Perdón por las molestias

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En medio de este lodazal en que se encuentra el país, la política se expone a manera de bien de consumo. Una vez estudiado el anhelo de las personas, enseguida se ofrece el paquete salvador.

Dejamos el 2020 para adentrarnos en un año preelectoral, el 2021. A pesar que, desde hace un par de meses, no se habla de otra cosa, el 2022 será la meta de la vorágine de narrativas tendientes a capturar votos. Las emociones son la plataforma preferida por todos desde la cual, según la estrategia y el cálculo diseñados, lanzan al público todo tipo de señuelos intentando pescar entre el miedo y la insatisfacción del elector.

Las ideas son importantes, máxime, cuando entendemos su naturaleza, pero ¿las entendemos realmente? Es decir, ¿qué tan peligrosas pueden ser? ¿Se puede perder más de lo que se gana aferrándose al poder? Parece que nos cuesta aceptar nuestra propia finitud y el carácter inacabado de los proyectos humanos, ya sean nuestras ideas o incluso, la democracia. De ahí que tal vez provengan las desilusiones como el fracaso de tantos proyectos humanos que venden leche y miel.

Con la pandemia, afloraron los límites y nos topamos de frente con diversas taras sociales que habían sido naturalizadas. Sin embargo, de nuevo nos quedamos con la incompletud, cuando muchos de nuestros vecinos y amigos actuaron y actúan de forma imprudente ante la pandemia. Por otra parte, las redes sociales, en especial Twitter, se consolidaron como el lugar donde se entremezclan todo tipo de miserias. Es el lugar donde algunos políticos reformulan el país, atacan al contrario y, de paso, otros buscan desde pareja hasta trabajo. Son precisamente las redes sociales, donde nuestras miserias quedan expuestas, lo que debería hacernos reflexionar acerca de nuestra ingratitud para con el milagro de estar vivos.

Presos de nuestra insatisfacción, muchos se volcán hacia el hiperconsumo (en muchos casos pagado a cuotas), mientras otros destilan rabias contra el mundo. Todo esto para decir que es preocupante la salud mental de los colombianos. Mauricio García Villegas acaba de publicar un libro que lleva por título: “El país de las emociones tristes”. Son las emociones un aspecto vital que pasamos inadvertido; muchos intentan encontrar el sentido de la vida en las compras y otros anhelan la felicidad de sus contactos de Instagram, como si las fotos publicadas fueran espontáneas.

La pandemia nos enrostró lo que Alejandro Gaviria en su obra más reciente llama ignorancia fundamental. Es común nuestro deseo de tenerlo todo bajo control, de creer que incluso la historia es predecible y será como nosotros creemos que será, como si el azar fuera cosa de las películas. En medio de este lodazal en que se encuentra el país, la política se expone a manera de bien de consumo. Una vez estudiado el anhelo de las personas, enseguida se ofrece el paquete salvador. Claro, se recurre al miedo y, de paso, a mover a sus simpatizantes en la dirección de los ataques personales en medio de una apuesta un tanto difícil de entender: se ataca a quien se espera que apoye posteriormente.

Los seres humanos somos proclives a caer en promesas falsas, desde productos que prometen convertirnos en personas bellas, pasando por jugosos negocios que ofrecen sumas importantes con pocos esfuerzos, de políticos que conocen el camino hacia la tierra prometida y, desde luego, a quienes más engañamos es a nosotros mismos. En esta situación, se encuentran muchos en Colombia, convencidos que la propuesta de su líder político es la mejor pese a que los hechos contradicen tal cosa y, como contradicen, es mejor atacar a quienes osan ponerlo de manifiesto. De nuevo cito a Gaviria: “Casi siempre tenemos expectativas exageradas, irreales sobre el futuro”.

*Juan Carlos Lozano Cuervo, abogado, realizó estudios de maestría en filosofía y es profesor de ética y ciudadanía en el Instituto Departamental de Bellas Artes. @juanlozanocuerv

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