Política y partidos políticos: despartidos

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“No sé si alguna vez alcanzaremos la mayoría de edad”. Michel Foucault.

Al acercarse un debate electoral para elegir Presidente de la República y Congreso, de alguna manera el tema “político” se exacerba. O, como dicen algunos sofisticados, se vuelve tema de agenda. A pesar de la tendencia “apolitizante” que se deriva de lo expresado en las encuestas y de la baja favorabilidad de las instituciones políticas, de algún modo y por algún arte de prestidigitación o transustanciación química (¿será?) el tema político cobra espacio.  La verdad es que no sabe qué se entiende exactamente por lo “político” y a veces lo que predomina es el juicio al comportamiento de los gobernantes o de los representantes de las corporaciones públicas porque la política nunca ha sido clara en qué consiste su ámbito y ejercicio. Los llamados a crear esa claridad o alguna noción de ella serían los partidos políticos, pero éstos son apenas unas asociaciones de caciques electorales, viejos y nuevos, que se diferencian por colores (como para que los electores distingan) y a veces por algunas ideas, que en el propio interior de los partidos varía de un extremo a otro. 

¿Qué es la política? La más fácil relación es asociarla con Poder. La necesidad de una nación o de una sociedad nacional es la de tener un Estado que se encargue de la dirección de la misma a través de instituciones a su servicio que copan muchos aspectos de la vida de esa sociedad. Pero digamos algo más elemental para desenredar la madeja por el principio. Como dice Hanna Arendt, la política tiene que ver básicamente con el otro, con la existencia y convivencia con el alter ego, o mejor con la pluralidad, con la diversidad. De tal manera que negar la política equivale a negar a los otros. Refiere el filósofo español Fernando Savater que los antiguos griegos llamaban idiotés a los que no se interesaban ni participaban en la política, en los asuntos públicos. La palabra designaba a la persona aislada, sin nada que ofrecer a los demás, dedicada a su casa y en palabras de Savater manipulada a fin de cuentas por todos. Lo más curioso es que de ese término griego ha derivado, la palabra castellana idiota y del mismo origen en otros idiomas.

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 Aquellos tunantes o avivatos de la política que se lanzan a ella a hacer contra-política y a deslindarse de ella, pues están mintiendo sabiéndolo o no, no hay manera de evadirla, sustituirla o eliminarla. Sólo en la Utopía anómica, en donde todo el mundo sabe qué hacer y no necesita normas ni quién se las haga cumplir, existiría esa posibilidad… pero bien lejos que está de esta pobre y doliente humanidad (¿será en el Paraíso?).

La política no es la lucha encarnizada por el poder, es parte de ella, pero no se reduce a eso, además no tiene por qué ser encarnizada ni disminuida en la trapisonda o las jugaditas. La política es el diálogo y la acción sobre la dirección de la sociedad. Nada menos, tiene que ver con todos.

En una democracia, es una condición de la misma el interés político de los ciudadanos en su propio destino. Precisamente un régimen democrático es para eso, para concitar el interés ciudadano en lo público. Nada puede reemplazar el ejercicio ciudadano, ni un caudillo, ni unos sabios ni una oligarquía. Por ahora no hay otro régimen mejor.

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El vehículo del ejercicio político (pero no el único) se ha canalizado en los partidos políticos, al fin y al cabo, esa pluralidad y diversidad que son la ciudadanía, pues ahí encuentran distintos ideales, perspectivas, empatía, relacionalidad y acción. 

Pero en nuestro país los partidos políticos han sido instituciones muy elementales, si acaso son partidos parlamentarios, y hoy en día al menos no hay la reducción bipartidista del pasado. El multipartidismo que tenemos en Colombia no ha mejorado la vida política colombiana, en el sentido por ejemplo de aumentar la participación ciudadana y la abstención electoral ha disminuido en algunas coyunturas, pero sigue siendo casi mayoritaria. Por eso nos hemos atrevido a hablar de partidos políticos “despartidos”, palabra en desuso en nuestra lengua que significa aislado, separado, como inorgánico. Los partidos tienen vida solo electoral y, si bien el estatuto de partidos contempla exigencias de cierta organicidad y permanencia, son requisitos formales y lo que funciona permanentemente es el desempeño en corporaciones públicas, cuando se alcanza a ellas.  Los llamados partidos de clase que corresponden a formaciones de la izquierda política han sido muy pequeños y solo furtivas alianzas les ha permitido fugaces triunfos electorales. Además, han sufrido de “mitosis compulsiva”, es decir de divisionismo crónico. 

Ha hecho falta en nuestro país un verdadero partido democrático de amplio espectro social, pero orgánico, en cuanto vehiculizar tantas expresiones de sectores sociales que no son escuchados y cuya recursividad a algún grado de violencia es la expresión de esa carencia de mediación política. Un partido educador de ciudadanos que sea bastión del ejercicio democrático, en cuanto democrático lo sea a su vez en su estructura y funcionamiento. Un partido con cuadros formados, serios y responsables y sobre todo honestos, capaces de reconocer sus errores y considerar al erario público sagrado. Que coloque en primera línea de identidad y práctica la defensa y aplicación de los derechos consagrados en el capítulo 2 de nuestra Constitución Política. No se pide un partido único, porque diversa es nuestra sociedad y habrá diversas expresiones políticas, pero sí alguno que asuma claramente esta perspectiva a la que aludimos.

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*Víctor Reyes Morris, sociólogo, doctor en sociología jurídica, exconcejal de Bogotá, exrepresentante a la Cámara, profesor pensionado Universidad Nacional de Colombia.

1 COMENTARIO

  1. El asunto es ¿quien le pone el cascabel el gato? Sin duda se requiere un partido como el aludido: democrático, de amplio espectro y orgánico con la población. Pero ¿cómo crearlo? ¿Cómo lograr que de verdad sea representativo y no caiga en las andanzas de las decenas de partidos que prometen el oro y el moro’

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