Política exterior: intereses nacionales, no de partido

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La Casa Blanca es consciente que se vienen tiempos difíciles y el pragmatismo es el mejor camino en la relación con Venezuela y su cuestionado régimen.

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El anuncio de los diálogos entre Washington y Caracas se convirtió en la estocada final a la que hoy se puede catalogar como la peor política exterior de Colombia en décadas. El accionar internacional desde un comienzo se construyó de manera ideologizada, priorizando los intereses del sector político que llevó a Duque a la Casa de Nariño.

Actuando en contravía de los intereses nacionales – lo que podría considerarse como traición a la patria –, los áulicos del expresidente Uribe secuestraron a la Cancillería, con el propósito de instrumentalizarla electoralmente a su favor.

La desinstitucionalización del ministerio se evidencia desde cuatro aristas. Primero, el socavamiento de la carrera diplomática. Segundo, el detrimento fiscal que implica la exagerada e inútil burocracia internacional. Tercero, la destrucción de las normas y comportamientos tradicionalmente requeridos en el ejercicio de la diplomacia. Por último, como consecuencia de todo lo anterior, un accionar internacional sin rumbo. Analicemos cada punto:

Dentro de las múltiples promesas de campaña incumplidas por el presidente de los colombianos, estuvo el fortalecimiento de la carrera diplomática. Hoy, con el sol a sus espaldas, el servicio exterior se convirtió en un fortín burocrático en el que priman las recomendaciones políticas y amiguismos para ser designado en cargos de altas responsabilidades. Son muchos los ejemplos del burdo manejo que se le ha dado al tema, como los consulados de Orlando, Miami y las embajadas en Estados Unidos, OEA y ONU, por solo citar algunos casos.

Ese fastuoso derroche burocrático le está costando al país aproximadamente 10.000 millones de pesos al año por no designar embajadores de carrera conforme a su rango y unos 9.000 millones en traslados, según lo registrado por la investigadora Laura Gil (Los costos de la mermelada diplomática en pesos). Sin duda, estamos ante un inmenso balde de “mermelada” que todos los colombianos pagamos para satisfacer el hambre burocrática del gobierno y sus allegados.

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Por otra parte, enmarcado en el más pueril parroquialismo, la entidad que debe caracterizarse por el estricto cumplimiento de los cánones de comportamiento históricamente inherentes al ejercicio de la diplomacia, terminó desconociéndolos, avergonzando a toda la nación en los diversos espacios en los que participa una delegación. Desde la bochornosa designación del responsable del protocolo, hasta esa cancillería paralela que maneja la señora Correa, se ha derrumbado la necesaria estructura que guía la conducta diplomática.

Por último, el ejercicio internacional del Colombia carece de una hoja de ruta. El país dejó de lado las negociaciones comerciales, el protagonismo legado por su antecesor en los organismos internacionales y ese papel articulador regional en que fuimos posicionados luego de los ocho años de Santos Calderón.

Sin embargo, los acercamientos entre la Casa Blanca y el Palacio de Miraflores cierran ese catastrófico círculo, en el cual han primado la mala fe y una mediocridad sin límites de Duque y sus tres cancilleres.

En conclusión, estamos ante un espectro con dos matices profundamente diferenciados. Uno, completamente ideologizado e impulsado por el sector más radical de la política, que continua de espaldas a la complicada realidad fronteriza. Se niega a habilitar canales de comunicación con Miraflores, impidiendo la posibilidad de reactivar la economía binacional y en general regular todas las dinámicas inherentes a una relación de dos países unidos por la interdependencia. En otras palabras, un cuchillo filoso que se sigue clavando a la nación y, a diferencia de un harakiri, no tiene ni un ápice de dignidad.

Otro desde Washington, que comprendió los retos geopolíticos que se avecinan como consecuencia del conflicto en el este de Europa y decidió entablar diálogos con su principal adversario suramericano. La Casa Blanca es consciente que se vienen tiempos difíciles y el pragmatismo es el mejor camino en la relación con Venezuela y su cuestionado régimen.

En resumen, los norteamericanos le acaban de dar una lección al gobierno colombiano: la política exterior tiene como principal objetivo la consecución de los intereses nacionales, no los de un sector político.

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*Héctor Galeano David, analista internacional. @hectorjgaleanod

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