Ojo con el 2022

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Mientras Europa y Estados Unidos se piensan a 50 y 100 años, nosotros estamos pensando en 2022, construyendo país a la medida de la figura presidencial.

La política colombiana parece atrapada en un bucle: socialismo y comunismo – la misma cosa por acá – son el mantra de quienes apelan a la vieja retórica en busca de captar votos. ¿Quién pensaría que a los más jóvenes los mueve el deseo de los ideales tanto del socialismo y del comunismo, cuando a las claras se la llevan tan bien con el capitalismo?

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Preocupa y bastante la falta de ideas. Tal parece que la campaña a la presidencia girará en torno al pasado, como si en el presente no existieran problemas graves que solucionar. Ya ni los gringos le temen a eso del fantasma comunista y de ahí que la Guerra Fría haya quedado atrás. Cuando el pasado pesa más que el presente hay que preocuparse, en especial, en un país con tanto atraso donde nos maravillamos con la promesa de un ‘metro’ que hasta nuestros vecinos (“esos indios”) ya tienen, como es el caso de Quito (Ecuador).

Otro asunto que podría explicar la falta de ideas puede ser la poca o nula credibilidad. Los números no mienten y a Iván Duque no le ha podido ir peor. En honor a la verdad, pocos creíamos que le iba a ir tan mal. Y, claro, como se sabe que el eslogan de campaña que vende un país mejor está desgastado, toca echar mano del pasado con el propósito de no esperar nada mejor a cambio. Sin embargo, se gana al “proteger lo que se tiene”. Bien es conocido nuestro apego a lo material (entiéndase el derecho fundamental a la propiedad privada) lo que permite instalar en el colectivo el miedo a perder la “casita”.

Muchos creen en realidad que van por su “carrito modelo 78 y su casita”, como si el Estado no estuviera en capacidad de comprar y la contratación estatal no fuera en realidad el camino para que muchos se enriquezcan. Para decirlo breve y pronto, el Estado compra desde una libra de café hasta un avión y ahorrar no está precisamente en la lógica del asunto. Da tedio ver y leer tanta babosada. Mientras Europa y Estados Unidos se piensan a 50 y 100 años, nosotros estamos pensando en 2022, construyendo país a la medida de la figura presidencial. En esta tierra de “presidentes eternos”, de “mesías y caudillos”, hasta la Constitución se apega a los deseos del ejecutivo. Tanto el Congreso como los órganos de control bailan al son de la Casa de Nariño. Eso de los pesos y contrapesos quedó capturado en el papel y solo cobra vida en los salones de clases en las facultades de derecho del país.

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Tenemos un grave problema como país: nuestra tendencia al culto de la persona. Nos la jugamos por la persona y no por las ideas en clave institucional. Tapamos el sol con un dedo justificando hasta conductas punibles, si es de caso, pero es mi líder y ése es capaz de sacar el país adelante. Esperar que los cambios los hagan otros es también parte del problema. Mientras tanto, se confunde a la opinión con todo tipo de estratagemas difundidos en los grandes medios y redes sociales.

Una de tantas intenta vender el hecho alternativo que el Acuerdo de la Habana es el causante del estallido social. Es por supuesto más de lo mismo: apelar a las emociones corrosivas presentando una idea que riñe con los indicadores, por ejemplo, de pobreza y pobreza extrema. Es tan fácil apelar a emociones como la ira y la venganza y tan difícil construir un país donde quepamos todos. Eso de sacar la gente a votar verraca está más vivo que nunca.

La discusión gira en torno a ideas del pasado, ya sea exhumando el socialismo y el comunismo, o, recurriendo al prontuario de los candidatos. La política convertida en politiquería y la incapacidad de pensarnos en prospectiva son francamente lamentables. Urge pensar un proyecto de país. Si algo no tuvo Iván Duque fue precisamente eso: un proyecto de país. Quedamos en manos de las nuevas ciudadanías que ojalá aprendan de los errores del pasado, en especial, de aquellos que pensaron salidas de corte individual imponiendo su proyecto de cambio en lugar de hacer posible la política, donde se reconoce la legitimidad del contrario, que no debe ser eliminado por sus ideas ni su militancia.

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*Juan Carlos Lozano Cuervo, abogado, realizó estudios de maestría en filosofía. Es profesor de ética y ciudadanía en el Instituto Departamental de Bellas Artes y profesor de cátedra de derecho constitucional en la Universidad Santiago de Cali. @juanlozanocuerv

1 COMENTARIO

  1. Excelente reflexión y pone el dedo en llaga…”La historia de caperucita roja pudo haber sido diferente, si hubiesemos escuchado la versión del Lobo feroz”…

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