Hay que dejar atrás el capitalismo salvaje para apostarle a un capitalismo social, con un servicio público y un Estado eficiente donde los intereses de la gente estén primero, y no anteponer el beneficio económico como único salvador.

Cuando el mundo al fin haya superado esta pandemia del coronavirus, cuando las naciones recobren su normalidad y cuando los países sean libres nuevamente, entonces tendremos que hacer muchas reflexiones acerca de cómo queremos seguir conviviendo.

Esta tragedia que vive hoy la humanidad tiene que en adelante servirnos para cambiar todos nuestros hábitos de vida, para ser sociedades más solidarias y colectivas y menos individuales y para repensar toda nuestra cotidianidad y a valorar cada instante que podamos tener.

En ese orden de ideas, en Colombia, por ejemplo tenemos que replantear una serie de situaciones y de estado de cosas que no han venido funcionando bien, que han presentado fallas constantes y para las cuales la ciudadanía en general pide a gritos cambios urgentes.

Lo primero es hacer una profunda transformación al régimen de salud. Nuestro sistema hoy es ineficiente y obsoleto, beneficia más el interés privado que el público y se presta para que haya corrupción a gran escala. Los recursos de la salud cada vez son más dilapidados y, ante ese oscuro panorama, lo que se necesita es hacer una reforma integral a todo el sistema.

Nuestro sistema de salud está en cuidados intensivos y reanimar ese paciente merece del esfuerzo conjunto de toda la sociedad colombiana. La red pública hospitalaria amerita de una generosa inyección de recursos para que mejore su infraestructura y así dotar a las instituciones de equipos especializados; tenemos que triplicar las unidades de cuidados intensivos. Ni qué decir del componente laboral, hoy nuestro personal de la salud en su gran mayoría está mal remunerado y lo que hay que hacer es mejorarles sus condiciones laborales y prestacionales para que tengan salarios dignos. Pues son ellos, hombres y mujeres quienes están en la primera línea de batalla contra el coronavirus y ese esfuerzo de ahora y de antes debe ser reconocido de manera amplia.

Ahora en el debate mundial exprofeso de esta crisis de la humanidad también hay que hacer un alto en el camino para replantear profundos cambios al modelo económico y social que trajo consigo la herencia de la globalización y todo el modelo neoliberal. Esas enormes concentraciones de riqueza en unos pocos, que generan enormes desigualdades sociales, tienen que cambiarse de manera urgente. En ese sentido, hay que dejar atrás el capitalismo salvaje y apostarle a un capitalismo social, con un servicio público y un Estado eficiente donde los intereses de la gente estén primero y no anteponer el beneficio económico como único salvador.

Tenemos que dar un gran salto también hacia una sociedad protectora de la naturaleza, no depredadora, donde podamos reemplazar el extractivismo por la agroindustria o las industrias sostenibles, donde cambiemos fracking por combustibles limpios y donde le demos vía libre a las energías renovables. Llegó la hora de cesar tanto maltrato ambiental y en esta tragedia el planeta nos dio un mensaje, tenemos que descifrarlo para bien de todos. Pero tal vez una de las más grandes lecciones es que la naturaleza recuperó sus espacios; muchas especies retornaron a sus hábitats, el planeta entero vive un respiro de la acción humana, las aguas volvieron a ser cristalinas y las ciudades hoy respiran otros aires. Tal vez ha sido lo mejor de esta tragedia; ojalá que al superar esta horrible noche el mundo reflexione y entre todos pongamos de nuestra parte.

Esta pandemia nos cambió nuestra cotidianidad, nos enseñó a valorar las pequeñas cosas, nos enrutó hacia una nueva visión del mundo, nos transportó a una sociedad virtual donde la tecnología permitió el teletrabajo en días de aislamiento, nos llevó a la educación digital, puso fin al dinero físico porque mucha gente ahora prefiere hacer sus pagos y transacciones con otros medios y el Internet se posicionó más que nunca y nos acercó de nuevo al mundo.

Ojalá aprendamos experiencias de otras sociedades del mundo que son más disciplinadas y más colectivas.

Esto tiene que cambiar, ¡así no puede seguir!

*Guillermo García Realpe, Senador, @GGarciaRealpe

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