Prometiendo puentes donde no hay ríos

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Prometen guerra y mano dura contra los forajidos, porque creen, o nos hacen creer, que nuestros peores enemigos son la insurgencia y el terrorismo.

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Son épocas electorales, tiempos que parecen infinitos en los que los culpables de nuestras miserias andan desatados por las calles, llenando plazas, colmando auditorios, tomándose fotos con todo aquel que se lo pida mientras fingen su mejor sonrisa. Sus vocecitas de sacristán aparecen en programas de radio y televisión y nos muestran siempre su mejor cara. Es la cara amable y diligente de quien no tiene la culpa de nada; es la cara de la hipocresía y el oportunismo.

Prometen y prometen, escupen bilis en contra de sus adversarios y la ética la dejan para otro día. Caminan por senderos y callejones para ellos insospechados o al menos desconocidos, se montan en buses, se arrodillan en iglesias mientras sus áulicos les toman fotos para la galería, bailan y tocan guitarra. Confiesan que les temen a los aviones y que su plato favorito no es el salmón ni el sushi sino el caldo de plaza de mercado. Andan con no poco descaro y juran ante auditorios repletos que en sus manos el país dejará atrás su presente infame.

Como cada cuatro años, muy puntuales y no menos diligentes, cumplen cabalmente su función de mercachifles de ilusiones. Parafraseando aquel triste bambuco de Arnulfo Briceño, “andan prometiendo escuelas y puentes donde no hay ríos”. En su andar cínico por calles y plazas, por auditorios y por debates, van dejando su estela de desilusión que no es nueva. Los ciudadanos, carentes de memoria y suspicacia, olvidamos que, en los tres años y medio anteriores, estas mismas castas de dirigentes que hoy ostentan el poder y que ahora se disputan el favor de nuestro voto se olvidaron de esas promesas que otrora escribieron sobre piedra y que con solemnidad juraron cumplir. En ese largo periodo entre elección y elección, dejaron de subirse en los buses y de tomar caldo en las plazas. Olvidaron apersonarse de los problemas y las tragedias de los más desfavorecidos y en cambio volvieron a lo suyo que es la comida mediterránea y los mejores vinos chilenos, mientras quienes con su voto los han catapultado en el pasado siguen ejerciendo su democrático derecho a morir de hambre y de miseria.

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Pero hoy han vuelto y nos siguen engañando como siempre lo han hecho. Nos siguen condenando a una guerra estéril prometiéndonos una idea de justicia vacía que no es cosa distinta que una rastrera forma de venganza, como si ahora, sesenta años después de un conflicto degradado y deshumanizado, pudiera existir algo parecido a una salida justa y sensata de la guerra.

Tal vez es mucho lo que nos falta para lograr entender que la única posibilidad de justicia que nos queda es la garantía de no repetición, de no seguir condenando a generaciones enteras a morir sin conocer un solo día de paz en sus vidas.

Pero allí van, llenando con su pérfida imagen vallas y afiches en postes y ventanas, cumpliendo la cita que el destino de esta patria infértil les otorgó de ser unos vulgares traficantes de mentiras y odios, mientras nos condenan a las más infames guerras contra el hambre y la desigualdad. Prometen guerra y mano dura contra los forajidos, porque creen, o nos hacen creer, que nuestros peores enemigos son la insurgencia y el terrorismo, cuando el verdadero terrorismo es no tener un plato de comida en la mesa cada mañana.

Su actuar impúdico nos lleva a la desesperanza porque, en el fondo, cada quien, a su manera, sabe que el país en manos de esas mismas clases dirigentes, como dijo Gabo, no tendrá una segunda oportunidad en esta tierra.

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*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia. @MauroPerez82

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