Prosperidonia: el país del estallido del emprendimiento

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Sacado de Sputnik Mundo

Decía Hannah Arendt que, en el mundo de la política, el engañador autoengañado pierde todo contacto no solo con su audiencia sino con el mundo real. Éste parece el caso del presidente Iván Duque, quien vive en Prosperidonia, en donde el futuro es de todos, país del estallido del emprendimiento y en donde nada pasa y, si pasa, no es cierto.

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“¿De qué me hablas viejo?” le respondió el presidente Iván Duque al periodista Jesús Blanquicet cuando éste le preguntó por el bombardeo de un campamento guerrillero en Caquetá en el que murieron ocho menores de edad y que le costó el puesto al ministro de defensa Guillermo Botero. Esta célebre respuesta marcó quizás el comienzo de la posición negacionista del Gobierno a partir de la cual los colombianos hemos escuchado todo tipo de respuestas creativas sobre actos y decisiones polémicas de la actual administración. 

Las explicaciones del presidente y de su gabinete sobre toda variedad de actos cuestionables, tienen tanto de negacionismo como de mentira. El antropólogo francés Didier Fassin define el negacionismo como una posición ideológica que le permite al individuo reaccionar sistemáticamente contra la verdad y la realidad. En cuanto a la mentira en la política, Hannah Arendt hace un análisis en «Lying in politics: Reflections on The Pentagon Papers». En este trabajo, Arendt advierte que la mentira resulta más seductora que la realidad porque el mentiroso cuenta con la ventaja de saber de antemano lo que el público desea o espera escuchar, ha “preparado su historia para el consumo público con el cuidado de hacerla creíble, mientras que la realidad tiene el hábito desconcertante de confrontarnos con lo inesperado para lo cual no estábamos preparados”. Una de las conclusiones de Arendt expuestas en este ensayo es que el Secretario de Defensa Robert McNamara y los demás burócratas del presidente Lyndon B. Johnson mintieron al pueblo estadounidense sobre la real situación de la guerra de Vietnam, no por mantener la supervivencia del país norteamericano que nunca estuvo en juego, sino por salvaguardar la imagen del mismo. Sobre este último punto, hay varias cosas que decir del caso colombiano. 

Sabemos que los videos y las fotografías de la represión del estallido social de los últimos meses han causado un enorme daño a la imagen del país que ya venía degradándose desde la victoria del “no” en el 2016. A partir del 2018 y por cuenta de la Paz con Legalidad que prometía correcciones a los acuerdos de La Habana y de la poca voluntad que ha mostrado este gobierno a lo largo de estos tres años para implementar los acuerdos, se  han incrementado los llamados al gobierno desde el exterior para que se den los pasos hacia la consolidación de la paz; de ahí, la mala imagen de Colombia. Si bien desde el 2019 una muy buena parte de la población siente la degradación de las condiciones sociales y económicas del país que, lejos de ser una apreciación subjetiva, está soportada por los datos del DANE sobre la pobreza monetaria tasada en 42.5% para el 2020 y por el indiscutible aumento de homicidios de líderes sociales y excombatientes en el último año (73 excombatientes y 42 líderes sociales y defensores de derechos humanos), Duque y sus funcionarios están decididos a cambiar la lectura de la realidad a través del negacionismo y el engaño. Ha sido tal la necesidad de la administración Duque de reparar la imagen de Colombia ante el mundo que incluso María Fernanda Cabal, reconocida por su violento Twitter fue enviada a Estados Unidos como cabeza de una misión diplomática dizque para denunciar los bloqueos durante el paro. Al parecer, para el gobierno, el problema es sólo una cuestión de relaciones públicas.

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Por su parte, la Vicepresidente y Canciller Martha Lucía Ramírez en el discurso pronunciado ante el Consejo de Seguridad de la ONU el pasado 13 de Julio aseguraba que las protestas no tenían nada que ver con la implementación del Acuerdo y que más bien respondían a la insatisfacción que dejaba la pandemia.  Esta afirmación no es únicamente a todas luces falsa sino que demuestra la intención deliberada del gobierno de desconocer y acallar la voz del pueblo que desde el 21N viene manifestándose como acto de solidaridad con los líderes sociales y que clama por la consolidación de la paz

Entre los muchos engaños y negaciones del gobierno (“que no estaban estudiando para el ICFES y que no eran niños, eran máquinas de guerra”; “que en Colombia no ha habido conflicto armado interno sino una amenaza terrorista”; “que la reforma tributaria de Carrasquilla era la más social” y por eso mismo se tenían que gravar el café, el chocolate y el azúcar; “que claro que el gobierno apoya, respeta y protege la protesta pacífica”; “que la vacuna Pfizer se puede aplicar 12 semanas después de la primera dosis y es igual de efectiva”; “que las cifras de desaparecidos, heridos y muertos en las protestas son las que da la Fiscalía y no las ONGs”; “que vamos a reconstruir San Andrés y Providencia en cien días…”) sobresale la del mismo presidente cuando dijo que, mientras algunos hablaban de estallido social, lo que él veía era un estallido del emprendimiento. Vaya uno a saber cuántas empresas han creado los jóvenes en el último año en Colombia como para que se pueda hablar de “estallido”, dato que por lo demás no nos dio el presidente, pero eso no importa porque igual vamos derechito a convertirnos en el próximo Silicon Valley de América Latina con la sola apertura de una oficina de Netflix en Bogotá. 

Decía la misma Arendt que, en el mundo de la política, el engañador autoengañado pierde todo contacto no solo con su audiencia sino con el mundo real. Éste parece el caso del presidente Iván Duque quien vive en Prosperidonia, en donde el futuro es de todos, país del estallido del emprendimiento y en donde nada pasa y, si pasa, no es cierto.

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*Ana Marcela Valencia Arango, historiadora de la Universidad del Valle con maestría en Estudios Latinoamericanos Interdisciplinarios de la Freie Universität Berlin.

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