responsabilidad social en el marco de los derechos humanos, los grupos culturales y artísticos, entre otros. Éste es un quehacer que va de la mano con la generación de condiciones que garanticen y rodeen las luchas y reivindicaciones sociales y políticas, la defensa y promoción de los derechos humanos y la construcción de democracia directa.

*Luis Emil Sanabria, bacteriólogo, docente universitario con estudios en derechos humanos, derecho internacional humanitario y atención a la población víctima de la violencia política. @luisemilpaz


[1] Lipman y Havens (1965) citado por Orlando Fals B (2008, p.194), menciona que “Las víctimas de la violencia no mira más hacia el futuro, sino que desea refugiarse en el pasado, al tiempo de antes. El proceso aparentemente le ha hecho incapaz de controlar la naturaleza, y su entorno social se torna impredecible y amenazante. Además, todas las instituciones anntiguas a las que acudía antes en busca de guía parecen impotentes para detener la violencia o para brindarle a su víctima algún apoyo dentro del mundo del terror, (en especial) el gobierno y la Iglesia”.

[2] Como lo menciona Freire (2011), “prescindir de la esperanza que se funda no solo en la verdad sino en la calidad ética de la lucha, es negarle uno de sus soportes fundamentales” (p.25).

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