¡Orden dada, orden cumplida!

0
876
Sacado de Razón Pública

Álvaro Uribe dio la orden. La orden se cumplió y derrama sangre de inocentes.

Sacado de Razón Pública

• Junio 4 de 1989 – se produce la masacre de Tiananmén en Beijing, ordenada por el gobierno chino y ejecutada por el ejército.

• Octubre de 1937 – se produce la masacre del Perejil, en contra de haitianos que trabajaban en fincas dominicanas, ordenada por el dictador Rafael Trujillo.

(Lea también: Barranquilla, el derrumbe de un espejismo)

• El Salvador 1994: se producen los asesinatos de cuatro misioneras por miembros de las fuerzas armadas, ordenados por sus superiores, un hecho establecido en 1998.

Los ejemplos podrían seguir. En todos un común denominador: la orden provino de una autoridad, civil o militar. No obstante, en Colombia, desde que el ciudadano Álvaro Uribe Vélez, twitteó, el día 30 de abril a las 8:51 am “Apoyemos el derecho de soldados y policías de utilizar sus armas para defender su integridad y para defender a las personas y bienes de la acción criminal del terrorismo vandálico”, de inmediato se abrió la Caja de Pandora, o mejor, una caja de la muerte que hoy continúa pariendo asesinados ante los ojos complacientes del Estado.

Nicolás y Santiago son dos de los más de 21 asesinados en el marco de las protestas. El primero ejecutaba un verdadero acto de terrorismo: orar pacíficamente en compañía de más jóvenes.

Los cálculos más prudentes de organizaciones de derechos humanos hablan de unos 500 detenidos, en su mayoría de manera ilegal, 14 casos de violencia sexual basadas en género, 42 abusos a defensores de derechos humanos y reporteros independientes, alrededor de 200 heridos y unas veinte lesiones oculares. En resumen, una puesta en escena de las más macabras tiranías despóticas, propias de esa siniestra época de las repúblicas bananeras.

La realidad es que Colombia ingresó con la “cabeza en alto” al fascismo. Ese movimiento político que deja tras de sí solo muerte y destrucción. Los argumentos saltan a la vista.

(Texto relacionado: Por la reivindicación de la historia)

Los fascistas propugnan por la subordinación total a un líder supremo. En Alemania se denominó Führer, en Italia Duce y en Rumania, conducator. En nuestro caso, se podría llamar “presidente eterno”, como lo denominan sus áulicos. No está en el solio de Bolívar, pero sus hilos manejan libremente a un títere que jamás pensó en llegar a la Casa de Nariño, ya que no tenía ni el prestigio, ni la experiencia ni caudal electoral para lograrlo.

El fascista desprecia la democracia y el Estado de derecho, lo que hace comprensible la sui generis propuesta del señor Uribe de estructurar un Estado de opinión. Una verdadera puñalada en la espalda a ése que, aunque débil Estado de serecho, se logró construir con tanto esfuerzo durante décadas de sufrimiento y sangre de inocentes.

El “buen” fascista persigue a sus opositores. En la mente enferma del tirano, no cabe la contradicción; si ésta se da, la respuesta inmediata es el señalamiento como terrorista, comunista o en el argot colombiano, castrochavista.

Un “ejemplar” fascista se asocia con las fuerzas militares. Se apropia de ellas con el propósito que sirvan para su beneficio propio. La mejor expresión de esta estrategia fueron los mal llamados “falsos positivos”. Se premiaba al asesino, se catalogaba a la víctima como victimario y se presentaba al país como un logro de las fuerzas armadas. El país ya conoce los resultados: por lo menos 6402 inocentes asesinados a manos del Estado.

El fanático fascista sabe que su mensaje debe llegar a la población. Por eso copta los medios de comunicación. Semana, RCN, Caracol, son la más burda y rastrera caja de resonancia de un régimen que, sin credibilidad, solo encuentra en las noticias falsas la única herramienta para sostenerse en el poder.

(Le puede interesar: Colombia, un actor desestabilizador)

Por último, buscan desesperadamente el control sobre la educación. Al que no piense igual, se le responderá con el peligroso señalamiento de adoctrinar. Un señalamiento que, en Colombia, termina en muchos casos con la pena de muerte. Alfredo Correa fue una víctima y un símbolo de esta práctica.

Con las protestas quedan claras dos cosas. Primero, el país se cansó. Se “mamó” de tanta corrupción, de la inequidad y del desprecio de una élite que solo busca mantenerse pisoteando a la gran mayoría. Segundo, se visibilizó aún más quién da las órdenes. Órdenes que se dieron, cumplieron y siguen derramando sangre de inocentes.

*Héctor Galeano David, analista internacional. @hectorjgaleanod

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here