Por la reivindicación de la historia

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Colombia le llegó el momento de quebrar el oscurantismo y levantar el velo para que la magnitud y los autores de la tragedia salgan a la luz.

En Alemania, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, erigida como política pública educativa, se ha enseñado sobre la verdad del holocausto nazi. El propósito fundamental es enseñar las verdades y mentiras de una tragedia humana, impulsada por un megalómano y narcisista que soñó con apoderarse del mundo. Hoy, hablar de nazismo en ese país es una vergüenza y, más de medio siglo después, continúan los esfuerzos por dar a conocer toda la verdad. 

En América Latina, como resultado de las desastrosas políticas neoliberales  y, especialmente por la deshonra de mantener en vigencia una constitución heredada por Pinochet, los chilenos iniciaron desde hace dos años un ciclo de movimientos sociales y protestas, con el propósito de revocarla y cambiarla mediante una Asamblea Nacional Constituyente. 

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Alemania y Chile son dos ejemplos de cómo las naciones pueden reescribir sus destinos sin alterar la historia. Una historia que no puede ocultarse y, por el contrario, debe visibilizarse con el propósito de no repetirla. 

No obstante, la realidad colombiana es distinta. El gobierno actual dedica sus esfuerzos a ocultar  las consecuencias de los ocho años de gobierno del ciudadano Álvaro Uribe Vélez. Es claro que el ascenso a la Casa de Nariño de su “elegido” se dio como resultado de dos estrategias: por una parte, la creación del absurdo imaginario del castrochavismo y, por otra, las mentirosas promesas que el mitómano mandatario colombiano esgrimió sin vergüenza alguna a lo largo de la campaña. 

Consecuente con las directrices de su jefe político, Duque intentó hacer trizas los Acuerdos de Paz y designó en el Centro de Memoria Histórica a un personaje que, a diferencia de sus respetables colegas, niega el conflicto. Igualmente, ha nombrado a tres ministros de defensa, cuyo único propósito fue y sigue siendo cerrar las posibilidades de negociaciones con el ELN, socavar los Acuerdos del Teatro Colón y justificar la sistemática violación de los derechos humanos por parte del Estado. 

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En ese orden de ideas, la meta de Uribe se está cumpliendo a cabalidad. Esconder, esconder y esconder su borrascosa historia. Por ello, el desespero por eliminar la Justicia Especial para la Paz, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No repetición y una frenética persecución a quienes valientemente se atreven a develar la verdad, todo apoyado, impulsado y matizado por medios como Semana, al mejor estilo propagandístico del nazismo y juiciosamente ajustados a los principios de Joseph Goebbels.

Recientemente, se conoció que una profesora de ciencias sociales de una institución educativa de la ciudad de Cali había propuesto a sus estudiantes un trabajo sobre los mal llamados “falsos positivos” – el nombre preciso es crímenes de Estado -. Como un tribunal inquisidor, de inmediato cayeron en jauría los áulicos del señor Uribe, que señalaron a la maestra de adoctrinar a sus estudiantes.  ¿Adoctrinar? Precisamente eso mismo hicieron los nazis.  Señalaron de adoctrinamiento a quienes llamaban la atención sobre la tragedia que se avecinaba e igual que en Colombia el principal blanco fueron los maestros de las ciencias sociales. 

No es difícil entender las razones por las cuales el uribismo desprecia el conocimiento y la investigación. Lo uno y lo otro visibilizan la verdad. Esas verdades que los alemanes entronizaron para convertirse en lo que son hoy.

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Sin duda, a Colombia le llegó el momento de quebrar el oscurantismo y levantar el velo para que la magnitud y los autores de la tragedia salgan a la luz. Como dice el himno nacional, que por fin cese la horrible noche. Solo así, se conocerá la verdad, se hará justicia y no se repetirán los horrores del conflicto interno. Ese, será el único camino para consolidar el sueño de la paz que el Centro Democrático tanto desprecia. 

*Héctor Galeano David, analista internacional. @hectorjgaleanod

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