Con agobio, veo a políticos, activistas de derechos humanos, pacifistas y gente del común hablar de paz cotidianamente, pero en sus actitudes y comportamientos no veo que sean pacíficos, que de su ser emane calma, sabiduría o cualquier otra virtud, por así llamarla, que invite a la empatía que tanto necesitamos para relacionarnos unos con otros en paz.

El poeta, maestro de budismo y pacifista vietnamita Thich Nhat Hanh tiene un lema: paz en el interior, paz en el mundo. Por su parte, el proyecto PIPO Global promueve la vivencia de paz entre los jóvenes a partir de esta premisa: Peace In (PI), Peace Out (PO), paz adentro, paz afuera. Estos son planteamientos que podrían resultarnos muy útiles a la hora de construir un país donde la convivencia pacífica sea el común denominador y no un diamante casi imposible de pulir. 

Aunque no de una manera tan fluida como quisiéramos, el país está transitando por un momento en el que la construcción de paz es uno de los temas de los que más se conversa, en el mejor sentido de esta práctica tan querida por nosotros los colombianos, bien en medios de comunicación, bien en las salas de las casas de familia. Algunos, desafortunadamente, no ven que la paz pueda conseguirse en el corto plazo, pero otros soñamos con que sí es posible, si no inmediatamente, por lo menos en algún momento que, deseamos fervientemente, sea próximo. Y es ahí, en este sueño, donde planteamientos como los de Thich Nhat Hanh  o PIPO cobran no solo relevancia sino que se vuelven cruciales.

Con agobio, veo a políticos, activistas de derechos humanos, pacifistas y gente del común hablar de paz cotidianamente, pero en sus actitudes y comportamientos no veo que sean pacíficos, que de su ser emane calma, sabiduría o cualquier otra virtud, por así llamarla, que invite a la empatía que tanto necesitamos para relacionarnos unos con otros en paz. Por el contrario, sus emociones son negativas: ira, odio, miedo, envidia, celos… Y no es que yo crea que estas emociones no son humanas y que solo algunos las sienten; estaría muy equivocada si pensara así, pero sí considero, y trato de trabajar esto en mí, que desde ese espacio de emociones primarias es difícil construir una paz que trascienda lo meramente operativo y lo jurídico que es tan solo lo mínimo.

Hay una frase que se le atribuye a Einstein y que parece haber sido ciertamente dicha por él (ahora hay que cuidarse mucho de los mensajes de Whatsapp y los memes de Facebook para no terminar repitiendo falsedades graves o bobadas…): “No podemos resolver nuestros problemas pensando de la misma forma en que pensábamos cuando los creamos”. De Einstein o no, esta frase me parece muy poderosa a la hora de mirar cómo resolver nuestros conflictos sociales… Sobre todo si cambiamos la palabra “pensamos” por la palabra “sentimos”. Claro, no es que yo crea que el conflicto interno en Colombia proviene únicamente de emociones como las mencionadas más arriba, pero lo que sí me parece y veo todos los días es que alimentar estas emociones no ayuda para nada a generar paz en uno mismo y, por ende, paz en el mundo.

Imagen: Universidad Eafit 14/07/2016

Con frecuencia oigo a personas democráticas hablar con odio de aquellos que no piensan como ellos. Afortunadamente no pasan a la acción (finalmente son éticos), pero sus palabras son como ráfagas de fuego que, si así fuera, podrían destruir a sus destinatarios. El odio, la ira y la repetición de ideas mal intencionadas hacen parte del menú diario con el que se alimentan, una comida bien indigesta en un país donde necesitamos cariño, comprensión, tolerancia en toneladas y apertura para ponernos en el lugar del otro… El predominio de las emociones que emanan de las partes del cerebro que se conectan con la supervivencia básica es lo que anima muchas de las conversaciones sobre la paz en este país.

Las emociones son comunes a todos los seres humanos. Nadie puede tirar la primera piedra. Nadie puede decir que no ha sentido rabia, miedo, deseo de dominación, etc. La cuestión no radica en no sentir estas emociones sino en relacionarnos con ellas con cierta distancia sana. No podemos actuar, ni pensar ni sentir de la misma forma en que sienten esos seres (humanos, hay que reconocerlo) que tanto daño le hacen a la convivencia y a la paz.  Si dejamos que las emociones asociadas a la supervivencia comanden nuestras actuaciones, nuestras palabras, nuestras actitudes, flaco servicio le estaremos haciendo a la paz interior, tan necesaria para la paz exterior, y el camino que tendremos que recorrer para llegar a la convivencia pacífica se hará, como en el poema de Silva, una sola sombra larga, larga, larga.

* Miriam Cotes Benavides, Filósofa y comunicadora. Licenciada en Educación con Maestría en Literatura Inglesa. Amplia experiencia en creación y dirección de contenidos; investigación y pedagogía tanto en el sector público como el privado.

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