Para que no me olvides

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Me quedó mirando fijamente de manera tierna y cansada por los años: “se la regalo para que no me olvide”.

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La plancha recorría de un lado a otro la mesa cubierta por una gruesa lona y emitía vapores como pequeña locomotora alisando los pantalones y prendas de vestir de los místeres que habían llegado a la región de Barrancabermeja en la primera oleada de la “Troco Oil Company”. Ésa fue la labor de Lourdes durante casi toda su vida, alisar, planchar ropa para los místeres de esa época.

Corría el año 1922 y los gringos que habían llegado en esa primera expedición buscando el oro negro, ya instalados exigían a los obreros que iban a contratar que les enseñaran las palmas de las manos. En eso consistía el examen de admisión, la hoja de vida: si presentaban callosidades eran admitidos; de lo contrario, los desechaban. A los que pasaban ese fugaz examen los enviaban a una inhóspita manigua en condiciones infrahumanas para abrir trochas, zanjas por donde iba a pasar “el tubo”.

El nombre “Lourdes” según me comentó fue sacado por su madre de la historia de un milagro que sucedió cuando era pequeña. Según me relató, la corriente de un impetuoso río en las tierras bravías de Santander la había arrebatado de las manos de su progenitora, la cual se arrodilló y clamó a la Virgen de Lourdes que la salvara y prometió que llevaría su nombre. Así sucedió. Vivió para contarla. Son esos sucesos que nadie puede entender y dar explicación, solo los sencillos y humildes de corazón de los que habló el Nazareno por los polvorientos caminos de la Galilea de los gentiles.

A los 93 años de edad, Lourdes está sentada en silencio sobre una cama, recordando la hojarasca que dejó en Barrancabermeja la “Troco”, como le decían acá. Su mirada azul y profunda propia de los seres sin maldad mira por una ventana que deja ver un cielo profundo sin nubes y una cuerda arropada de ropa multicolor parecida a la carpa de un circo pobre que atraviesa el patio de un lado a otro. En el ‘piecero’ de su cama hay una pequeña colección de libros, oraciones y estampas de principios del siglo pasado. Una de ellas llama poderosamente la atención porque tiene inscrito por el reverso “printed in Italy”. Por el diseño de ese ícono, presumo que tendría más de un siglo. Por el otro lado de esa pequeña lámina, aparece el rostro de una jovencita de rasgos judíos con sus manos unidas en señal de recogimiento. Sobre su cabeza formando un pequeño arco deslumbran doce luceros; su cintura era anudada por una cinta azulada. Intuí que era la madre de Dios, pero era muy joven para serlo. Me atreví a preguntarle a mi interlocutora que ya había notado mi interés. – ¿Quién es ella?, le interrogué – Con su mirada profunda, inocente de aquellos que no tienen nunca afán me respondió:  – ¡es la virgen de Lourdes! –  Algún día voy a heredar esa estampa me dije para mí.

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La devoción que he tenido toda mi vida por la Virgen María es algo que durante casi toda mi existencia no me he logrado explicar y menos a algunos amigos literatos. En mis primeros años de tertulias con ellos, alguna vez me pidieron explicación sobre ese asunto. Casi siempre les respondía con la frase atribuida al matemático y filósofo Pascal: “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Hoy a esos amigos contertulios, después de una larga madurez en la razón y la fe, les puedo decir con tranquilidad que se pueden ir al carajo. Es mi devoción, algo muy personal, íntimo de mi condición humana.

Lourdes me había largado la laminilla para que se la bendijera. Ese día había pedido – esperaba – que un sacerdote fuera a verla. Los azares del destino me apuntaron con su dedo ineluctable. Me acompañó el señor Omar Domínguez, quien, al lado de un grupo de personas, fungen como ministros de la comunión. Es un equipo formado de manera acuciosa por la iglesia católica para la asistencia espiritual de los enfermos. Omar y su grupo son personas con obligaciones, trabajo y familia y todos los jueves en las mañanas sacan ese tiempo para ir a visitar y consolar enfermos, llevándoles la comunión. Admirable el apostolado silencioso que hacen estos ciudadanos. Yo los llamo los San Camilos de Lelis de nuestra era. Y tanta falta que hacen ahora, cuando nos enfrentamos a la segunda pandemia como lo es el deterioro de la salud mental de la población.

Al final de esa visita, cuando ya nos íbamos, resonó una voz detrás de mí. Era Lourdes que me llamaba, arropando la pequeña lámina entre su mano y la mía. Me quedó mirando fijamente de manera tierna y cansada por los años: “se la regalo para que no me olvide”. Sentí una especie de estremecimiento ante esa mujer santa y justa, aquellos que con sus oraciones y plegarias mantienen el equilibrio de este mundo. “Los santos de la puerta de al lado” como bellamente los llamó Francisco en una de sus alocuciones. Con mis ojos nublados por las lágrimas alcancé a musitarle una frase de Borges que me vino a la mente: “entre nosotros no existe algo y es el olvido”.

De regreso caminaba en silencio al lado de don Omar, no el reguetonero, y, al final de la bocacalle, cuando nos despedimos alcancé a preguntarle: ¿qué hacía esa santa mujer todo el día en esa pequeña habitación? Su respuesta no pudo ser más certera: “rezar por todos, conocidos y no conocidos”. Esa mañana sentí que, si bien no había salvado el mundo, al menos había redimido ese día.

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*Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019. Especialista en intervención comunitaria.

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