A nosotros como generación nos toca la bonita tarea de crear y de inventar sin miedo, de intentar y de materializar lo que soñamos y es nuestra oportunidad para poder responder objetivamente ante los resultados catastróficos que se pueden venir por las décadas de informalidad en la que han vivido las generaciones que nos preceden.


Hablar de Santa Marta es hablar de una ciudad distinta a la que pudo ser para mis abuelos o la de la época de la niñez de mis padres. Atrás quedaron los primeros años del siglo XX en los que el auge de las exportaciones de banano le entregaron a la población samaria una sensación de prosperidad sin límite a la que nos acostumbramos por generaciones. Desde el retiro en 1965 de esa compañía bananera que todos conocemos, el banano pasó a ocupar un lugar mucho menos importante y el turismo se posicionó como la principal fuente económica de la ciudad.

La presencia de grupos armados en el Magdalena ha transformado demográficamente a Santa Marta pues entre 1985 y 1993 y, en los primeros años del siglo XXI, la tasa de crecimiento de su población era casi del doble del promedio nacional. Esto llevó a una desconexión entre el crecimiento registrado en turismo como principal promotor de la economía frente a la situación y las oportunidades que se generaban para su población. 

Santa Marta es la ciudad responsable del 46% de la producción del valor monetario de todos los bienes y servicios del Departamento de Magdalena y los sectores que más participan en dicha producción son los de servicios comunales, sociales y personales que, junto con el comercio, los hoteles y restaurantes, impulsan más de la mitad del dato.

Hoy en día, la coyuntura social de la ciudad ha impedido la construcción de políticas a mediano y largo plazo para el empleo y el desarrollo económico, al mismo tiempo que se evidencia una clara desarticulación de los sectores productivos con las administraciones del nivel distrital como departamental, que responden a intereses selectivos de corto plazo y dilatan la discusión de los asuntos que tiene como prioridad la comunidad.

Fue hace unos meses, junto con un grupo de amigos, que tomamos la iniciativa de comenzar a hablar y a discutir de manera propositiva una ruta para una ciudad en la que hoy en día tomar posiciones responde obligatoriamente a tomar partida por uno de dos apellidos so pena de quedarte sin oportunidades. Sin temor a esa exclusión hemos ido visitando familias y amigos de distintos barrios en todas las localidades de la ciudad, haciendo encuentros que llamamos “círculos”, en los que hemos ido acostumbrándonos, y acostumbrando a quienes nos acompañan, pues históricamente hablar de política era solo hablar de elecciones y no podía ser sino acompañados de una “hayaca” y un bebida extraterrestre conocida como “mancha tripas”. La consigna principal con la que empezamos y seguimos ha sido eliminar el comportamiento engreído con el que cualquiera que tiene un cartón de universidad llega a las comunidades, con ínfulas de “profe” o de “mesías”, hablando con seguridad sobre cuál es el problema y la solución a todos los aconteceres. Invirtiendo esa relación de poder y de sabiduría y aceptando que nadie sabe más que quien padece, hemos aprendido a escuchar. Puedo decir que eso nos ha hecho virtuosos, permitiéndonos visualizar que, además de todos esos problemas históricos y documentados como el agua potable, en Santa Marta lo que la gente pide a gritos es oportunidades; es CAMELLO.


Una ciudad en donde el 63% de la población total tiene empleos informales es una ciudad inviable a mediano y largo plazo y está condenada al fracaso o a su apertura nuevamente a fenómenos de ilegalidad que van dejando huellas en nuestra historia, como ya lo hemos podido evidenciar. Es algo que nos conviene empezar a decir “a calzón quitao”. La informalidad va más allá de un indicador para atacar o fortalecer a una administración sobre la que de una vez digo que no escribo, pues no comprender que el problema en mención no es resultado de unos cuantos años sino de décadas en las que las autoridades le dieron el tratamiento equivalente al de “tratar un cáncer con acetaminofén” a una pandemia para la cual no hay cura probada.


Hoy, como propuesta, no veo otra más efectiva que la de crear las oportunidades desde la misma sociedad, emprender y mirar más allá en nichos de negocio que el mundo globalizado e incluso el cambio de las leyes nos ha ido permitiendo. Basta ya de la simplificación de intenciones y creaciones creyendo que todo está inventado, basta ya de ponerle al lado de la venta de empanadas la competencia al vecino, basta ya de esa vieja construcción cultural en la que le decimos a las generaciones que vienen que tienen que ser médicos o abogados, basta ya de la envidia y de la construcción individualista, basta ya de la doble moral que nos impide mirar hacia el desarrollo de la economía naranja con la cultura como industria o al desarrollo del campo con cultivos como el del cannabis medicinal, que se proyecta a 2025 como un negocio mundial de 43 billones de dólares.


A nosotros como generación nos toca la bonita tarea de crear y de inventar sin miedo, de intentar y de materializar lo que soñamos y es nuestra oportunidad para poder responder objetivamente ante los resultados catastróficos que se pueden venir por las décadas de informalidad en la que han vivido las generaciones que nos preceden.
¡Vamos Santa Marta que sí podemos encontrar otra opción!
#SantaMartaCuentaConmigo

*César Pereira, abogado y activista por la paz, @cesarpereirajm

1 COMENTARIO

  1. César Pereira es un candidato al concejo de la ciudad de Santa Marta, este debe de ser un espacio de opinión y no de proselitismo político.

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