País sin rumbo

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Hoy, no existe proyecto de país. Al menos con Santos, había una propuesta que con todos sus bemoles nos hizo pensar en la posibilidad de construir otra Colombia

Nos hemos acostumbrado a la crítica renunciando de paso a incluirnos en el problema y, desde luego, en la solución. Básicamente, el problema es el Otro, aquel que no comparte nuestras opiniones o no hace parte de nuestro partido y/o movimiento político.

La indignación presente en redes sociales se contrasta con los comités de aplausos de seguidores vía Hashtag que arengan en favor de sus líderes. Para decirlo breve y pronto, la indignación sirve de poco, en especial, si es moralista. Nos convertimos en jueces del Otro y, en consecuencia, del diferente entendido ya sea como minoría, como inconforme con el orden social existente, inclusive, con quien tiene “vicios” que riñen con la moral que gira en torno a la fe.

Decimos que la indignación sirve de poco o nada en estos términos, por cuanto no logra modificar aquello que se cuestiona. Es algo así como un bálsamo que ayuda a soportar la inmovilidad de la sociedad, en palabras de Mauricio García Villegas. Nuestro precario debate público, caracterizado por su poca profundidad y rápida caducidad dada la vorágine de acontecimientos que hace cada vez más complicado el análisis de los acontecimientos, gira en torno a desatender los argumentos para atacar con saña a la persona, Cada día trae un suceso que logra opacarlos todo pero que, visto a manera de cuadro, permite graficar la profundidad de nuestra crisis política y social.

Hoy, no existe proyecto de país. Al menos con Santos, había una propuesta que con todos sus bemoles nos hizo pensar en la posibilidad de construir otra Colombia. Durante el mandato Duque las cosas no terminan de convencer. La derecha no tiene proyecto que permita ver en la práctica la idea de país que están pensando. Al mismo momento, con los continuos ires y venires de la administración Duque, la oposición política, desde la comodidad del Twitter, ha señalado “como deben de hacerse las cosas”. Sin embargo, no son capaces de ponerse de acuerdo en el cómo. Algunos sectores políticos están instalados placenteramente en la crítica menoscabando la vocación de poder.

No hemos sido capaces de pasar de la crítica (observación/diagnóstico) a la acción. Estamos atrapados en decir cómo se deben hacer las cosas, pero sin el ánimo de ponernos de acuerdo para hacerlas en la realidad, en especial, si para lograrlo se debe dar un paso al costado para facilitar los acuerdos. Muchos que hacen parte de los llamados alternativos o movimientos en pro del cambio sienten que sus ideas y sus líderes son la solución. Que traen en sus manos el cambio del país, que sin ellos y sus ideas el país no podrá lograrlo. Que sus ideas son mejores de las que piensan y diseñan los demás movimientos. En fin, cada uno lleva adentro una idea de cambio que no está en capacidad de articular con otros.

A esto hay que sumar la poca o nula responsabilidad política en cabeza tanto de las bases como de sus líderes, ya sean mesías o caudillos. Pasa de todo y no pasa nada. Se escogen los mismos sistemáticamente. A pesar de las críticas a su gestión (mediocre y que, en ocasiones, pisa el código penal), aquello no pasa factura. Y qué decir de la sanción social que, en lugar de condenar los actos – insisto, en ocasiones presuntamente delictivos – se enfoca en hacer defensas emanadas del puro sesgo ideológico que, a contrapelo de los hechos y pruebas, arenga a rabiar.

Los medios masivos de comunicación, convertidos en abogados de oficio, intentan echar una mano al establecimiento en aras de matizar la pérdida de rumbo. Mientras, persiste la tarea de medios alternativos que se debaten entre la arenga y el matoneo que hace difícil un debate medianamente civilizado para permitir la discusión de las ideas en lugar de centrarnos en el sicariato moral que no es otra cosa que la superioridad de aquel que se cree mejor que los demás. Habrá que advertir que quien crítica no es necesariamente mejor. Una cosa es decir cómo debe ser gobernado el país desde Twitter y otra poderlo llevar a cabo en la realidad.

El no educar ciudadanos activos y críticos está pasando una factura cuantiosa a una democracia endeble que se debate entre arengas y matoneo en medio de una visión de país construido a cuatro años en clave de palabras vacías que bautiza como pacto histórico un acuerdo político de líderes instalados en la comodidad de presentar debates con vocación simbólica que no impactan la vida real de las personas.

*Juan Carlos Lozano Cuervo, abogado, realizó estudios de maestría en filosofía. Es profesor de ética y ciudadanía en el Instituto Departamental de Bellas Artes y profesor de cátedra de derecho constitucional en la Universidad Santiago de Cali. @juanlozanocuerv

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